sábado, 18 de abril de 2009

Efímera sensación de vida en triste penitencia es lo que mi dolorido cuerpo ha sentido ante ti. Breve deseo de vida propia es lo que mi corazón ha notado ante ti. Fugaz calor dentro de mi alma es lo que he visto ante ti. 

Alma que ya no estás, cuerpo que ya no me acompañas, tristeza que siempre estás junto a mí, tinieblas que nunca me abandonáis, es hora de volver a nuestra oscura y fría morada, es hora de continuar vagando y errando por este mundo sin luz ni vida, es hora de volver a nuestra triste existencia sombría y solitaria. Es hora de volver a ser una sombra.

Esos preciosos ojos profundos que no me acompañan, esos preciosos labios pequeños que no me besan, esas preciosas manos blancas que no me acarician, ¿dónde estáis? ¿Qué ha sido de vosotros? ¿Por qué no estáis aquí, conmigo, volviéndoos eternos junto a mí? ¿Qué es lo que ha pasado para que decidáis desaparecer de esta alma que está nuevamente en penitencia infinita? 

Quiero verte, quiero sentirte, quiero tocarte, quiero besarte, pero no te encuentro. Echo de menos tu mirada, tu boca, tu nariz, tus mejillas, orejas, cuello y manos, echo de menos tu pecho, tu ombligo y tus caderas, echo de menos tu corazón y tu alma, aquella que parecía hecha a medida de la mía pero que no ha sido más que una ilusión que me ha engañado mostrándome una realidad que no existe, que ojalá existiese, que me ha mentido besándome con veneno, que ojalá fuese letal, que me ha olvidado en el purgatorio, que ojalá me llevara al infierno, puesto que sin ti todo es oscuridad, todo es frío, todo es pérdida en este mundo en que tú me has condenado a vivir y en el que no te puedo decir que te quiero. 

lunes, 6 de abril de 2009

Las dos de la madrugada.

Un ruido me despertó aquella noche. Hacía al menos dos horas que había dejado de llover, y la gran luna llena iluminaba toda la montaña.

Otra vez el ruido. ¿Qué sería? Estaba yo solo en toda la casa, en toda la montaña. Por mucho que elucubré aquella noche de desvelo forzoso, no encontré una posible solución coherente.

Tres noches después el ruido volvió. Pero esta vez me llegó preparado. Me levanté con una linterna y un bastón y salí rápidamente a la puerta de la casa, buscando la fuente del ruido que me desvelaba. Pero no hubo suerte. Otra noche en vela y sin resolver el asunto.

Una semana después, tras unas noches de calma pero de insomnio, nuevamente un ruido, esta vez más fuerte, me sobresaltó. Me levanté cansado, sin ganas de saber que era aquello que me había quitado el sueño, pero con ganas de encontrarlo, para poder descansar. Tampoco hubo suerte.

Repasé de arriba a abajo la casa y la zona cercana, en busca de una explicación lógica a todo el asunto, pero no tuve éxito. Así que decidí no preocuparme por ningún ruido, y durante un mes pude dormir. Hasta que el ruido volvió. Pude identificar el sonido pero no lo veía posible. Me di cuenta de que sólo me despertaba cuando sonaba en un sitio concreto, y me di cuenta de que ese sitio era el espacio entre mi mesita de noche y mi cama, como si alguien quisiera despertarme a cosa hecha. 

Tres noches seguidas de ruido y tres noches de descubrimientos. Cada noche me daba cuenta de algún detalle nuevo. Pero no encontré ni al autor ni el motivo de tal ruido. 

Volvió la luna llena, y un viento endemoniado se paseaba por toda la ladera. Ruidos por todas partes invadían mi noche, pero ninguno como mi ruido. Yo no me había dormido aún, así que pude darme cuenta de que algo pasaba. Estaba tumbado en la cama y sentí algo que hacía años que no notaba. Noté un brazo rodeando mi cuello, otro tocando mi pecho, y un pie acariciando el mío. Me quedé helado, casi muerto, al notar esa sensación. En realidad fue apareciendo poco a poco, hasta que fue una sensación completamente real. Decidí no hacer nada, esperando, haciéndome el dormido, a ver lo que pasaba. A las dos de la madrugada la sensación desapareció y oí el ruido. Y se acabó. El silencio y la soledad más absolutos fueron mi única compañía esa noche. 

Me quedé horas pensando y analizando la situación. Cada uno de los segundos anteriores fueron revividos y desmenuzados por mi mente en buscar de una explicación coherente. Pero nada, otra noche perdida. 

Pasaron dos meses. Seguía sin dormir, todas las noches se repetía la sensación que aquella noche descubrí. Todas las noches notaba como si me abrazara alguien que nunca existió, alguien que no sabía ni quien era ni por qué era yo al que se abrazaba. La verdad es que en ese momento me di cuenta de que estaba dejando de vivir, pensando en esa situación. Hacía dos semanas que no iba a trabajar, sólo bajaba a la ciudad para ir a la biblioteca, en busca de una solución que al menos me hiciese poder descansar. Pero nada. No hubo éxito. Pregunté a todos los vecinos, sobre todo a los mayores, para ver si había alguna leyenda sobre fantasmas en la zona. Pero nada. Tampoco hubo éxito. Me estaba volviendo loco. No dormía, no vivía, no trabajaba ni hablaba con nadie. Me obsesioné con esa puñetera sensación, quería saber qué significaba. Pero no había forma. 

Por fin saqué algo en claro una noche de luna llena. Pero, la verdad, mejor no haberlo hecho. Hacía unos días que la sensación se había hecho más fuerte, hasta tal punto que me oprimía. O a lo mejor era yo mismo en mi propia decadencia física y mental. Aquella noche decidí levantarme de la cama tras oír el ruido, para ver si tenía algo posterior. Efectivamente, así fue. Me asomé a uno de los ventanales de la casa, mirando hacia la puerta. La luna llena me permitía verlo todo claro... incluso a ella. Fueron apenas dos segundos, pero jamás se me olvidará su cara. Vi una figura de mujer salir de mi casa. Una mujer de tez muy clara, ojos muy oscuros, como su pelo, largo y movido por el viento. Ella no era muy alta, pero sí tenía un cuerpo casi perfecto. Justo como siempre pensé que sería mi mujer ideal, justo como nunca encontré. Llevaba un vestido largo con vuelo, de color claro, el viendo lo movía hacia atrás, insinuando las cadenas y los pechos de aquella mujer que nunca existió. De pronto algo brilló en su mano izquierda, por el reflejo de la luna, y me di cuenta de que había descubierto la fuente del ruido. Llaves. Llevaba un manojo de llaves en su mano izquierda. En ese instante, en que la mujer que nunca existió me miró, una nube tapó la luna, y la figura desapareció. 

La sensación estuvo un mes sin visitarme, la mujer que nunca existió dejó de existir. Ese mes empeoré. Me había acostumbrado a su presencia y no notarla me provocaba peores pensamientos que cuando me abrazaba. Me había vuelto loco, echaba de menos a un fantasma que me abrazaba de vez en cuando. 

Llegó el día. Luna llena. Me acosté vestido, me había decidido a resolver el asunto esa noche. Dejé las puertas y ventanas abiertas, para poder correr detrás de la mujer que nunca existió. Llegó el momento. Me abrazó. Pero fue diferente, duró más que de costumbre. Me quedé en blanco, desconcertado. Aunque finalmente oí el ruido. En ese instante salté de la cama en dirección a la ventana, salté por ella y caí de pie, para dirigirme luego hacia la puerta. Me planté frente a la mujer que nunca existió, y me vio. 

- Alto. - Le dije.
- Hola - me respondió -, has tardado mucho.
- ¿Qué? ¿He tardado?
- Sí. Llevo meses esperando este momento. 
- ¿Cómo? ¿Quién eres?
- Tú me conoces como la mujer que nunca existió, pero en realidad soy la muerte.
- ¿Cómo? - Me tuve que sentar.
- No es difícil de comprender, en realidad. Yo soy la muerte y llevo meses esperando esta noche.
- ¿Por qué? ¿Y por qué yo?
- Tenemos tiempo de sobra, así que creo que te lo puedo explicar. ¿Puedo sentarme a tu lado?
- Cla... claro - Todo mi cuerpo se hizo un escalofrío ante su acercamiento -. Por supuesto.
- Gracias - me dijo al sentarse -. El asunto es bien sencillo. Gracias a ciertas cosas que jamás entenderías me puedo permitir el lujo de manejar a la gente a mi antojo. Normalmente me llevo a quien quiero rápidamente, sobre todo a gente anciana, pero cada vez más me gusta provocar algo de sufrimiento antes del gran momento.
- ¿Y por qué yo?
- Me apetecía. Te he estado buscando mucho tiempo. Tú me has llamado la mujer que nunca existió, pero en realidad esta imagen que ves es un reflejo de tu mayor deseo en la vida. 
- ¿Qué?
- ¿No te has dado cuenta todavía?
- ¿De qué?
- ¿Cuál ha sido siempre tu mayor temor? 
- Pues la verdad, no lo sé. 
- Claro que lo sabes.
- La soledad.
- Exacto. La soledad. Tú siempre has deseado vivir en compañía de alguien con el cuerpo que ves en mí, y formar una familia. Pero nunca lo has hecho. Te desesperaste porque no llegaba esa persona y mira como has acabado. Solo, en la montaña, sin esperanzas de nada.
- Me gusta esto.
- No me hagas reír. A mí no me puedes mentir. Lo sé todo de ti. ¿Ves estas llaves que tengo en mi mano? Te controlan. 
- ¿Qué? ¿Cómo haces eso? 
- Es sencillo. Con estas llaves abro puertas que desembocan en tus consecuencias. Cuando eliges algo lo que haces en realidad es mirar la puerta que yo he abierto con esa opción.
- ¿Y por qué llevas meses torturándome?
- Me gusta verte sufrir. Lo he hecho siempre. Por eso estás donde y como estás. Solo y abandonado. 
- ¿Por qué yo?
- Porque te quiero para mí.
- ¿Qué?
- Lo que oyes. Llevo meses durmiendo contigo porque me gusta sentirte. Te llevo observando toda la vida, y te llevo preparando para este momento desde el momento en que decidí que serías mío. 
- ¿Cómo? No tiene sentido.
- ¿Por qué no?
- Pues... no lo sé - me levanté -. Eres la muerte, caramba.
- ¿Y?
- Que no sientes.
- Eso tú no lo sabes.
- Joder, pero eres la muerte.
- ¿Y?
- Pues eso. Que no tiene sentido. 
- Claro que lo tiene - me dijo mientras me sentaba de nuevo -. Ya tendré tiempo de explicártelo.
- ¿Me vas a estar haciendo sufrir mucho tiempo más? ¿Y encima con ese cuerpo?
- Respecto a esto último te diré que esta forma es la que ha elegido tu mente para que adopte al verme. Soy como tú me quieres ver.
- ¿Y respecto a lo otro?
- No tiene importancia ya. Para ti el sufrimiento no importa y el tiempo no existe. Estás muerto.
- ¿¡Qué!? - Me levanté de golpe. 
- Mira hacia la ventana, cariño mío.

Miré y vi mi cuerpo tirado en el suelo, bajo la ventana. Me acerqué y me observé, inmóvil, sin vida.

- ¿Qué me ha pasado? - Pregunté.
- Has caído de cabeza al intentar bloquearme el paso, no de pie - me respondió ella-. Sinceramente, me esperaba otra cosa de ti. Ahora eres un espectro. 
- ¿No dices que lo sabes todo? 
- Sí, pero no que lo espere todo. A fin de cuentas, el humano eras tú. Impredecible a veces incluso para mí. 
- ¿Y ahora qué? 
- Ya eres mío. Eternamente.

Me miré en el suelo, y miré mi espectro. Luego la luna llena, y a la muerte.

- ¿Nos vamos? - me dijo ofreciéndome su brazo.
- De acuerdo.

Le cogí del brazo y llegó la eternidad. 

domingo, 5 de abril de 2009

Sólo siento dolor. Siento que mi vida se escapa, que no la tengo atada. Me siento perdido. Todo aquello por lo que he luchado está desapareciendo o viniéndose abajo, llevándose una parte de mí por el camino, quitándome las pocas ganas de vivir que tengo ahora. Todas mis motivaciones para seguir en este mundo, mis ilusiones, mis ánimos, mis deseos, mis esperanzas, mis sentimientos, mi amor... todo se está yendo al garete a pasos agigantados, me queda poco aquí tal como me conozco. 

Cambios, necesito cambios. Necesito poder abrir los ojos y tener ganas de mirar al mundo, y no rechazar su luz como ahora, necesito saber que puedo tener a alguien a mi lado para animarme, para darme un abrazo, ojalá también un beso. Necesito un punto de apoyo para mover el puto mundo en el que no quiero estar, para ponerlo en el sitio que deseo que permanezca. No quiero seguir vagando entre sombras y oscuridades frías, ya he sufrido y andado suficiente así, no quiero seguir. No quiero perder mi vida de esta manera, estoy desaprovechando la poca energía que me queda. 

Te necesito. Necesito tu energía, tu mirada, tu piel, tus besos, tus abrazos, tu cariño. Necesito saber que me quieres, que me apoyas, que en tu vida soy algo importante. Necesito saber que puedo contar contigo si río o lloro, si amo o sufro. Necesito que entres a mi corazón y te quedes, y que me dejes entrar al tuyo y quedarme, para poder vivir los dos mirándonos. 

No tengo energía ni fuerza para seguir luchando por nada. Cualquier movimiento es en balde, por más que lo intento no consigo subir, la escalera es resbaladiza y me caigo y golpeo a cada paso que doy, me está costando horrores subir un peldaño que, por otro lado, es efímero, ya que siempre hay algún hecho que me impide mantenerme en él. 

Luchar... ¿para qué? ¿Qué motivo puedo tener para salir a la calle a poner en su sitio a los que me chafan, para salir a la calle a mirar el sol, para salir a la calle y decirle al mundo que estoy aquí y que me voy a quedar y nadie me podrá echar...?

Motivos no tengo para vivir. Motivos no tengo para morir. Vida triste y errante es la mía, sin guía para caminar, dando pasos inútiles en todas direcciones, sin saber realmente donde ir, o como ir... Necesito tu guía. 

Vivir así no es vivir, es sobrevivir, y no vale la pena. Necesito un respiro, necesito comprobar que la felicidad existe y no es un placebo que nos imponen. Necesito saber lo que significa la palabra vida, y amor también. Y cariño, y beso, y abrazo, y sonrisa, y mirada, y... Tantas cosas necesito saber, y tan pocas cosas puedo probar, que a veces me pregunto si realmente estoy vivo y no es una ilusión cartesiana, si tú existes y si te encontraré... y lo que es más importante... ¿cuándo?

Sobrevivir no es la forma de seguir aquí. Necesito una vida llena de colores junto a ti. Necesito que tu sonrisa esté conmigo. Te necesito.
El viento acariciaba lo que quedaba sano en aquella llanura cubierta de sangre. Las briznas de hierba rozaban los cuerpos sin vida de los soldados caídos, acariciaban sus armaduras rotas e inútiles, ocultaban los charcos ensangrentados que bajo ellas había, pisados de vez en cuando por los heridos errantes, los que buscaban a los compañeros y amigos y los que buscaban un camino por el que huir de aquel lugar. 

Por fin pude levantar la mirada. Tras varias horas de inmovilidad al acabar la batalla, fui capaz de observar más allá del suelo que me rodeaba. No me había atrevido. Alcé la vista y miré lo que quedaba de nosotros mismos y de nuestros enemigos, machacados por igual tras unas horas de combate inútil e injustificado. Me puse en pie, espada en mano, y comencé a andar hacia el centro de todo nuestro dolor, donde restos de artillería habían provocado un incendio y despezadado el suelo y a nuestros amigos. Muertes inútiles las de aquel día, ya que el fin último no lo habíamos conseguido. 

No tardé en caerme de nuevo, cegado en una envoltura salina proveniente de mí mismo. No podía más, todo aquello, todo nuestro esfuerzo, nuestro dolor, nuestras vidas, para nada. No podía ser cierto. Pude levantarme nuevamente, pero apenas pude caminar. No veía nada, todo era borroso, y no quería pisar a los muertos ni sus miembros perdidos. 

Llegué al punto central del escenario de la batalla. Me subí a un montículo provocado por una explosión aledaña, clavé mi espada en la tierra y miré alrededor. Sólo vi muerte.  La de la inteligencia. 

jueves, 2 de abril de 2009

Todo esfuerzo había sido en vano. Toda sangre derramada, todo olvido encontrado, toda energía... para nada. Como un tonto me quedé yo allí en el parque el día que nos olvidamos de nuestros ojos. 

Recuerdo perfectamente que ese día no hacía tanto frío, se estaba bien. El sol había calentado estupendamente, apenas había nubes, una luz cálida mojaba toda la vida que se veía alrededor de aquel lugar. Los niños correteaban por los juegos, merendaban con las mamás, que a su vez cotilleaban con las vecinas sobre los asuntos que no les interesaban pero que no les dejaban dormir. Esperaba darte una sorpresa aquella tarde. No me esperabas, pero sabía que te encontraría allí, tal como me habías dicho (se me da bien obtener información sin preguntar). Entré nervioso al parque, buscándote entre los árboles, esperando ver esos ojos claros, esa sonrisa dulce, esa cara de niña buena que tanto me gustaba. Esperaba ver que te rieras al verme llegar, y me abrazaras, al sorprenderte, porque no me esperabas. Esperaba notar el tacto de sus pechos sobre el mío, tu cara junto a mi cara, tu piel rozándome mientras nos pegábamos en un abrazo que, aunque breve, sería eterno en mi triste memoria. Esperaba poder hablar un rato, reírnos, ver a los niños jugar, contar algún cotilleo, poder mirarte a esos ojos tuyos que tanto me gustan, y quizá poder abrazarte otra vez. ¡Quién sabe! A lo mejor te podría besar de nuevo. ¡Ojalá! Soñar es gratis, e ilusionarse, obligatorio y necesario. Esperaba poder notar tu presencia junto a mí, durante unos eternos minutos, y ya de paso, notar cómo me mirarías, dándome energía para seguir luchando por algo que merezca la pena. Por ti. 

No te encontré. Vagué durante un tiempo que parecía no acabarse, buscando tus ojos. Miré las miradas de todas las mujeres que en el parque encontré, hasta las más ocultas, buscándote. Giré, me volví, me asomé, anduve, desanduve, fui, volví, buscándote, pero no te encontré. De repente, los minutos de tu compañía que me parecerían eternos, se volvieron en eternos minutos de soledad, el frío vino a mí, el hielo a mi corazón, y mi esperanza se fue por un pasillo del parque diferente del mío. No tuve ninguna mirada, ninguna sonrisa, ninguna mejilla sonrosada, ningún abrazo ni, por supuesto, ningún beso. Mi agonía por tu ausencia me impidieron cualquier intento de lógica, buscando una explicación ante lo que no veía. Mi desesperación me dejó sin calor, y caí fulminado y exhausto en una situación irreal, y en una derrota innegable. El frío había penetrado en mí, y volví a casa perdido entre saladas muestras de tristeza, porque no te había podido decir que te quiero.