La he vuelto a notar. Otra vez, y ya van tres. Esa sensación recorre mi cuerpo durante unos segundos, y desaparece. Se acabó. Es la tercera noche seguida que la noto. Alguien me abraza. Alguien que no está, alguien que no existe, que no sé quien es, ni de donde viene, ni a donde va en cuanto me doy cuenta de su presencia; sólo desaparece, dejándome ese amargo sabor a una compañía inexistente, ese dolor de un abrazo que nadie da, pero que yo recibo. ¿Qué es lo que me ocurre? Nadie duerme a mi vera, nadie comparte el lecho conmigo, y sin embargo, parece que está ahí, que me da su calor, que noto su fuerza y su amor. ¿Por qué me pasa esto? Mi vida es tranquila, solitaria, pasa desapercibida. Nadie sufre por mí, nadie actúa contra mí, nadie me ama, nadie se acuerda de mí, nadie me olvida. Y sin embargo llevo tres noches con el corazón desgarrado por una efímera sensación que no sé de donde proviene, pero que sí sé a donde me lleva.
Es la octava noche. La sensación ha aumentado. Cada vez me dura más. Cada vez me preocupa más. ¿De dónde sale? ¿Por qué sale? Inspecciono cada rincón de mi apartamento, siempre sombrío, solitario y silencioso, por si pudiese encontrar la respuesta a este dilema que, a pesar del poco tiempo que me envuelve, ya me está machacando. Mi corazón, helado hace muchos años, está empezando a sufrir más de lo que ya ha hecho toda su vida. Cada noche se me desgarra un poquito más, por culpa de esa sensación, de ese abrazo que nadie da. No lo entiendo, la verdad. No hay nada que me dé una pequeña pista sobre el origen de esto, por mucho que revuelvo las pocas cosas que poseo en busca de algo, de un animal, de una corriente de aire, de alguien que no está. No hay forma de hallar una explicación lógica. Sigo sin saber por qué.
Decimosexta noche. No puedo más. Llevo varias noches sin dormir, y varias noches buscando una explicación. Sigo buscando una explicación. Me he cambiado de cama, de rincón en el que descansar de la asquerosa vida que llevo, y no lo consigo. Todas y cada una de las noches, alguien me abraza. Cada vez me dura más la sensación, hasta tal punto que ya tengo tiempo de distinguir donde me presiona más ese abrazo. Pero no consigo adivinar nada. No hay forma de saber ni quien ni que es, ni por qué yo.
Vigesimoprimera noche. ¿Por qué yo? Nunca he hecho mal a nadie, nunca he deseado nada malo contra nadie, llevo una vida tranquila, apartada del mundo que tanto daño me hizo, de las personas que tanto daño me hicieron. No tengo nada claro, excepto una cosa. Ya he distinguido algo en mi abrazo. Noto un cuerpo. Unos brazos rodeándome, una cara contra mi nuca, unas piernas entre las mías, unos pechos contra mi espalda. Noto el abrazo de una mujer que nunca existió. ¿O sí? En mi juventud más lejana, cuando yo todavía tenía capacidad para amar, una mujer me abrazaba así. Por aquel entonces, yo pensaba que era feliz, que sería feliz junto a esa mujer para el resto de mis días. Nunca más me volvió a pasar. Nunca más me abrazó ninguna mujer, nunca más me abrazó nadie. Huí lejos, se me heló el corazón, se me hundió el alma, y se me turbó la mente.
Trigésima noche. Ya no aguanto. Esta sensación me está matando lo poco que me quedaba de humano en este mundo. La poca vida que tenía mi cuerpo, está desapareciendo. No duermo, no como, no dejo de pensar en esa mujer. La tenía olvidada ya, había conseguido perder de vista aquellos ojos que reflejaban el universo entero, aquellos labios que podían mover el mundo con sólo un movimiento. Aquella nariz, aquella cara perfecta, aquella diosa que una vez consiguió hacerme amar... y que luego me mató.
Todavía no se me ha olvidado, ni lo hará jamás, el momento que cambió mi vida para siempre. Yo seguía siendo feliz, viviendo, seguía amando a la persona que me amaba, o eso pensaba. Seguía respirando su aire, seguía haciendo su mundo, seguía amando su alma, incluso deseando su cuerpo. Tonto de mí, no fue más que una triste ilusión de enamorado. Pensar que iba a estar para siempre con ella. Muchas veces nos lo prometimos, ni una vez ella cumplió. Tantas veces me mintió, tantas veces me engañó, y yo ni una vi, ni una quise creer, hasta que un día, lo vi claro. Me costó un diente, una fractura de nariz, y el corazón. Fui a recogerla a su casa un poco antes de la hora acordada, tenía algo de tiempo libre y pensé en darle una sorpresa... que nunca olvidé. Me pareció raro ver la ventana cerrada, siendo la época del año en la que estábamos, el verano más frío que jamás tuve. Me pareció raro no ver luz, y me pareció más raro que en esa calle tan tranquila el coche que estaba en su puerta no fuese el de todos los días. Pero lo que más raro me pareció, fue encontrarme la puerta sin cerrar del todo. Parecía que había entrado apresurada, olvidando cerrar la puerta... y parte de su ropa. Oí un ruido, y me giré. Provenía de un dormitorio que nunca usaba. La puerta estaba entornada, y se veía luz a través del poco hueco de la madera. Volví a oír ruido, y cuando di un paso, un gemido. Mi corazón me pedía a gritos que corriese hacia esa habitación, que fuese a salvar a mi amada de su sufrimiento que no resultó ser otra cosa que goce. Avancé lentamente, miré por el hueco de la puerta, y vi su cara en el momento justo de máximo exponente del goce femenino. Un gemido que todavía no he podido olvidar. No vi bien lo que pasó después. Sé que abrí la puerta y me quedé mirando como mi universo hacía el amor con un desconocido. Él se dio cuenta antes que ella, que seguía deslizándose sobre su cuerpo, ahora ya lentamente. Cuando acabó, se giró, y me vio. No se sorprendió, no, para nada, su cara fue de satisfacción, de haber llegado al cielo y haber visto la puerta del infierno en el mismo segundo, saboreando su traición, disfrutando del derrumbe de todo lo que era yo, un ser humano.
El tiempo que pasó entre eso y mi salida de aquella maldita casa sigue confuso. Creo que dije algo, pero no lo sé seguro, y entonces ella se quitó, y él vino a mí, me dio un puñetazo en la cara y me tiró al suelo. Creo que no hice intento de defenderme, me quedé ahí, hasta que dejó de pegarme, y entonces me parece que me levanté y me fui. Sé que llegué a la puerta de la calle, y me giré, viéndolos a los dos, desnudos, en la puerta que me había llevado a conocer esa noticia, abrazados. Salí de allí y nunca más volví a vivir.
Cogí mis cosas y me fui. Estuve trabajando y viviendo en muchos sitios, ya he perdido la cuenta, repartidos por medio planeta. Todo con tal de olvidarla. Pero no pude. No fue hasta que llegué aquí, a este triste apartamento de una ciudad que siempre odié, que su cara desapareció de mi mente. Y ahora ha vuelto para torturarme en mis cenizas, para removerme las entrañas de mi triste y apagado ser. Ella me dejó así, y parece que no se quedó conforme, que quiere verme sufrir más. ¿Por qué? ¿Hasta qué? ¿Pretende mi muerte? ¿Por qué ha tenido que volver a mí después de tanto tiempo?
Ya no sé cuanto tiempo hace que comenzó a abrazarme. Ya me da igual. No duermo, no como, no bebo, no respiro... la eternidad y un segundo son lo mismo para mí. Nada. O todo. Ya da igual, ya ha conseguido lo que quería, ya no existo. Ya no la noto nunca, ya no la veo nunca, ya me ha dejado tranquilo, ya me ha quitado la vida, ya no necesito nada más que descansar en paz.
Es la octava noche. La sensación ha aumentado. Cada vez me dura más. Cada vez me preocupa más. ¿De dónde sale? ¿Por qué sale? Inspecciono cada rincón de mi apartamento, siempre sombrío, solitario y silencioso, por si pudiese encontrar la respuesta a este dilema que, a pesar del poco tiempo que me envuelve, ya me está machacando. Mi corazón, helado hace muchos años, está empezando a sufrir más de lo que ya ha hecho toda su vida. Cada noche se me desgarra un poquito más, por culpa de esa sensación, de ese abrazo que nadie da. No lo entiendo, la verdad. No hay nada que me dé una pequeña pista sobre el origen de esto, por mucho que revuelvo las pocas cosas que poseo en busca de algo, de un animal, de una corriente de aire, de alguien que no está. No hay forma de hallar una explicación lógica. Sigo sin saber por qué.
Decimosexta noche. No puedo más. Llevo varias noches sin dormir, y varias noches buscando una explicación. Sigo buscando una explicación. Me he cambiado de cama, de rincón en el que descansar de la asquerosa vida que llevo, y no lo consigo. Todas y cada una de las noches, alguien me abraza. Cada vez me dura más la sensación, hasta tal punto que ya tengo tiempo de distinguir donde me presiona más ese abrazo. Pero no consigo adivinar nada. No hay forma de saber ni quien ni que es, ni por qué yo.
Vigesimoprimera noche. ¿Por qué yo? Nunca he hecho mal a nadie, nunca he deseado nada malo contra nadie, llevo una vida tranquila, apartada del mundo que tanto daño me hizo, de las personas que tanto daño me hicieron. No tengo nada claro, excepto una cosa. Ya he distinguido algo en mi abrazo. Noto un cuerpo. Unos brazos rodeándome, una cara contra mi nuca, unas piernas entre las mías, unos pechos contra mi espalda. Noto el abrazo de una mujer que nunca existió. ¿O sí? En mi juventud más lejana, cuando yo todavía tenía capacidad para amar, una mujer me abrazaba así. Por aquel entonces, yo pensaba que era feliz, que sería feliz junto a esa mujer para el resto de mis días. Nunca más me volvió a pasar. Nunca más me abrazó ninguna mujer, nunca más me abrazó nadie. Huí lejos, se me heló el corazón, se me hundió el alma, y se me turbó la mente.
Trigésima noche. Ya no aguanto. Esta sensación me está matando lo poco que me quedaba de humano en este mundo. La poca vida que tenía mi cuerpo, está desapareciendo. No duermo, no como, no dejo de pensar en esa mujer. La tenía olvidada ya, había conseguido perder de vista aquellos ojos que reflejaban el universo entero, aquellos labios que podían mover el mundo con sólo un movimiento. Aquella nariz, aquella cara perfecta, aquella diosa que una vez consiguió hacerme amar... y que luego me mató.
Todavía no se me ha olvidado, ni lo hará jamás, el momento que cambió mi vida para siempre. Yo seguía siendo feliz, viviendo, seguía amando a la persona que me amaba, o eso pensaba. Seguía respirando su aire, seguía haciendo su mundo, seguía amando su alma, incluso deseando su cuerpo. Tonto de mí, no fue más que una triste ilusión de enamorado. Pensar que iba a estar para siempre con ella. Muchas veces nos lo prometimos, ni una vez ella cumplió. Tantas veces me mintió, tantas veces me engañó, y yo ni una vi, ni una quise creer, hasta que un día, lo vi claro. Me costó un diente, una fractura de nariz, y el corazón. Fui a recogerla a su casa un poco antes de la hora acordada, tenía algo de tiempo libre y pensé en darle una sorpresa... que nunca olvidé. Me pareció raro ver la ventana cerrada, siendo la época del año en la que estábamos, el verano más frío que jamás tuve. Me pareció raro no ver luz, y me pareció más raro que en esa calle tan tranquila el coche que estaba en su puerta no fuese el de todos los días. Pero lo que más raro me pareció, fue encontrarme la puerta sin cerrar del todo. Parecía que había entrado apresurada, olvidando cerrar la puerta... y parte de su ropa. Oí un ruido, y me giré. Provenía de un dormitorio que nunca usaba. La puerta estaba entornada, y se veía luz a través del poco hueco de la madera. Volví a oír ruido, y cuando di un paso, un gemido. Mi corazón me pedía a gritos que corriese hacia esa habitación, que fuese a salvar a mi amada de su sufrimiento que no resultó ser otra cosa que goce. Avancé lentamente, miré por el hueco de la puerta, y vi su cara en el momento justo de máximo exponente del goce femenino. Un gemido que todavía no he podido olvidar. No vi bien lo que pasó después. Sé que abrí la puerta y me quedé mirando como mi universo hacía el amor con un desconocido. Él se dio cuenta antes que ella, que seguía deslizándose sobre su cuerpo, ahora ya lentamente. Cuando acabó, se giró, y me vio. No se sorprendió, no, para nada, su cara fue de satisfacción, de haber llegado al cielo y haber visto la puerta del infierno en el mismo segundo, saboreando su traición, disfrutando del derrumbe de todo lo que era yo, un ser humano.
El tiempo que pasó entre eso y mi salida de aquella maldita casa sigue confuso. Creo que dije algo, pero no lo sé seguro, y entonces ella se quitó, y él vino a mí, me dio un puñetazo en la cara y me tiró al suelo. Creo que no hice intento de defenderme, me quedé ahí, hasta que dejó de pegarme, y entonces me parece que me levanté y me fui. Sé que llegué a la puerta de la calle, y me giré, viéndolos a los dos, desnudos, en la puerta que me había llevado a conocer esa noticia, abrazados. Salí de allí y nunca más volví a vivir.
Cogí mis cosas y me fui. Estuve trabajando y viviendo en muchos sitios, ya he perdido la cuenta, repartidos por medio planeta. Todo con tal de olvidarla. Pero no pude. No fue hasta que llegué aquí, a este triste apartamento de una ciudad que siempre odié, que su cara desapareció de mi mente. Y ahora ha vuelto para torturarme en mis cenizas, para removerme las entrañas de mi triste y apagado ser. Ella me dejó así, y parece que no se quedó conforme, que quiere verme sufrir más. ¿Por qué? ¿Hasta qué? ¿Pretende mi muerte? ¿Por qué ha tenido que volver a mí después de tanto tiempo?
Ya no sé cuanto tiempo hace que comenzó a abrazarme. Ya me da igual. No duermo, no como, no bebo, no respiro... la eternidad y un segundo son lo mismo para mí. Nada. O todo. Ya da igual, ya ha conseguido lo que quería, ya no existo. Ya no la noto nunca, ya no la veo nunca, ya me ha dejado tranquilo, ya me ha quitado la vida, ya no necesito nada más que descansar en paz.