miércoles, 30 de diciembre de 2015

A lo lejos entre la oscura tiniebla que rodeaba el páramo abandonado vi movimiento. Una pequeña luz que se movía, lentamente, vagando como yo por aquel mundo tan oscuro y frío. Sin destino definido, aparentemente, como yo, en busca de algo, como yo. Mis botas, que no paraban de andar sobre algo que no se veía, me dirigían como podían hacia la novedad en la oscuridad. Pero cada vez estaba más lejos, a pesar de acercarse. Y cada vez más oscuridad y más frío, los poros de mi piel estaban congelados, mis nervios no sentían nada, y mi alma era puro hielo, como mi corazón. Más pasos, más lejanía cercana, más pasos, más frío, más pasos, más tiniebla... Mis botas no paraban, y si no fuese por ellas no avanzaría...

La luz comenzó, de repente, a hacerse más grande. Había girado hacia mí, como si me mirara y pretendiera guiarme. Me deslumbró desde el primer momento, me pareció hermosa desde el primer segundo, y me hizo avanzar más rápido, desde el principio. La niebla comenzaba a retirarse, lo que me dejaba ver mejor la luz, mejor mis pasos, mejor el suelo y alrededor, más clara la noche se estaba haciendo, y más grande la luz era. Poco a poco fui distinguiendo un poco más, a pesar de estar cegado, qué era exactamente esa luz que me estaba guiando y abriendo paso entre aquel asqueroso mundo eterno, y comencé a ver una figura, andaba hacia mí, se acercaba, se agrandaba, se definía... Distinguí de repente tu cadera y tus piernas, seguido de tus brazos, pero no veía tu cara, la luz me cegaba y me lo impedía... hasta que te tuve delante, no había niebla, no había oscuridad, no había frío, sólo la luz que me había guiado y que no era otra cosa más que tu mirada. Y el páramo helado se quedó atrás cuando vi tu cara, y la oscuridad desapareció cuando vi tu sonrisa. Y todo olvidé cuando probé tus labios.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Necesito olvidar esos preciosos ojos oscuros tuyos. Necesito no pensar en ellos. No quiero tenerlos en mi mente y en mis sueños, porque no puedo tenerlos en mis vistas y mis vigilias. No, no quiero recordarlos como los mejores ojos oscuros que mi triste ser ha contemplado, como la mirada que más energía me ha aportado, como la mejor compañía que podría haber tenido. No, no quiero que sigan en mí. No, no quiero. Sólo quiero que abandonen mis pensamientos, que dejen de estar aquí, que desaparezcan de mí. 

No quiero acordarme de ti. No quiero pensar en que podrías haberme hecho feliz, y sin embargo sólo has jugado conmigo. No, no quiero. No quiero que juegues, ni que te enfades ni te pongas celosa, no quiero que estés borde por tonterías, no quiero que cojas mi corazón y lo estrujes hasta asfixiarlo. Eso es lo que estás haciendo. Por la mañana me quieres en tu cama, por la noche en tu mazmorra. ¿Es eso justo? No. Y aunque no lo creas, no miento. No es justo que me uses a tu parecer, cuando vuelves borracha a casa, o pasada de ni quiero saber qué, que seas una persona estupenda, y cuando despiertas eres una malvada bruja rompealmas. Que no quiero, coño. Que ya estoy harto de que juegues conmigo así. Déjame en paz, o hazme tuyo para siempre sin contemplaciones. Pero ni juegos ni medias tintas. Joder, ya está bien de tus tonterías. Lárgate y déjame en paz de una vez. No te quiero en mi vida. O quiero que seas mi vida. Pero nada entre medio, ni cuando tú quieras solamente. Déjame, o hazme tuyo. Pero no juegues, ni me trates así, porque sólo conseguirás que la tristeza no me abandone y el pesambre se quede conmigo. Y de eso ya tengo bastante, gracias.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Anoche soñé contigo. Anoche te volví a tener. Te vi acercarte a mí, ibas andando y moviendo la cadera (esa que no dejaría de tener cerca de mí si pudiera), mientras tu pelo me impedía ver tu cuello, no me dejaba observar lo que me gustaría estar besando toda la noche (con permiso de tus labios que me llaman), mientras cada vez sentía más hundida en mí tu alma. Cada vez mi cuerpo estaba más alerta ante tu llegada, cada vez mis brazos se levantaban más para abrazarte cuando te fundieras conmigo, cada vez mi corazón más se aceleraba y esperaba el mejor momento desde el último sueño, desde tu último abrazo. 

Tus pasos te encaminaron a mí, te guiaron hasta mi presencia. Por fin mis brazos pudieron tocar tu cintura, por fin mis labios pudieron sentir tu energía mientras me besabas, por fin mi corazón y el tuyo iban a la par. Tu mirada, la que me conectaba con un mundo perfecto en el que sólo existíamos tú y yo, me transmitía la energía que me hacía falta para mover montañas, me dejaba ver tu interior, me reflejaba. Que bonito sueño, cuando me querías. Que a gusto estuve durmiendo a tu lado, toda la noche, sin importar nada más, sin que existiese nadie fuera de lo que nuestros brazos tocaban. 

Pero que lástima, que sólo fuese un sueño. Pobre de mí que solo me vi al despertar, en mi cama sin tu presencia. Quién me mandaría a mí a soñar contigo, quién me diría que serías mi sueño. Quién, en su sano juicio, se creería que sólo eres un sueño. Porque despierto, aunque lejos, te veo, te siento acercarte, te noto besándome, te rodeo con mis brazos en tu cintura. Ven, acércate, que aunque los sueños sólo sean eso, sueños, el nuestro realidad puede ser.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Siento la necesidad de escribirte algo bonito. De decirte cosas que me salen del alma, que pienso y quiero. Pero sólo encuentro palabras tristes, sólo marchitadas expresiones de una compañía no conseguida, de unos ojos que no he podido admirar de cerca, que no han querido hablarme sin decirme nada. 

Quería decirte muchas cosas bonitas, para que veas que eres importante, para mi mundo eres casi imprescindible. Quería resaltar tu mirada, esa que el otro día me decía cosas que tu cabeza y tu boca me negaban, esa que me llamaba, esa que investigaba sobre mi alma, tu mirada oscura y perfecta, alrededor de la que surgía tu rostro, tus mejillas arrugadas al reír, tu nariz a la que llegaba mi olor, tu boca que mi boca no pudo alcanzar. Labios de aspecto suaves, labios de, seguro, sabor dulce, por la que salía tu voz, por la que me contabas cosas. Orejas perfectamente colocadas, de fino oído y especial interés para mis besos, junto con tu cuello, junto con tus brazos, tus manos, tus pechos... todo, todo de especial interés para mis besos, caricias y miradas. Quería haber susurrado de ellos en tu espalda, quería haber rodeado tu cuerpo con mis brazos, quería apretar para abrazarte, y que apretaras para abrazarme, quería sentir latir dentro de ti mis palabras. Quería, quería que ese efímero momento fuese eterno, que no te separaras nunca, que tu alma se quedara jugando con la mía durante mucho tiempo, que se durmieran juntas y se despertaran revolicadas. Quería muchas cosas, no quería nada, sólo me bastaba con tu sonrisa y tu compañía, que quisieras acompañarme, que quisieras ser una conmigo. Quería...

lunes, 14 de diciembre de 2015



Dolor sienten mis labios porque los tuyos los esquivan. Mi piel, que apenas ha podido rozar la tuya, está quemándose por tu lejanía. Mis brazos, vacíos por no tener tu torso entre ellos. Ardiendo está mi corazón, porque no sabe de ti.¿Por qué esta distancia? ¿Por qué este vacío? ¿Por qué no una buena compañía? ¿Por qué no la mía? ¿Por qué no dejar que nuestros labios hablen de cerca, por qué no hacer que tu mirada se cruce con la mía, por qué tu piel y mi piel en una no se han de fundir? ¿Por qué no admites que mi presencia te hace un nudo en el estómago (lo he notado), por qué tu cabeza no deja a tu cuerpo reaccionar abrazándome y suspirando por mí, como yo suspiro por ti? ¿Por qué no alcanzar el fin de mundo tras mover montañas juntos? ¿Por qué no luchar, por qué no acercarnos? ¿Por qué me has de hacer esto? ¿Por qué te he encontrado, me has encontrado? ¿Por qué no perdernos, pero juntos, donde haga falta, donde nadie nos encuentre, donde podamos ser el uno con el otro hasta el final? ¿Por qué negar una realidad común que podría ser maravillosa? ¿Por qué me niegas un beso? ¿Por qué no crear una energía que nos mueva? ¿Por qué no soñar juntos? ¿Por qué?

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Ven, acércate. Ven, más cerca. No temas, sólo quiero que tu olor llegue a mí mientras tu oído me presta atención, quiero decirte unas palabras: 

Ahora que estás sintiendo mi alma, ahora que estás cerca, y previo al abrazo que te has ganado y que necesitamos, quiero decirte unas cosas. Muchas, en realidad, podría decir muchas palabras, muchas por cada uno de tus gestos y miradas, muchas por cada una de tus palabras. Pero te resumiré, que los abrazos no admiten espera. 

No importa las noticias que recibamos, no importa lo mal que lo podamos pasar en consecuencia a lo que nos han dicho. Lo que importa es como vivamos hasta ese momento. Lo que importa es que no nos vengamos abajo, que tomemos "eso" como una excusa para amar más intensamente, para abrazar más frecuentemente, para besar más apasionadamente. Concentrar todo lo que podamos vivir en el menor tiempo posible, juntar a todas las personas que pueden ser importantes en nuestra vida y decirles que les quieres a todos, mirar sus sonrisas y sus gestos, y nunca olvidarlos, pase lo que pase, ocurra lo que nos ocurra. Sentir la mejor compañía en los mejores momentos, y la compañía excelsa en los peores segundos. Saber que siempre habrá alguien que te coja la mano cuando estés mal, te levante y te ayude a caminar hasta que no sea posible seguir, ya que será entonces cuando empieces a caminar de verdad. Tener cerca a quien te llene y alejar a quien te quiera vaciar es buen consejo, mirar a quien merezca tu energía y que te mire, besar a quien tenga buen sabor para tu alma y estar junto a quien quiera estar contigo. Hasta el final, venga cuando venga. Hasta que tu cuerpo no pueda más. Hasta el infinito. 

Fácil es decir esto desde la lejanía, pero difícil es poder acercar gestos. Sentir lo que se siente cuando no se siente nada. Luchar, en general, y ganar algo inganable. ¿Inganable? ¿Por qué? Sólo se pierde cuando se rinde, mientras, son experiencias nuevas. Por tanto, no hay que rendirse, hay que respirar y sonreír, ir de la mano de quien sea tu motor, disfrutar de lo que tengas alrededor, y pelear por seguir disfrutando de las compañías. Nunca, nunca jamás rendirse, nunca caer y quedar en el suelo, nunca olvidar y dejar pasar. Siempre un paso adelante, que por muy angosto que sea el sendero, merece la pena ver lo que hay detrás de aquel monte nevado. 

lunes, 30 de noviembre de 2015

Llega la noche y mi cuerpo y mi alma están deseando encontrarte. Una fiesta para mis sentidos es que estés frente a mí, que te acerques, que me susurres cualquier cosa al oído mientras huelo tu perfume natural, mientras tu pelo roza mi cara haciéndome cosquillas. Una vista estupenda tengo mientras veo como te quitas la ropa y te pones un pijama muy bonito que, por supuesto, es regalo mío, para que cuando no te esté tocando mi piel, mi deseo lo siga haciendo. Una sensación de paz llega a mí cuando te metes en la cama, a mi lado, te tapas con las sábanas y te acercas a mí. Que me abraces, que me aprietes contra ti, me encanta... Cuando tu aliento roza mi cuello al acercarte, escalofríos siento (aunque no los mismos que cuando me tocas con tus pies helados...) mientras tus brazos me atrapan en tu mundo, mientras siento tu fuerza, tu calor, tu torso en mi espalda... No necesito nada más para ser feliz. Hasta que me pides que te abrace y te das la vuelta. Ahí ya todo lo que yo creía que era ser feliz, se queda en nada, una nimiedad comparado con abrazarte, sentir tu espalda en mi torso, rodearte entera con mis brazos hasta que mis manos se juntan delante de ti (o, ya de paso, se posan sobre partes de tu cuerpo muy interesantes), mi aliento en tu cuello, tu oreja en mi boca, tu pulso en mi mejilla, tu respiración en mi alma. Calor humano, paz en compañía, me da igual que el mundo fuera de nuestra cama se venga abajo, me da lo mismo que caigan truenos y tormentas, que la nieve invada las calles, que la lluvia las arrastre o que la noche se vuelva tan oscura que sólo tus ojos abiertos den luz al mundo. Me da igual, te estoy abrazando, y paz siento cuando tú la tienes mientras duermes, cuando sé que mi cuerpo está cerca del tuyo, cuando mi alma sigue mirándote en nuestros sueños.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

¿Por qué no? ¿Por qué no acercarnos? ¿Por qué no unir nuestra piel, que nuestros nervios se fundan? ¿Por qué no dejar que nuestros labios jueguen sueltos, saboreándose, sintiéndose? ¿Por qué tu mano no ha de descender por mi torso, por qué mi mano no ha de ascender por el tuyo? ¿Por qué tu mirada no me encuentra, por qué la mía te esquiva? ¿Por qué tu compañía no llega? ¿Por qué tus pasos no te dirigen a mí, por qué no compartimos espacio y tiempo? ¿Por qué, por qué ha de ser así la soledad sin tu mirada, sin tus labios, tu nariz o tu pelo?

miércoles, 7 de octubre de 2015

No, no dejo de pensar en ti. Cada vez que cierro los ojos veo tu cara cerca de mí, tu mirada entrando en mi alma, tu pelo ondeando en busca de mi roce, tus brazos pendientes de rodear mi torso. 

No, no paro de soñar contigo. De ver en sueños lo que quiero admirar en realidad, que te acercas y me besas, que tu mano busca el tacto de la mía, que tu mejilla duerme en mi pecho. 

No, no ceso en tu búsqueda. A cualquiera que veo le pregunto mentalmente "¿eres tú?", esperando una respuesta real, "sí", con una aproximación para celebrar nuestro encuentro. 

No, no acierto nunca. No llega una respuesta, no se dirige a mí tu mirada, no es mi piel la que quieren tocar tus labios.

jueves, 1 de octubre de 2015

Nada tiene sentido estos días. Nada me hace olvidar el agujero del que no puedo salir sin un empujón. No consigo una sonrisa sincera, no hay forma de dormirme por las noches pensando en que el día merece la pena. No puedo evitarlo, lo que me sucede, la mayoría, es malo, y lo bueno no lo compensa. Muchas veces necesito un abrazo pero no hay brazos que lleguen a rodear mi torso, ni siquiera una mirada que me dé fuerzas. Nada. Estoy más solo que la una en una noche de niebla e invierno, sin luz y sin saber hacia donde tirar. Sólo me tengo a mí mismo, que ya es suficiente de por sí, pero no tengo guía que me dirija al lugar en el que quiero estar. Y con los pies y las manos atados. Me siento desilusionado con la vida que me toca vivir. Necesito la palmada para empezar a andar, los gritos de ánimo, los aplausos de la meta y los abrazos del cansancio. Necesito algo que me motive para luchar, que me haga avanzar, necesito tantas cosas... No tengo nada, no puedo seguir, no me apetece respirar, ni mirar, ni caminar... 

No quiero salir a la calle, me siento fatal cada vez que veo a alguien con pareja, o a una chica que es interesante. Me siento muy solo, me siento muy mal, no tengo fuerzas para nada. Menuda mierda. 

No tengo ganas de seguir.

martes, 4 de agosto de 2015

Tus ojos me cuentan muchas cosas, me narran tu vida, me chivan tus secretos y tus miedos. Me dicen, por ejemplo, que has sufrido mucho, pero que quieres vivir. Que tienes miedo, pero a la vez quieres arriesgar. Me dejan claro que tu mente no se pone de acuerdo en que parte creer, en la que me escucha o en la que me rechaza. Que me quieren cerca, pero me quieren lejos.

¿Sabes? Me encantan tus preciosos ojos, la forma que tienen cuando ríes, como me miran antes de besarme, el brillo que muestran siempre (incluso cuando lloras), son muy esclarecedores. Me gustan mucho (como el resto de la dueña, claro), me iluminan los ratos tristes, los echo de menos cuando parpadean o parpadeo.

Me enseñan mucho de ti. Como eres, como sientes, como amas. Una estupenda mirada de alguien estupendo. Alguien que me ha dejado ver una pequeña parte de su alma, por desgracia no es más lo que he podido contemplar, muy a mi pesar. Que a ratos quiere alejarme, para no hacerme sufrir, que no tiene claras las cosas consigo misma. Me da igual el sufrimiento si la recompensa es tu compañía. Me da igual tener que llegar a cualquier rincón del mundo si es para ver tu mirada antes de besarme. Cualquier obstáculo es pequeño, si al pasarlo estás tú para abrazarme. Pero demostrarlo no puedo, no quieres.

Hace un tiempo cercano pero indeterminado te dije que la belleza de tu mirada era la envidia de todas las miradas pintadas en todas las obras de arte del mundo. Si cualquier pintor conociera tus ojos, su brillo, su color, su forma de mirar, hubiera desgarrado sus pinturas y empezado de nuevo, fijándote en ti. Y no te puedes ni imaginar lo que me gustaría decirles que tu mirada sólo se fija en mí, y que se busquen la vida. Pero no puedo.

Sonríe, que se cierren tus ojos y sean tan bonitos. O mantenlos abiertos y se muestren preciosos. Pero que siempre me quieran mirar. Que siempre me quieran atrapar. Que siempre brillen.
¿Dónde vas, velero sin velas? ¿Hacia dónde navegas sin brújula? ¿A qué puerto esperas arribar, sin destino? ¿De dónde vienes, sin bandera? ¿Qué esperas encontrar, allá donde toques tierra?

Camino sin rumbo, destino sin fin, viaje sin sentido, paseo involuntario en un mar de tinieblas y de miedos, de oscuridad y de frío. Luces efímeras por el camino parecen guiar el viaje, pero falsas alarmas son, pronto se apagan, antes de llegar a puerto, antes de vislumbrar las miradas que contienen. 

Miel que no puedo degustar, piel que no puedo tocar, labios que no puedo saborear, ¿por qué aparecéis y desaparecéis en una nube gris que siempre está alrededor de mí? ¿Por qué os dejáis ver sin que os pueda probar, por qué os limitáis a rozar mi cuerpo y luego volar? Esperanzas tengo de que os quedéis conmigo, a mi lado, en mi viaje, compartiendo mi camino, pero nunca ocurre, os dejáis ver e invisible os volvéis muy pronto, ¿por qué? ¿Qué os hace huir de mí? 

Por favor, quedaos conmigo. Quiero contemplaros durante la travesía por el mar perdido, todos los días, a mi lado, quiero que seáis felices a mi vera, que no os separéis de mí. Quiero que me iluminéis el camino al final, quiero ser la luz del vuestro, compartir los pasos, las caídas y los avances. Quiero que me queráis. A pesar de todos los errores que pueda cometer, que lo bueno sea más y mejor, que lo malo se diluya en un recuerdo borrable. 

Sonrisa preciosa, mirada estupenda, piel maravillosa, tú entera, quédate junto a mí, ven conmigo hasta donde podamos llegar, será lejos, será duro, pero merecerá la pena.

sábado, 1 de agosto de 2015

En tus sueños me gustaría morar mientras duermes. Que pase mucho tiempo hasta que despiertes y eso me permita navegar por tu ser, leer tus libros, entender tus miedos y conocer tus secretos. Sentarme a contemplar como sueñas con dulces besos entre tú y yo, mirar si esos brazos que te acarician son míos, descubrir lo que sientes cuando me ves. Pasear por tus recuerdos y descubrir quien más ha tenido la suerte de recibir tus abrazos, de verte desprotegida y te ha cuidado. 

Quiero caminar por tu cuerpo y saber todo lo que me gustaría saber de ti. Que sigas durmiendo mucho tiempo y yo esté en el sueño que tengas, ser el protagonista, y que en ese sueño tú y yo estemos juntos sin contemplaciones, quiero que camines junto a mí mientras te recorro, para que me cuentes todo sobre ti, para saber todo lo que me gustaría saber, y lo que no, siempre que sea pasado. 

Quiero seguir estando en tus sueños, quiero que estés en los míos. Que estés en ellos mientras duermo para descubrirme y saber lo que siento por ti, lo que me gustaría hacerte en este mismo momento, que conozcas mis secretos y mis logros, que veas que quiero que me acompañes en ellos, que sigas paseando a mi lado, estemos o no estemos durmiendo. ¿Por qué no? También me gustaría morar en ti mientras estás despierta, y conocerte bien, que me mires y saber todo lo que tengo que saber, que te mire y averigües lo que voy a acariciarte si me abrazas. 

Despierta y déjame conocerte, duerme y déjame abrazarte. Abre los ojos y guíame, ciérralos y sueña conmigo.

martes, 21 de julio de 2015

Nuestro primer encuentro no fue casual. No podía serlo, fue tan casual que ni la casualidad lo creería para sí. La primera vez que rocé tu piel, aunque fuese en aquella escalera y porque si no te caías, fue la primera vez que vi el cielo. Tu tacto, tu olor, tu cara de susto, fueron la llave de otro mundo para mí. No, no fue casual, estoy seguro. El segundo, quizá, sí. Pero en el mismo sitio... y misma situación. Que patosa, pensé, cuando por segunda vez, día distinto y hora diferente, te cogí para que no cayeras por la misma escalera. Lo raro fue que el tercero no fuese igual, se limitó a una sonrisa de ambos, una mirada que creo nos unió para siempre. 

Me habitué a encontrarme contigo en esa escalera, aunque ya no te tocara. Los días en los que ambos descansábamos del trabajo, te echaba de menos. Verte me iluminaba el camino más que las luces de aquel pasillo asqueroso que me llevaba a una vida que yo no quería. Sentirte cerca, aunque sin roce, me daba fuerzas para ir al trabajo y aguantar allí todo el día. Sin duda te habías convertido en el único motivo por el que seguir cada día hasta ese asiento en esa oficina. 

Horror de día, cambio de oficina. Cambio de ruta, de horario, de pasillo asqueroso. Cambio de escalera. Dejé de verte, de sentirte, de notarte en mí. Tinieblas ocuparon mi paseo diario hasta el nuevo lugar de trabajo, frío hacía aunque fuese verano. Cada día el recorrido, aunque igual, era más largo. Más tedioso, más solitario. 

Recuerdo cuando nuestro destino nos llevó a nuestro reencuentro, fuera de aquella escalera, fuera de aquel pasillo asqueroso, meses después de que dejara de contemplar el rostro más belllo creado, los ojos más bonitos que se podían ver. De noche era, en el bar estaba con unos amigos. No fue una escalera lo que en esta ocasión te llevó a mis brazos, sino una banqueta mal colocada. Nuevamente te salvé de una caída, en un mundo diferente que, aunque no me agradaba tampoco, al menos me permitía algo parecido a una vida social establecida moralmente. Te quedaste abrazada a mí, me miraste, volví a notar tu tacto, volví a oler tu alma, volví a ver tus labios, volví a sentir tu mirada. Fue distinto esta vez, parecía como si tú hubieras también buscado mi alma. 

Horas pasaron durante nuestra conversación, años cada segundo, no me di cuenta pero allí estabas hablando conmigo, contándome cosas que me acercaban a ti, que movían los labios que, por supuesto, ya estaba deseando besar, hasta que no me pude resistir y me acerqué a ti. Mi cara, cerca cada vez más de la tuya, iba rotando ligeramente para poder llegar hasta tu boca, mis ojos se iban cerrando, mis labios preparando, mi temor a que te apartaras aumentando. Por fin mis labios pudieron saborear los tuyos, y en un beso sellamos nuestra burbuja donde nadie más entraba. Tus brazos rodearon mi torso, los míos tu cintura, nuestra saliva empezó a mezclarse, segundos eternos de sabor mutuo y labios en conversación tocándose. 

Sin casi despegarnos, llegamos a casa. Parecía que la fricción de nuestros labios hubiera provocado una pasión irrefrenable de acercamiento total, y así resultó ser, si tenemos en cuenta que antes de entrar en el piso la mitad de nuestra ropa ya estaba volando por la estancia. Nuestros labios seguían juntos, nuestras manos seguían descubriendo el cuerpo ajeno, nuestra piel seguía fundiéndose. Nada había parado, todo era movimiento, hacia el dormitorio, hacia el lugar favorito de los amantes como nosotros. Caímos en la cama juntos, yo debajo. Sentí tu cuerpo sobre el mío, sentiste mi cuerpo queriendo entrar en el tuyo. Tus pechos, ya desnudos antes de llegar a la puerta del dormitorio, entraron en contacto con el mío, tus pezones, erizados anticipándose al placer, apretaban mi piel, dejándome sentirlos, haciéndome desearlos. Poco a poco los acercaste a mi boca, y los pude saborear, y a ti excitar. Nuestros labios, que se echaban de menos, decidieron que querían estar juntos de nuevo, y deslizarte tu cuerpo en descenso por el mío. Tus manos, sin control, acariciaban cualquier rincón de mi cuerpo que encontraban al moverse, mis manos en tu espalda se hallaban notando tu piel.

Los dos sabíamos cómo iba a acabar aquello, así que tampoco intentamos poner muchas pegas, ni retrasarlo mucho. Una vez que nada de ropa nos quedó, era fácil saber lo que iba a pasar a continuación. Nuestros cuerpos, ya sin interferencias sintéticas, se sentían uno, nuestros sexos se llamaban a gritos, y cuando en un movimiento ya conocido hiciste que el mío penetrara en el tuyo, no había vuelta atrás. Excitados ambos, comenzaste tú a mover tu cuerpo sobre el mío, sentándote y dejándome ver tu torso, tus pechos, tu cadera, tu mirada, llamando a mis manos todos, que no pudieron evitar acercarse, primero a la cadera, luego a los pechos, más tarde a tus manos, agarrándonos fuertemente como apoyo a tus movimientos, cada vez más marcados y rápidos, acompañados de gemidos de ambos. 

No sé cuanto tiempo pasó, pero de día se hizo mientras nosotros seguíamos en una burbuja de placer físico que ambos esperábamos desde nuestro primer encuentro en la escalera de aquel pasillo asqueroso. No parabas de mover tu cadera, cada vez más rápido, cada vez más altos tus gemidos, cada vez más cerca del punto de no retorno, del fin del principio. Tampoco había sorpresa al respecto, cuando el orgasmo de ambos llegó, cerca del cielo nos quedamos los dos, para luego detener lentamente tus movimientos hasta parar y caer sobre mi torso, con tu mejilla sobre mi pecho, con tu mano sobre mi mano, con tu alma dentro de mi alma, donde quedaron un tiempo incalculable (que para el resto del mundo era algo así como media hora), mientras descansabas y dormías. Tu pelo muy cerca de mi cara estaba, tu frente al lado de mis labios, tus ojos, cerrados ahora quizá viéndome en sueños, y esa nariz tan graciosa tuya que me había encantado desde la primera vez que estuvo cerca de mí. Tus labios seguían llamándome, pero no podía besarlos, no quería despertarte del sueño en el que, como he dicho, quizá estuvieses viéndome. 

Por fin decidiste verme en vigilia, y tus preciosos ojos se abrieron para mirarme. Una sonrisa acompañó a nuestro primer encuentro tras el sueño, y un beso después, que me supo a lo que quieras que sepa lo más dulce del mundo, lo dejo a tu elección. Otro le siguió, y otro, y una mirada pícara me dio a entender que querías que nos volviéramos a unir, para lo que nuestros cuerpos nuevamente fueron uno...

viernes, 17 de julio de 2015

Nadie me había contado lo que era mirarte a los ojos. Algunos me habían avisado, "cuidado, que hipnotiza". No quise creerlos, mentira pensé que sería. Igual que con tu sonrisa, no podía pensar en su forma, su tacto, su sabor y su consecuencia. Igualmente me dijeron que llevara cuidado con tu veneno, pero ni siquiera los escuché.

Mala hora aquella en la que me miraste y me sonreíste. Que mala hora aquella. No se habían equivocado, desde ese momento, aunque te esté viendo te echo de menos si parpadeo, mientras hablas sólo deseo besar tus labios, mientras estás cerca sólo quiero unirte a ti. Mala enfermedad sin cura la mía, mala situación la que me toca vivir, tan cerca que puedo tocarte, tan lejos que no puedo tenerte...

miércoles, 15 de julio de 2015

El otro día, en sueños, me preguntaron por ti. Era mi corazón, quería saber dónde estabas. Le respondí que no estabas con nosotros, que no te habías acercado. Con la ilusión de un niño y las ganas de un enamorado, me preguntó que por qué no venías. No supe que responder, la verdad, y dejé la conversación ahí. A la noche siguiente, me volvieron a preguntar por ti. No era mi corazón esta vez, sino mis labios. Preguntaban que por qué los tuyos no los besaban, que querían saborear tu dulce contacto. Tampoco supe que decir. Se fueron apenados. Otra noche, durmiendo, mis ojos creyeron ver los tuyos. Sonreías, tu luz deslumbraba, tu mirada, eclipsada por el gesto de la risa, oh, dulce risa la tuya, preciosa cara la que te hace, se dirigía hacia mí. Pero fue una falsa sensación de felicidad, puesto que seguía siendo un sueño. Varias noches después, mi cerebro se puso a soñar sin contar conmigo, me engañó, me hizo creer que te acercabas a mí, que tu suave piel, que tu aterciopelado tacto de oscura tez y juventud eterna, quería tocar la mía, que me abrazabas y te unías a mí. Mintió a mis labios, al hacerles notar los tuyos mientras los besabas, menuda envidia la del resto de los labios del mundo, besabas los míos, no los otros, sólo los míos, el mejor sabor del mundo venía de ti. Falseó la realidad de mi corazón, al pensar que el tuyo se nos quería unir, acercándote todo lo posible, casi siendo uno. Y ay, mis ojos, pobres de ellos, que pensaban que veían los tuyos directos, esos preciosos ojos oscuros que se eclipsan cuando te ríes, ese espejo del alma que quería juntarse con la mía y no soltarse, que parecían mirarme para iluminar la tiniebla más fría y lejana del mundo, que podrían guiar cualquier nave en la oscuridad del Universo, pero que sólo me miraban a mí, sólo a mí, queriendo no separarse de mis ojos. Extraño sueño el mío, donde tu hermoso rostro, suave, dulce, digno competidor de cualquier museo del mundo, se quedaba junto a mí. Extraño sueño fue, sin duda, aquel en el que te podía decir que te quiero, aquel en el que me querías...

martes, 14 de julio de 2015

Hoy he soñado con tu historia de amor. He soñado contigo. Que existías y me querías. En mi mente, de forma ficticia como un sueño más, has aparecido, me has mirado, me has abrazado y me has amado. Mi piel te ha sentido, falsamente, mientras me abrazabas y me acariciabas con tus bonitas manos. Mi labios, engañados, han saboreado los tuyos mientras me besabas, sin que en realidad estuvieras siquiera cerca. Mis ojos se han alimentado de los tuyos estando cerrados y solos, aunque viéndote. 

Hoy he soñado contigo. Que me conocías y me amabas inmediatamente. Que mi atracción por ti era correspondida por una tuya hacia mí, que nuestros cuerpos pedían a gritos juntarse desde el primer momento, y lo conseguían en el segundo. En el tercero ya eran inseparables, y en el cuarto, eternos. 

Hoy he soñado con tu historia de amor. Un cuento de final feliz, sin perdides pero con luz eterna. Nada efímero, nada falso, nada temporal. Acompañante de la historia más grande jamás contada, la nuestra. Caminantes juntos en el sendero de la inmortalidad, pasos coordinados, guitarras a dúo. Nada efímero, nada falso, nada temporal. Energía siempre visible, la que me dan tus labios al besarme, tus ojos al mirarme, tu piel al tocarme. 

Hoy he soñado contigo. Que tu presencia en mi vida era por fin algo positivo, y no algo rancio de una historia que nunca se da. Que no se repetía otra vez la amarga historia de un final en soledad, de una batalla perdida y una andanza solitaria. Vamos, lo normal cuando no estoy soñando contigo. Cuando te veo en realidad, cuando no me ves ni por asomo, cuando de casualidad me sonríes pero no es para iluminar mi camino a ti, cuando no piensas en mí. Vamos, lo normal cuando no me abrazas en mi mundo perfecto. Tu mirada no quiere decirme nada, tus labios no quieren llamarme, tu piel no quiere sentirme. Vamos, lo normal cuando estoy en vigilia.

Hoy he soñado contigo. Como todos los días. Nada cambia, nada mejora, nada me hace vivir. Tus ojos siguen siendo tuyos, aunque los quiero para mí, tus labios siguen sin saborear los míos, aunque es lo que más deseo en vigilia, tu piel sigue sin fundirse con la mía, aunque sería muy bonito que ocurriera. 

Hoy he soñado con tu historia de amor. Otra vez. Hoy he vuelto a escribirla, con la esperanza de que la leas y te des cuenta de que te quiero, de que me quieres, de que mi piel, mis labios y mis ojos son tuyos, que te están esperando despiertos y atentos a tu llegada, a tu luz, a tu guía, a tu compañía.

sábado, 27 de junio de 2015

Lárgate ya... o vuelve. Tu actitud despótica no está más que amargándome la existencia. Como si ya de por sí estuviese bien... 

No quiero verte. No quiero saber de ti. No quiero que aparezcas en mi vista, que tu mirada me vea. No quiero, no quiero. Sólo quiero ser feliz, sin ti porque no he podido contigo, que seas feliz, sin mí, porque conmigo no has querido, y que no estés todo el día amargándome y fastidiándome. Largo de vida de una vez. Necesito que salgas de ella para siempre y sin retorno.

jueves, 28 de mayo de 2015

No lo acabo de entender. ¿Qué ocurre en mi vida? No hay forma de sacar la cabeza y mirar al futuro iluminado, siempre me estoy hundiendo. Nada, que no hay forma. No lo consigo. Siempre se me tuerce algo.

Hace unos meses era feliz con la persona que, se supone, me quería, y yo a ella, y de repente me veo completamente solo, sin compañía, sin posibilidades de tenerla, y siendo juzgado erróneamente, además de tratado como una mierda, como el dado de un parchís cuyas fichas van para atrás y no para de dar vueltas en el cubilete manejado por una mano negra que no me deja ser feliz. No sé lo que me pasa, estoy harto de que jueguen conmigo, de ser el comodín que todo el mundo deja para el final. De que la persona para la que supuestamente era lo más importante quiera tenerme cerca para los momentos malos en los que es mal tratada por otros, pero no para los momentos buenos de compañía, para eso tiene a otros. De que se jacte de sus conquistas y sus borracheras delante de mí, pero no admita un suspiro mío sin querer enterarse de todo. De que busque mis abrazos en el mal momento, pero no mis besos en el bueno. Estoy harto. Así no se puede seguir. No tengo motivos.

Tampoco encuentro a nadie que quiera estar a mi lado. Voy por la calle andando y no paro de ver a gente feliz, parejas, o mujeres que, a primera vista, podrían ser lo que busco. Sin hablar del físico. No consigo evitarlo, mis suspiros involuntarios se repiten más que mis miradas normales, no encuentro ninguna ocasión en la que el corazón de alguien me dedique un momento al menos, ninguna oportunidad hallo de que esto ocurra. No hay comienzo para el "¿y cómo os conocísteis?" Ni tirando por la vía fácil ni más libertina hay suerte alguna. No sé si soy yo, o es el destino. No estar en el momento preciso en el lugar adecuado.  Analizando sin parar los motivos, no encuentro ninguno válido para tal situación, no sé por donde tirar. Y el "tranquilo, ya aparecerá", me deja más intranquilo, más que nada porque el autoconvencimiento y la conformidad sin lucha nunca han estado en mi escudo de armas. El estoy aquí y voy a vencer. Eso que se suele quedar en agua de borrajas, por desgracia.

No consigo salir adelante. Que me llamen para darme trabajo y no para exigirme dinero. No hay forma, esto tampoco me sale bien. Ninguneado, puesto en duda, y por supuesto, si cobro, pierdo dinero. ¿Qué ocurre? No sé que cojones he hecho para esto. Nunca me he considerado mal profesional, y que siempre me ocurra algo parecido, pues da que pensar. No sé si soy yo o es el resto. No sé por donde salir. No sé por donde tirar, ni a quien llamar. No sé que va a ser de mi vida si sigo mucho en esta situación de la que no paro de intentar salir, pero que no consigo siquiera moverme. Un poco de suerte, joder, que no me vendría mal poder dormir por las noches. Acompañado y sin pensar en cuando será la próxima vez que me exijan el dinero que debo y cuya respuesta por mi parte sea un "no puedo". Un poco de vida en la vida, por favor, que de supervivencia ya estoy un poco harto, por muy tío duro que sea.