Todo esfuerzo había sido en vano. Toda sangre derramada, todo olvido encontrado, toda energía... para nada. Como un tonto me quedé yo allí en el parque el día que nos olvidamos de nuestros ojos.
Recuerdo perfectamente que ese día no hacía tanto frío, se estaba bien. El sol había calentado estupendamente, apenas había nubes, una luz cálida mojaba toda la vida que se veía alrededor de aquel lugar. Los niños correteaban por los juegos, merendaban con las mamás, que a su vez cotilleaban con las vecinas sobre los asuntos que no les interesaban pero que no les dejaban dormir. Esperaba darte una sorpresa aquella tarde. No me esperabas, pero sabía que te encontraría allí, tal como me habías dicho (se me da bien obtener información sin preguntar). Entré nervioso al parque, buscándote entre los árboles, esperando ver esos ojos claros, esa sonrisa dulce, esa cara de niña buena que tanto me gustaba. Esperaba ver que te rieras al verme llegar, y me abrazaras, al sorprenderte, porque no me esperabas. Esperaba notar el tacto de sus pechos sobre el mío, tu cara junto a mi cara, tu piel rozándome mientras nos pegábamos en un abrazo que, aunque breve, sería eterno en mi triste memoria. Esperaba poder hablar un rato, reírnos, ver a los niños jugar, contar algún cotilleo, poder mirarte a esos ojos tuyos que tanto me gustan, y quizá poder abrazarte otra vez. ¡Quién sabe! A lo mejor te podría besar de nuevo. ¡Ojalá! Soñar es gratis, e ilusionarse, obligatorio y necesario. Esperaba poder notar tu presencia junto a mí, durante unos eternos minutos, y ya de paso, notar cómo me mirarías, dándome energía para seguir luchando por algo que merezca la pena. Por ti.
No te encontré. Vagué durante un tiempo que parecía no acabarse, buscando tus ojos. Miré las miradas de todas las mujeres que en el parque encontré, hasta las más ocultas, buscándote. Giré, me volví, me asomé, anduve, desanduve, fui, volví, buscándote, pero no te encontré. De repente, los minutos de tu compañía que me parecerían eternos, se volvieron en eternos minutos de soledad, el frío vino a mí, el hielo a mi corazón, y mi esperanza se fue por un pasillo del parque diferente del mío. No tuve ninguna mirada, ninguna sonrisa, ninguna mejilla sonrosada, ningún abrazo ni, por supuesto, ningún beso. Mi agonía por tu ausencia me impidieron cualquier intento de lógica, buscando una explicación ante lo que no veía. Mi desesperación me dejó sin calor, y caí fulminado y exhausto en una situación irreal, y en una derrota innegable. El frío había penetrado en mí, y volví a casa perdido entre saladas muestras de tristeza, porque no te había podido decir que te quiero.