domingo, 5 de abril de 2009

El viento acariciaba lo que quedaba sano en aquella llanura cubierta de sangre. Las briznas de hierba rozaban los cuerpos sin vida de los soldados caídos, acariciaban sus armaduras rotas e inútiles, ocultaban los charcos ensangrentados que bajo ellas había, pisados de vez en cuando por los heridos errantes, los que buscaban a los compañeros y amigos y los que buscaban un camino por el que huir de aquel lugar. 

Por fin pude levantar la mirada. Tras varias horas de inmovilidad al acabar la batalla, fui capaz de observar más allá del suelo que me rodeaba. No me había atrevido. Alcé la vista y miré lo que quedaba de nosotros mismos y de nuestros enemigos, machacados por igual tras unas horas de combate inútil e injustificado. Me puse en pie, espada en mano, y comencé a andar hacia el centro de todo nuestro dolor, donde restos de artillería habían provocado un incendio y despezadado el suelo y a nuestros amigos. Muertes inútiles las de aquel día, ya que el fin último no lo habíamos conseguido. 

No tardé en caerme de nuevo, cegado en una envoltura salina proveniente de mí mismo. No podía más, todo aquello, todo nuestro esfuerzo, nuestro dolor, nuestras vidas, para nada. No podía ser cierto. Pude levantarme nuevamente, pero apenas pude caminar. No veía nada, todo era borroso, y no quería pisar a los muertos ni sus miembros perdidos. 

Llegué al punto central del escenario de la batalla. Me subí a un montículo provocado por una explosión aledaña, clavé mi espada en la tierra y miré alrededor. Sólo vi muerte.  La de la inteligencia.