miércoles, 9 de abril de 2008

El día que nos conocimos yo no estaba vivo. Era uno de tantos que vagaba en el mundo de los vivos, pero sin estarlo, que hablaba como los vivos, pero sin tener nada que decir, que miraba como los vivos, pero que no veía nada excepto sombras y oscuridad. El día que nos conocimos, yo no tenía alma, y mi corazón estaba tan helado que ni el infierno podría haber deshecho aquella capa de hielo. Todo en mí eran tinieblas, todo en mí eran ganas de dejar este mundo, todo en mí se había perdido.

Vagaba como a diario por una calle llena de gente en la que no había nadie, buscando un rayo de luz cuyo aspecto había olvidado, intentando encontrar un hueco en el que poder descansar. Ciertamente, había perdido la esperanza, y todo mi ser era un extraño conjunto de soledad, hielo, oscuridad y pena serenamente vivo pero no vivo. Mi existencia se limitaba a ver pasar la vida propia desde un punto de vista lejano, como no queriendo saber nada. A mantenerme al margen de todo.

Y te encontré a ti.

No sé por qué, ese día mi alma estaba más perdida que nunca. Sentía menos ganas de respirar, y tenía más esperanzas en dejar en este mundo que de costumbre. Y detrás de una esquina, apareciste tú. Nuestro primer encuentro fue más doloroso que bonito, ya que nos chocamos de frente. La verdad, no sé lo que me hiciste, pero ese encuentro fortuíto me deshizo la coraza, me quitó el hielo del corazón, encontró mi alma y despejó la tormenta que había dentro de mí.

Nada más chocarnos, nos miramos a los ojos, con la idea de decir algo. La verdad, no sé si tú me dijiste algo, porque fue mirarte a tus ojos negros como la oscuridad que me había acompañado durante mucho tiempo, y sentir que mi mundo se movía. Sentí un dolor extraño en el corazón cuando me sonreíste con esos dulces labios, me dieron energía para mover el universo entero, me di cuenta de que mi vida tenía que vivirla yo, y no limitarme a verla pasar, en cuanto observé tu largo pelo negro como el carbón. Imagino que en aquella ocasión pensarías de mí que soy un estúpido, porque no te dije nada, y la verdad es que no lo hice porque no quisiera, sino porque no podía, tu rostro se había quedado con la vida del mío, tu piel se había quedado con mi cuerpo y mi alma, tu corazón se había quedado con el mío. Tú me habías enamorado, algo que hacía muchísimos años que había olvidado lo que era.
- Desnúdate.

Aquella orden resonó en todo el interior de la muchacha.

- ¿No me has oído?

Otra vez.

- No me gustaría tener que repetírtelo.

Cada palabra nueva sonaba más dolorosamente dentro de ella. Finalmente, accedió. Comenzó quitándose el ancho cinturón que le cubría gran parte de la cintura, para luego seguir desabrochándose el vestido en su parte superior.

- Es suficiente.

Ella miró a quien había pronunciado estas palabras, buscando una explicación lógica para evitar lo que ella ya consideraba inevitable. Se quedó parada, sin poder moverse, sin saber que hacer. Le temblaba todo el cuerpo, todos los músculos en tensión, una expresión de rabia en su rostro se dejaba ver. Entre los dedos, el botón que tocaba desabrochar, sujeto con fuerza, a punto de romperse. El hombre que le había ordenado desnudarse se inclinó sin levantarse de la silla, acercando su áspero rostro al de ella.

- ¿Qué te ocurre? ¿No me has oído?

El aliento que emanaba de la boca de aquel hombre olía a hierbas, como si hubiera pastado igual que el ganado, antes de entrar a aquella sala en la que se encontraban los dos. Ella seguía inmóvil, sin saber que hacer. La cara de rabia dejó paso a una muy diferente, de expectación. ¿Por qué le había dicho que parara?

- Vaya, parece que también eres sorda. Vístete.

Ella reaccionó. Comenzó a abrocharse de nuevo los botones, para ponerse finalmente el cinturón.

- Bien, no lo eres. Mejor. Así me gusta. La verdad es que eres muy guapa, pero no es el momento. Primero has de sobrevivir.

- ¿Por qué...? - Consiguió comenzar a preguntar ella.

- No - interrumpió él -. No preguntes. Ahora no debes hablar. Es la hora.

El hombre se levantó de la silla, dejando por el camino el ruido de su duro traje de colores apagados. Comenzó a andar por la sala, con la única compañía del ruido de las botas al golpear el suelo de madera. Durante unos segundos sólo las botas hablaron en aquella sala oscura.

- Como sabes, has venido aquí con una misión. Supongo que ya te habrán explicado de qué se trata.

- Sí.

- Bien. Entonces me ahorraré palabras. Ha llegado la hora de que cumplas tu parte. Sabes lo que debes hacer, y sabes como hacerlo. Imagino que lo harás bien, es de esperar. Si no, ya sabes lo que te espera.

- Sí.

Él se acercó a ella, esta vez por la espalda.

- Ponte de pie.

Ella se puso en pie y giró la cabeza en busca de la mirada del hombre del aliento de hierba.

- Bien. Mañana a esta hora has de estar aquí, y sabes que has de tener las tareas hechas. No nos gustan los retrasos. Imagino que ya lo sabes - la miró a los ojos, poniéndose delante de ella -, así que me ahorraré eso también.

- Efectivamente, lo sé.

- Estupendo. Hasta mañana entonces, puedes irte.

La muchacha hizo una pequeña reverencia y se dio la vuelta. Comenzó a andar hacia la puerta, con paso firme y rápido.

- Una cosa más - ella se paró en seco al oír esto -. Antes que se me olvide - Ella se giró -. Por el camino es probable que te encuentres con alguien que me está buscando. No me gustaría que supiera donde encontrarme. Imagino que me entiendes.

- Perfectamente.

Lo miró de reojo y comenzó de nuevo a caminar.

Salió de la sala en la que estaba para entrar en una mucho más grande, de idéntica forma que la anterior, pero con muchos más muebles. A un lado, en una mesa, dos soldados la miraron, sin prestarle demasiada atención, y al otro lado, otro soldado se giró al oírla llegar, pero apartó la mirada enseguida. Llegó hasta el umbral de la puerta, la abrió, y salió al exterior.

Nevaba. Mirara por donde mirara, lo veía todo blanco, excepto las pocas rocas y las pocas ramas que quedaban por cubrir. Imposible llegar a la hora con este tiempo, pensó antes de cubrirse la cabeza con la capa que había cogido por el camino. Se tapó bien y comenzó a andar en busca de transporte. Cada copo de nieve que caía le pegaba derecho en la piel, provocándole una sensación de frío intenso y a la vez calor. Llegó hasta el cobertizo donde podría encontrar algo para ir a su destino, abrió la vieja puerta de un empujón, y entró. Comenzó a buscar, y cuando creía haber encontrado algo, oyó el ruido la de puerta al cerrarse. Sobresaltada, se giró, y lo vio allí, de pie, con un machete en una mano, empapado y cubierto de copos de nieve. Él comenzó a andar hacia ella...



Sonó el timbre.

Otra vez me interrumpieron en mi momento de máxima inspiración. Me dio mucha rabia, se había acostumbrado la gente a fastidiarme las sesiones de escritura, y eso que no tenía muchos amigos en aquella horrorosa ciudad. Me levanté y comencé a andar descalzo hacia la puerta. Otra vez sonó el timbre. Que pesados, por favor. Llegué hasta el telefonillo, y pregunté. Pero no hubo respuesta, y nadie se veía por la pantallita que evita sorpresas. Volví a preguntar, volví a ver el portal vacío, y lo dejé estar, volviendo sobre mis pasos hasta la mesa donde tenía el portátil, dispuesto a continuar con el día de la nieve.


Él comenzó a andar hacia ella...


Timbre otra vez.

Será posible, pensé. Otra vez igual...

Me levanté cabreado y casi corriendo, a riesgo de resbalarme por ir descalzo, para llegar a la puerta lo antes posible. Antes de decir nada, le di al botón para ver quien había al otro lado, a ver quien me tocaba las narices de aquella manera un día tranquilo de lluvia, inspirador de mis mejores relatos.

Nadie.

Directamente ni pregunté, me giré dispuesto a volver a mi nevado asesinato. Pero cuando lo había hecho, apenas había dado dos pasos, el timbre otra vez retumbó en la soledad de mi triste piso. Me giré y esta vez sí, vi a una figura con el pelo largo y negro, de espaldas a la cámara.

- ¿Hola? - Dije a través del telefonillo.

La figura se volvió, y yo me quedé sin palabras.

- Hola -respondió la figura de pelo negro y largo con voz de mujer -. Soy la vecina del piso de arriba tuyo. Es que me he dejado las llaves en casa, ¿te importaría abrirme?

- ¿Nos conocemos?

- Pues no creo, tú llevas poco tiempo aquí, y yo llevo menos aún, es mi tercer día.

- Ah, así que eres tú la que has estado armando tanto jaleo estos días.

- Pues... es posible - Se rió -. Pero no lo he hecho a cosa hecha.

- Anda, pasa.

Le abrí la puerta de abajo, ya se me había pasado el mal humor, su risa me lo quitó de golpe. Me giré para enfilar la ruta de vuelta a la nieve, y me senté delante del portátil, dispuesto a manchar de sangre un cobertizo, sin dejar de escuchar en mi cabeza la risa de la nueva vecina ruidosa.



Él comenzó a andar hacia ella...



Sonó el timbre, esta vez el de la puerta de casa. Estaba visto que alguien estaba dispuesto a evitar un baño de sangre. Me levanté y fui hasta la puerta para abrirla. A través de la mirilla vi que allí estaba ese pelo largo y negro de antes. Abrí.

- Hola - me dijo ella con una sonrisa -. Siento molestarte otra vez, pero es que me he dejado las llaves de casa, todas - me miró de arriba a abajo -. ¿Es normal que recibas a todas las visitas femeninas en calzoncillos largos? - Se rió.

Yo me miré de arriba a abajo.

- Son bermudas - le respondí en tono borde -. Y no suelo recibir muchas visitas femeninas que digamos.

- Ah - dijo ella -. Que raro. ¿Entonces me puedes ayudar a abrir la puerta de casa?

- Puedo intentarlo.

- Bien. Si me hicieras el favor...

Cogí las llaves de mi piso, un pedazo de plástico, y subí al piso de arriba detrás de ella, observando por el camino, ya que estaba, los rasgos físicos de la parte trasera del cuerpo de mi nueva vecina. Sin mediar palabra seguí su dedo, que señalaba la puerta que había cerrado sin querer, justo la que estaba encima de la mía. Me acerqué con el plástico armado, y a los pocos segundos la puerta ya estaba abierta. A fin de cuentas, siempre se me había dado mejor abrir puertas que escribir relatos.

Hablamos sobre el tema un minuto, y me invitó a pasar. Pasé delante de ella, notando como ella observaba los rasgos físicos de la parte trasera mi cuerpo. Me dirigió a la cocina, entré y me senté en una silla, mientras ella seguía andando hasta la bancada. Comenzamos a hablar de algunas cosas triviales mientras ella estaba de espaldas moviendo algunas cosas. De repente, se giró.

Ella comenzó a andar hacia mí...



¿Fin?

lunes, 7 de abril de 2008

Hoy algo especial

Hoy no voy a poner un relato mío (bueno, a lo mejor me animo y escribo algo esta noche), sino una poesía de una amiga mía que está pasando por algo peor que lo mío, aunque sea lo mismo.

ETERNIDAD

Sumergida en el agua me encontraba sin poder respirar

con los ojos abiertos mirando el vacío,

sintiendo que mi cuerpo se empezaba a ahogar.

Creí que de ahí nunca saldría y mi vida vi pasar

los segundos se me hicieron horas

y sin darme cuenta, una eternidad.

Mis pensamientos se hicieron eco entre la oscuridad

el olvido y el recuerdo se disiparon,

mi voluntad, mis ganas, se acababan ya.

Sentía que ese era mi final

el corto trayecto de mi vida,

sumergida en ese mar

se convertía para mí, en mi gran eternidad.

La esperanza que me quedaba no la perdí jamás

aún esperaba y deseaba

que alguien me pudiera salvar.

Unos brazos me agarraron cuando nada empezaba a quedar

la oscuridad era inmensa y una luz me vi cegar,

me sacó del agua aturdida pero yo le oí hablar

me decía; niña vive, que sin ti la vida no es amar,

vive por lo que tú más quieras,

pero no te vuelvas a la mar

quédate conmigo juntos tú y yo,

esa será nuestra eternidad.

.-Noemy-.

(28-03-08)