A lo lejos entre la oscura tiniebla que rodeaba el páramo abandonado vi movimiento. Una pequeña luz que se movía, lentamente, vagando como yo por aquel mundo tan oscuro y frío. Sin destino definido, aparentemente, como yo, en busca de algo, como yo. Mis botas, que no paraban de andar sobre algo que no se veía, me dirigían como podían hacia la novedad en la oscuridad. Pero cada vez estaba más lejos, a pesar de acercarse. Y cada vez más oscuridad y más frío, los poros de mi piel estaban congelados, mis nervios no sentían nada, y mi alma era puro hielo, como mi corazón. Más pasos, más lejanía cercana, más pasos, más frío, más pasos, más tiniebla... Mis botas no paraban, y si no fuese por ellas no avanzaría...
La luz comenzó, de repente, a hacerse más grande. Había girado hacia mí, como si me mirara y pretendiera guiarme. Me deslumbró desde el primer momento, me pareció hermosa desde el primer segundo, y me hizo avanzar más rápido, desde el principio. La niebla comenzaba a retirarse, lo que me dejaba ver mejor la luz, mejor mis pasos, mejor el suelo y alrededor, más clara la noche se estaba haciendo, y más grande la luz era. Poco a poco fui distinguiendo un poco más, a pesar de estar cegado, qué era exactamente esa luz que me estaba guiando y abriendo paso entre aquel asqueroso mundo eterno, y comencé a ver una figura, andaba hacia mí, se acercaba, se agrandaba, se definía... Distinguí de repente tu cadera y tus piernas, seguido de tus brazos, pero no veía tu cara, la luz me cegaba y me lo impedía... hasta que te tuve delante, no había niebla, no había oscuridad, no había frío, sólo la luz que me había guiado y que no era otra cosa más que tu mirada. Y el páramo helado se quedó atrás cuando vi tu cara, y la oscuridad desapareció cuando vi tu sonrisa. Y todo olvidé cuando probé tus labios.
La luz comenzó, de repente, a hacerse más grande. Había girado hacia mí, como si me mirara y pretendiera guiarme. Me deslumbró desde el primer momento, me pareció hermosa desde el primer segundo, y me hizo avanzar más rápido, desde el principio. La niebla comenzaba a retirarse, lo que me dejaba ver mejor la luz, mejor mis pasos, mejor el suelo y alrededor, más clara la noche se estaba haciendo, y más grande la luz era. Poco a poco fui distinguiendo un poco más, a pesar de estar cegado, qué era exactamente esa luz que me estaba guiando y abriendo paso entre aquel asqueroso mundo eterno, y comencé a ver una figura, andaba hacia mí, se acercaba, se agrandaba, se definía... Distinguí de repente tu cadera y tus piernas, seguido de tus brazos, pero no veía tu cara, la luz me cegaba y me lo impedía... hasta que te tuve delante, no había niebla, no había oscuridad, no había frío, sólo la luz que me había guiado y que no era otra cosa más que tu mirada. Y el páramo helado se quedó atrás cuando vi tu cara, y la oscuridad desapareció cuando vi tu sonrisa. Y todo olvidé cuando probé tus labios.