sábado, 22 de noviembre de 2008

Llovía

            Llovía. Llevaba varios días lloviendo sin parar, y parecía que seguiría otros días más. Era de esperar, aquel maldito clima… Siempre llover, y apenas unos rayos de sol a la semana nos daban algo de vida. Así no podíamos seguir, era demasiado. Ningún ser humano resistía en ese lugar mucho tiempo sin tener problemas. Era imposible. Así que pedí el traslado.

 

            Seis meses después de decidir irme de allí, pude hacer lo que esperaba. Salir de aquel infierno húmedo y frío, aunque no sabía si lo que me esperaba iba a ser mejor o peor. No tenía miedo al cambio, ni al nuevo lugar, simplemente temía que fuese peor que el sitio que acababa de abandonar. Una jodida selva en la que nunca se secaba nada, no dejaba de llover, todo era barro y animales peligrosos. Un paraíso, sí, comparado con una gran ciudad. Pero no dejaba de ser un lugar ciertamente peligroso para la supervivencia. Claro que, visto lo visto, siempre sería mejor que algunos destinos alternativos.

 

            Cuando llegué al aeropuerto, todo eran incógnitas. Hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a ese tipo de situaciones, me había acostumbrado a las serpientes, cocodrilos y algunos bichos de dos patas. Pero una ciudad… no sabía si iba a sobrevivir. Ciertamente, mi llegada causó revuelo, allá donde fui primeramente. Imagino que sería por mi vestimenta, más propia de un naúfrago que de un profesional como yo. O más bien por el hecho de que mi reacción fuese la de un niño que describe el mundo que le rodea, sin dejar de mirar a todas partes, buscando algo que sabe que no encontrará, observando lo que ocurre a su alrededor. No me afectó en absoluto, acostumbrado como estaba a vivir en la selva…

 

            Tardé unas semanas en acomodarme al nuevo destino. Al menos no se me había olvidado conducir, menos mal. Tampoco tenía que hacerlo mucho, por suerte el piso que me había proporcionado la empresa estaba muy cerca de la oficina, así que iba andando todos los días. Siempre hacía el mismo recorrido, bajaba a la calle, giraba a la derecha, andaba trescientos veintitrés pasos, volvía a girar a la derecha, pasaba por la puerta de una cafetería y heladería, luego una floristería, y al llegar al cubo de las rosas, giraba a la izquierda. Andaba otros cien pasos, saltaba un agujero en la acera, diez pasos más, y estaba en la puerta del trabajo. Al menos eso me salvaba del aburrimiento, por desgracia pasar de vivir en una selva llena de aborígenes y alimañas, a una ciudad llena solamente de alimañas, y completamente desconocidas, no era muy bueno para la vida social y la salud mental de uno. Así que me aburría como una ostra. Algunas noches me iba al parque de al lado de mi casa y me subía a algún árbol, aunque tuve que dejar de hacerlo después de que varias parejas salieran asustadas al notar mi presencia, aunque yo ni siquiera me había dado cuenta de la suya. Era divertido verlas correr calle abajo, a veces a medio vestir. En la selva era yo el que tenía que salir corriendo a veces, porque algún animal decidía intentar convertirme en su merienda del día.

 

            Tras dejar de subirme a los árboles, y tras haber contado los pasos todos los días hasta el trabajo, opté por recorrerme la ciudad en mi tiempo libre, mochila en la espalda y bocata dentro de ella. Dos meses después me la conocía completamente, ya no había rincón oscuro para mí. Así que volví a aburrirme. Por aquel entonces, ya había hecho alguna amistad en la oficina. Sobre todo los nuevos en la empresa, al saber quien era yo y que es lo que había hecho, se me acercaban para preguntarme por mis batallitas, como si yo fuese un abuelo deseoso de contarle la guerra a los nietos. Tanto las conté, que decidí escribirlas y darles copia a los que me preguntaran. Un día, justo cuando estaba saltando el agujero de la puerta de la oficina, se me acercó un compañero del trabajo. Me invitó a unas cervezas, cosa que acepté, ya que hacía tiempo que no me sentaba en un bar a degustar una deliciosa y espumosa cerveza de trigo… Mierda, aún se me hace la boca agua.

 

            La tarde fue interesante, realmente. Estuvimos bastante tiempo charlando, y cuando ya parecía que nos íbamos a despedir, a mi compañero le llamaron por teléfono. Lo cogió, y quedó con su interlocutor en verse allí, donde estábamos, en unos minutos. “Es un amigo mío redactor y editor”, me comentó. “Le he pasado una copia de lo que me diste, y quiere hablar contigo”, continuó. Me sorprendió, no me esperaba que a alguien le interesara algo que había escrito durante algunas tardes mientras cagaba en la oficina, pero bueno, no me importó, total, ese día, al igual que el resto desde que había llegado a la selva de hormigón, no tenía nada que hacer después del trabajo.

 

            Nos presentamos en cuanto llegó al bar. Se sentó, sacó una copia de mi texto, y me hizo algunas preguntas. Me propuso escribir algunos artículos para su periódico, más o menos como si de una novela por fascículos se tratase, sobre mis batallitas. No me pareció para nada una mala idea, me gustaba escribir, lo hacía a menudo, y al menos así mataría algo de tiempo libre. Ni siquiera pensé que me fuese a dar dinero, eso era algo que no necesitaba, ya iba bien servido. Así que acepté.

 

            A los dos meses, mi columna era una de las más leídas en toda la región. Alguna gente me reconocía por la calle, y me felicitaba por mi trabajo. En la oficina era la comidilla de los administrativos, y la verdad es que me reportó algunos ingresos interesantes. Incluso conocí gente, y fue más habitual verme en cervecerías y lugares de vida social. Pero me faltaba algo.

 

            Apenas un año después, mi vida había cambiado bastante. Ese periódico me abrió muchas puertas, al menos mi vida ya no era un aburrimiento. Una noche, mientras cenaba con el jefe, su mujer, mi amigo de la oficina, su parienta, y dos amigos más, tras las copas, el jefe me ofreció la posibilidad de escribir un libro. Algo así como un resumen de todo lo escrito hasta ese momento. Me pareció bien, seguía teniendo tiempo libre. Yo le propuse, además, escribir otro libro con otras historias diferentes, paralelas y opuestas a las del libro que me proponía él. Aceptó. Le di un plazo de un mes para los dos libros, me dijo que era imposible, a lo que le respondí que para mí no había nada imposible. Aceptó el reto, y nos apostamos un texto para la portada de su periódico, caricaturizando al otro. Justo cuando nos dimos las manos para cerrar el trato, me levanté de la mesa y me fui a casa, a preparar los dos libros. Esa misma noche había ya acabado el borrador de dos capítulos del primer libro. Una semana después, estaba corrigiendo el texto para darle su forma definitiva. A las dos semanas, siete días antes de finalizar el plazo, el jefe tenía en su mesa los dos originales, listos para su aprobación e impresión. Lógicamente, al ver que había perdido la apuesta, aceptó darme todo el hueco que necesitara en la portada de l periódico de un día a mi elección. Elegí el día de la publicación de los dos libros, dos meses después de que le llevara los originales.

 

            Siempre me acordaré de aquel día en que todo lo que me sucedió era imposible de creer. Presentación de dos libros, toda una portada para mí, y tú. Escribí un texto, para el periódico,  en el que primaba la ironía. Era una caricatura de mi editor, a mi juicio bastante simpática, que apenas me había llevado dos días escribir, y que él publicó sin reparos. La verdad es que fue una buena idea, ese día se agotó el periódico mucho antes de lo habitual. Justo por la tarde, la presentación de los libros. Acudimos él y yo, primeramente, mi amigo, sus respectivas señoras, y algunos periodistas de su rotativo, junto a varios medios de comunicación. La velada estuvo bien, fue distendida, incluso alegre, y la rueda de prensa posterior fue corta e interesante, por suerte no vinieron periodistas cuya pregunta más inteligente para formular era por qué seguía solo y sin compromiso. Menos mal, porque no tenía respuesta para eso.

 

            Me puse a firmar algunos libros antes de irme a cenar, empezó a gustarme eso de estar en el centro, decidí escribir más textos, aunque sabía que no todos harían que me encontrara en esa situación.

 

            Cuando ya parecía que habían dejado de lloverme libros para firmar, estaba a punto de levantarme, con ganas de cenar y dolor de mano. Miré la mesa, a ver si se había desgastado de apoyar tanto libro, y justo en ese instante oí unos pasos sonar mientras se acercaban a mí. Levanté la vista, y te vi a ti venir en paso rápido, libro en mano, y boli en la otra. Sinceramente, no sé como explicarlo todavía, a pesar de los años, pero noté como si algo dentro de mí se moviera. Y no eran las tripas, por el hambre, ni el culo, por el dolor de estar sentado tanto tiempo en esa maldita e incómoda silla metálica. Opté por sentarme de nuevo, y nos presentamos. Le levanté para darte dos besos, jamás se me olvidará la sensación de notar tu piel por primera vez, de sentir como tus labios se apropiaban de mí. Te firmé el libro, y te fuiste, desapareciste rápidamente, sin dejarme tiempo de saber nada de ti. Excepto tu nombre, Gloria.

 

            Pasó el tiempo. Mi vida no había cambiado en cuanto a acciones, pero sí en cuanto a pensamientos. Cada día me iba a un parque distinto, a escribir, con la esperanza de verte pasar por allí, pero fue en vano, durante meses estuve recorriéndome la ciudad entera sin contemplar tus hermosos ojos… Me apené bastante, en verdad, era la primera vez que pensaba en una mujer desde hacía muchos años, concretamente desde que llegué a la selva huyendo de una. Es curioso, me fui a una selva llena de serpientes huyendo de una ciudad en la que vivía una víbora.

 

            Seguía pasando el tiempo, y no te encontraba. Me apené más, todo el mundo lo notó, y un día mi editor me llamó para hablar. Le conté lo que me pasaba, y se rió. Me dijo que fuese a su despacho en cuanto pudiera, que era urgente, y salí para allá. Decidí irme en moto, el tiempo acompañaba, y me apetecía pasear para despejarme. Tardé más o menos lo mismo de siempre en tocar a la puerta de su despacho, y entré. Nada más verme se rió de nuevo, y me pidió que me sentara, cosa que hice a pesar de mi mosqueo. Me dijo que era un tonto, por enamorarme de una persona tan fugazmente. La verdad, no me dijo nada que yo no supiera ya. Tocaron a la puerta, y él dio paso a quien estaba esperando para entrar.

 

            Tú. Tus ojos, tus labios, tu nariz, tu piel… eras tú. Me quedé con cara de tonto, sin comprender nada de lo que estaba pasando. Mi editor me dijo que tú eras la corresponsal en un país cuyo nombre nunca he recordado, y que te habías marchado de la ciudad al día siguiente de nuestro primer encuentro, a tu puesto. Me miraste, te miré, y supe que tu alma y la mía se habían mezclado. Una vez acabada la reunión, salimos juntos del despacho, y seguimos hablando un buen rato más. Decidimos quedar para cenar, aún me acuerdo del menú. Caldereta de carrilada ibérica, fue la estrella de la noche. Y de postre… nosotros.

 

            Fuimos a mi casa, y toda la pasión del Universo se centró en nosotros. Entramos al piso besándonos, casi desgastándonos, nos denudamos mutuamente mientras llegábamos al dormitorio, me echaste en la cama y te sentaste encima de mí, disfrutando de cada movimiento tuyo estuve, disfrutando de cada movimiento mío estuviste, casi eternamente, me dio la sensación. Poco a poco fuiste más rápido, hasta que el momento de máxima excitación llegó, y temblaste, pero no de frío, ni de miedo, sino de placer. Y temblé, pero no de miedo, ni de frío. Paraste  de moverte, y te tumbaste encima de mí, besándome de nuevo, y abrazándome como podías. Nos tapamos  con la manta y nos quedamos abrazados un buen rato, hasta que comenzó a llegar a nosotros nuevamente la pasión, y vuelta a los temblores, y a los abrazos. Y así varias veces en toda la noche…

 

            Ya no nos separamos, hasta ahora. Me acuerdo que todo fue igual de rápido que la primera cita. En apenas unos meses saliendo juntos, nos casamos. Yo me dejé el trabajo en la oficina, tú en el periódico, y me ayudaste a escribir varios libros más, que nos permitieron tener todo el tiempo del mundo para nosotros, recuperando los días de nuestras vidas que habíamos perdido, por no conocernos. Nunca nos abandonó la pasión, jamás hubo entre nosotros una mirada en la que el alma del otro se escapase de nosotros mismos. Toda una vida juntos, enamorados, eternamente unidos en cuerpo y alma hemos estado hasta ahora… y no tengo pensado hacer que deje de ser así.  

lunes, 28 de julio de 2008

Oscuridad

Se está haciendo de noche. La luz va abandonando mi alma, cada vez veo menos mi corazón. La suerte pasa de mí porque estoy en penumbra, el amor no me encuentra porque no me ve... La luz se está apagando en mí, yo me estoy apagando con ella, y la noche llegará, el frío y la niebla invadirán todo mi ser, eternamente seré un alma en pena, un cuerpo errante que vive pero no vive, que mira pero no ve, que respira pero no se oxigena...

La luz está desapareciendo, anocheciendo se ve todo... lo que no hay.

No tengo ganas de respirar, no tengo ganas de andar, de mirar a los ojos o de reír... Sólo tengo ganas de morir, de desaparecer, mejor que vivir así, sin ilusión ni sentimientos, sin ganas ni sentidos.

Alguien dijo una vez "dame un punto de apoyo y moveré el mundo". Yo tengo mundo, tengo palanca, y tengo fuerza, pero me falla lo básico, no tengo punto de apoyo, es lo único que necesito, y lo único que me podría atar a este mundo, que me podría dar vida, dar ganas de reír o de respirar, al menos. Pero desgraciadamente todos los apoyos que tengo son falsos o blandos, no son del tipo que necesito... sólo pido una cosa... que me quieras. ¿Tan difícil es? Quiero encontrarte, quiero enamorarme, quiero que te enamores, y quiero que de una vez seamos felices juntos... Sé que me buscas, sabes que te busco. Pero no nos encontramos, pasamos de largo si nos vemos, dudo que existas, incluso. Y así no se puede vivir...


No es vida esto. Es supervivencia. Y no sé cuanto tiempo más podré sobrevivir... Poco me queda ya, la oscuridad me está invadiendo...

domingo, 27 de julio de 2008

Ahogado

Ahogado, estoy ahogado. Se acabó el oxígeno, ya no puedo respirar más. Una mano me oprime el cuello, me impide respirar. Pensaba que tú me la quitarías, pero ha resultado que has apretado más. Finalmente estoy mareado, me falta el aire, estoy a punto de dormirme eternamente, y no hay remedio. Estoy bajo el agua, hundiéndome, sin respirar, sin nadar, sin poner resistencia ante mi propia muerte... porque dudo que quiera seguir viviendo...

Todos mis esfuerzos han sido en vano. He quemado mi último cartucho, y he fallado el disparo. Ya no hay más, no hay posibilidades, no hay nuevas oportunidades... lo siento.

Siento haber intentado quererte, siento haber intentado que me quieras, siento haber hecho lo posible por que te sintieras a gusto conmigo... lo siento.

Ya no puedo hacer nada que no haya hecho ya. Ya no puedo intentarlo más, todo lo demás está fuera de mi alcance. Se me ha ido toda la fuerza ya, estoy en el fondo, y no hay forma de subir a la superficie... soy una piedra más en el río, una cosa olvidada más, un ser inerte más...

Me gustaría haber tenido éxito, había conseguido tener ganas de respirar, de vivir, de ser feliz, de amar... estaba consiguiendo sonreír, estaba animado y con ganas de enfrentarme a muchas cosas... pero todo eso, pasado es ya, el presente bien distinto es... todo negro, todo oscuro, un vacío onmipresente que me rodea, un frío eterno que me congela... y del que pocas posibilidades tengo de salir, ganas ninguna, estoy harto de sufrir y de que me hagan daño... sobre todo si deposito algo más que una sonrisa en esas personas...

Se acabó. La esperanza parece perdida, esperemos que sólo lo parezca, porque me queda poco, ya no tengo ganas de luchar, me estoy dejando caer y hundir... y es una lástima que esté así, creo que podría hacer algo útil en esta mierda de vida que me ha tocado vivir, creo que podría ser feliz, que podría hacer feliz a alguien que no quiere tenerme a su lado...

Estoy hasta los cojones de ser un sol y un buen amigo, siempre la misma excusa para no amarme, estoy harto de recibir siempre las mismas puñaladas, con las mismas palabras... estoy harto de estar solo, estoy harto de que esas personas con las que quiero completar mi vida no estén solas, pero no estén conmigo...

Estoy en el fondo, como una piedra cualquiera, debajo del agua cualquiera de un río cualquiera... eternamente inmóvil, eternamente hundida...

viernes, 25 de julio de 2008

Calma

¿Te imaginas que por un momento tú no fueses tú? ¿Que no fueses nadie, sólo una sombra en un mundo de luz, sólo un espectro en un mundo de cuerpos? ¿Qué crees que pasaría? ¿Qué harías? ¿Te quedarías quieta, como cualquier otra sombra, impasible ante los demás, o por el contrario te moverías por donde nunca lo habías hecho? ¿Buscarías a las personas que quieres, a tu amor, para ver lo que estuviesen haciendo en ese momento? ¿Y a los que no te correspondieron, o a los que ya no están en tu vida? ¿Qué harías, al verlos? ¿Llorarías? ¿Te alegrarías? ¿Sentirías pena? ¿Serías impasible? Recuerda que serías sólo una sombra... Recuerda que podrías ir a donde quisieras, sin que te viesen, sin que te sintiesen, sin que supieran que los estarías viendo...

Sólo una sombra. Sin preocupaciones, sin cuerpo, sin corazón, sólo una sombra. Sin sitios a donde ir, pero sin paredes que sortear, sin lugares imposibles, sin vida posible...

Sólo una sombra. Sin cuerpo, sin alma, sin sentimientos, todo en calma.

jueves, 24 de julio de 2008

Yo soy tu alma, yo soy tu pena, yo soy tu alegría, tu risa y tu desdicha. Yo controlo tus sentimientos, yo controlo tus emociones, tus estados de ánimo, tu vida. Yo tengo el poder de darte o quitarte el amor, tengo el poder de evitar que vivas, o de conseguir que lo sigas haciendo. Yo marco tu ritmo, tu respiración, tus movimientos, tu presencia en este mundo está supeditada a mí, a mi funcionamiento, a mis movimientos, a mis deseos. Puedo hacer que sufras, puedo hacer que goces, puedo hacer que vivas o que mueras, todo eso puedo hacer yo.

Estoy helado, estoy moviéndome sin moverme, estoy vivo, estoy muerto, estoy pero no estoy. No siento, no amo, no gozo, no pienso y no razono. No hago nada para que vivas, pero tampoco lo hago para que mueras, que sé que es lo que quieres. No hago nada para que abras los ojos y veas el mundo que te rodea, pero tampoco lo hago para que los cierres del todo, que es tu deseo. A diferencia de ti, conservo la esperanza de que alguien nos haga vivir, sentir, amar. Tú ya la has perdido, y eso me afecta, porque yo soy tú. Soy parte de ti. Soy lo que te mantiene en este mundo de tinieblas que te empeñas en ver, en este mundo de luz que rechazas a pesar de saber que ahí está, esperándote, esperando el día en que salgas de la oscuridad y vivas de una vez, que es lo que te mereces, lo que nos merecemos, que ya es hora.

Podrías hacer algo por echarme una mano, ¿no? Mantenerte aquí me está costando mi vida, y más ahora que me tienes frío y carente de sentimientos positivos, y tú no haces nada por calentarme y que te pueda hacer vivir. Suerte tienes, amigo mío, de que sea tan resistente como el resto de ti, porque de no serlo, ni tú ni yo estaríamos aquí ahora mismo, manteniendo esta conversación. Suerte tuya, desde luego, sabes que otros como yo han fracasado en su intento de hacer vivir a sus dueños, y han muerto ambos de pena, en soledad. Sin embargo tú me tienes aquí, aguantando, resistiendo los envites a los que nos tienen acostumbrados a ti y a mí, soportando todos los golpes que nos llevamos todos los días, a cada hora, en cada instante.

Ya es hora de que reacciones, ¿no? Podrías ayudarme, que tu vida es mi vida, es mi tarea mantenerte en ella, pero no hay forma de que el esfuerzo lo compartas, sólo yo cargo contigo, sólo yo consigo que estés aquí, y la verdad es que ya estoy cansado de aguantarte así, y cada día más preocupado por nosotros, cada día más cerca de la tiniebla eterna a la que podemos llegar como no espabiles...

Vive de una vez, sal, recibe la luz del sol, enamórate ya, que tengo ganas de sentir a algo como yo cerca de mí, que tengo ganas de compartirme con una mujer... Tengo ganas de vivir, no como tú. Tengo ganas de sentir amor, de sentir las caricias de una persona, sus abrazos, sus besos... eso que sabes que tanto me gusta y hace una eternidad que no siento... Tengo ganas de notar el amor recorriéndome, de que alguien me note en sí, de amar y de querer...

¿A qué esperas? Múevete.

miércoles, 23 de julio de 2008

Y todo aquello por lo que luchamos, nunca sabremos si mereció la pena. Todos nuestros esfuerzos, todas nuestras noches sin dormir, todas nuestras lágrimas, todas nuestras muertes... nunca sabremos si han sido en vano o, por el contrario, han tenido un sentido. Tanta energía gastada, tanto sudor gastado, tanto sufrimiento vivido... ¿para qué?

Nos pasamos una vida entera buscando "algo más". Siempre queremos tener un sueldo mejor, tener un coche más cómodo, una casa más grande y una pareja más perfecta. Siempre más, siempre más, y no nos paramos a mirar a nuestro alrededor. Lo más insignificante que existe a nuestro lado puede ser lo que más nos llene en la vida. Y sin embargo, ni siquiera nos paramos a pensar en la posibilidad de que algo así exista. Nos cegamos en unos objetivos incumplibles en muchos casos, y no vemos los que de verdad están a nuestro alcance. Y esto se paga con la infelicidad. Con la infelicidad eterna, en muchos casos.

¿Realmente merece la pena vivir así? ¿O sin embargo no es vida, sino sufrimiento, lo que tenemos? ¿De verdad necesitamos tantas cosas?

martes, 22 de julio de 2008

Calma eterna, tinieblas que me acompañan en la vida. Soledad inestimable e imprescindible, vida de sufrimiento la que me ha tocado vivir... Infelicidad por los cuatro costados, desgracia en el corazón y en el alma, helado y errante cada uno de ellos... Pena incrustada en cada poro de mi piel, lástima en cada uno de mis pensamientos sobre aquellos que me impiden vivir, que me hacen daño o, simplemente, no hacen nada. ¿Y todo para qué? ¿Por qué? Sólo quiero ser feliz, sólo quiero poder sonreír, sólo quiero amar, poder querer a alguien, que me quiera, sólo quiero poder abrazar y ser abrazado, poder acariciar la piel de quien me ama, poder besar sus mejillas o su frente, poder mirarle a los ojos y ver amor, y que lo vea, siempre, para siempre.

Sin embargo sólo tengo tinieblas, niebla eterna en mi interior, porque no encuentro nada de lo que deseo... más bien sólo encuentro lo que no deseo, y que se ha convertido en mi alimento diario. Y todo para nada, porque sigo vivo sin vivir, miro sin ver, y hablo sin decir nada.

Demasiado daño me han hecho ya, nunca mi amor ha sido correspondido, y eso es una carga que he de llevar... espero que por poco tiempo. Espero que al menos una vez en la vida pueda mirar a alguien a la cara y que nuestras almas se junten, para siempre. Se habrá ido la niebla, se habrán ido las tinieblas y, quien sabe, a lo mejor hasta puedo ser feliz, si es que es eso posible.

lunes, 21 de julio de 2008

Desesperación, temor, miedo, pena... ganas de llorar, es lo que siento. Ganas de gritar invaden mis pulmones, ganas de dejar de sentir invaden mi corazón, ganas de dejar de vivir invaden mi alma. Todo en mí es ahora mismo tinieblas. Abro los ojos, pero no veo, alargo la mano, pero no toco nada, respiro, pero no vivo. Todo me ahoga, todo me invita a morir, todo me reprime la vida. No hay forma de que me salgan las cosas bien, no tengo suerte, no sé como hacer para poder vivir sin pensar en que todo está en mi contra.

No encuentro a nadie, aunque estoy rodeado de gente. Dicen que mi alma gemela ronda cerca de mí, pero sólo me encuentro problemas, gente que se aprovecha de mí, gente que me utiliza para algo diferente de hacerme feliz... Sigo pensando que mi mujer ideal existe, pero cada día dudo más de encontrarla, la veo más lejos. Todas aquellas en las que puse un poquito de esperanza me fallaron, todas aquellas en las que parecía podía depositar mi corazón, me lo rompieron. Sigo enamorado de una persona que no quiere saber nada de mí, y que sin embargo llena mis sueños con su presencia, llena mis ojos con su mirada, llena mi mundo con su sonrisa. No obstante, no me quiere. Ni siquiera quiere verme, mucho menos abrazarme, y de besarme, mejor ni hablar.

¿Por qué he de sentir todo esto? ¿Por qué debo ser yo el que sufra siempre por todo? ¿Por qué no puedo ser feliz de una vez, que creo que ya me merezco? ¿Por qué he de sentir impotencia al ver como no puedo vivir, como no me salen las cosas bien, como siempre he de estar amargado y atado, sin poder hacer nada? ¿Por qué parece que nunca vaya a salir de la ruina en la que estoy? ¿Acaso no me merezco ser un poco feliz, aunque sea solo? No necesito tener a nadie a mi lado para ser algo feliz, sólo necesito que me salga algo bien. Por ahora me conformo con no tener que pensar en que no tengo ni un euro, y que debo muchos, sólo necesito no deber dinero... y sin embargo, por más que intento cumplir eso, más me ahogo en deudas, muchas ni siquiera mías...

Sólo necesito poder dormir por las noches. No necesito que nadie me dé abrazos, no necesito que nadie me bese, no necesito que nadie me acaricie, no necesito que nadie me quiera...

¿A quién quiero engañar? Sí lo necesito, y mucho. Es lo único que me puede mantener unido a este mundo que, a pesar de que sólo parece una basura, sé que puede llegar a ser hasta bonito... Y sin embargo, sólo obtengo lo contrario. Engaños, falsos besos, mentiras, desprecio... ¿Realmente merece la pena vivir así? Por ahora, para mí, gana el No. ¿Y la solución? Si hay, no está a mi alcance ahora mismo...

En fin. Al final uno se acostumbra a ser sufridor eterno y solitario errante para siempre.

sábado, 21 de junio de 2008

Soy un aventurero en busca de aventuras, un soldado preparando la batalla, un marinero esperando a zarpar, un montañero en el campo base. El caballero de la mirada triste y la eterna tormenta.

Imagina por un momento que estás sola entre mucha gente, que por mucho que buscas entre el gentío, no ves a nadie, que todo a tu alrededor es oscuridad, aunque el día sea soleado, que está todo frío y solitario, aunque sea verano, que todo es cuesta arriba, aunque estés en un llano, que no veas nada, aunque haya mucho que ver. Imagina que no buscas nada, porque nada encontrarás, que no esperas nada, porque nada recibirás, que no deseas nada, porque nada de lo que desees se hará realidad. y sin embargo te niegas a cerrar los ojos y ver pasar tu propia vida, porque sabes que nadie la vivirá por ti, te niegas a la soledad eterna, porque sabes que eso sólo sirve para hacerte infeliz, te niegas a que alguien te busque y no te encuentre, porque sabes que esa persona se sentirá igual de perdida que tú, que se sentirá sola, helada, igual que tú, porque no puede amar a nadie, no puede hacer feliz a nadie con su sonrisa, sus abrazos, sus caricias, sus besos, sus miradas...

¿No crees que es hora de romper con el hielo que cubre el corazón, que es hora de encontrar el alma perdida y poder vivir de una vez? Yo sí lo creo.

sábado, 17 de mayo de 2008

Llovía.

Aquella tormenta calaba los huesos de todo aquel que se atreviera a salir fuera de su refugio. Las gotas de agua caían con fuerza, golpeando todo lo que encontraban a su paso, fuese lo que fuese. Los caminos se habían convertido en trampas para los vehículos y los animales, las eras, pastizales y bancales, lagos improvisados que ocultaban los restos de la batalla que había tenido lugar en aquel valle. Los muertos se hundían, los heridos querían ser muertos, y los pocos que se podían mantener de pie deseaban no estar allí, no haber pisado nunca ese valle donde la muerte se había hecho tan poderosa, y la lluvia precipitaba al olvido todo aquello que se rendía. Intentaban sacar de allí a los que estaban vivos, pero el barro lo ponía tan difícil que preferían ver morir a los que dudaban de mundo en el que estar. Tres días de batalla, dos horas de lluvia, y un resultado que nadie querría haber conocido. Quien podía escapaba de allí como podía, todos deseaban olvidar lo que había pasado, imposible tarea por otro lado. La niebla comenzaba a acercarse, la oscuridad de la noche le acompañaba. El frío se haría más intenso y la muerte aumentaría su presencia en el valle.

Unos pocos soldados pudieron huir a tiempo de aquel lugar, antes de la tormenta. Todos caminaron durante horas hasta que la noche cayó y la lluvia les empapó. Vagaron caminando hacia las montañas, buscando un lugar seguro en el que descansar, pensando en que nada podría ser peor que aquella encerrona que les habían hecho.

Caminaron por el estrecho sendero embarrado, notando cada gota de lluvia en los huesos, cada relámpago en la cabeza, cada paso en sus pies empapados; el frío se adueñaba de sus cuerpos, y el horror de sus mentes. Pensaban en que habían huído de la muerte para ir a su encuentro, no sabían cuál sería su destino, las tinieblas de la noche y la niebla les habían hecho perder la esperanza. Hasta que tras una roca, vieron una luz. Se dieron cuenta de que era una cabaña, una pequeña cabaña de piedra de la que salía luz, y a la que decidieron acercarse.

La puerta de aquel lugar se abrió antes de que el grupo llegara a su lado, y una figura bien formada, alta, musculosa, y con extrañas ropas, surgió de la luz del interior. "Pasad", les dijo la figura, nadie respondió con palabras, pero todos aceptaron la invitación, y entraron a la cabaña. Una cabaña pequeña, con apenas una mesa, dos sillas, un armario, y una chimenea, que fue el destino final de todos aquellos muertos en vida. Se sentaron e intentaron calentarse.

- Soy Hassan -les dijo la figura, que ya habían podido ver bien-, y estáis en mi casa. Sed bienvenidos.

miércoles, 9 de abril de 2008

El día que nos conocimos yo no estaba vivo. Era uno de tantos que vagaba en el mundo de los vivos, pero sin estarlo, que hablaba como los vivos, pero sin tener nada que decir, que miraba como los vivos, pero que no veía nada excepto sombras y oscuridad. El día que nos conocimos, yo no tenía alma, y mi corazón estaba tan helado que ni el infierno podría haber deshecho aquella capa de hielo. Todo en mí eran tinieblas, todo en mí eran ganas de dejar este mundo, todo en mí se había perdido.

Vagaba como a diario por una calle llena de gente en la que no había nadie, buscando un rayo de luz cuyo aspecto había olvidado, intentando encontrar un hueco en el que poder descansar. Ciertamente, había perdido la esperanza, y todo mi ser era un extraño conjunto de soledad, hielo, oscuridad y pena serenamente vivo pero no vivo. Mi existencia se limitaba a ver pasar la vida propia desde un punto de vista lejano, como no queriendo saber nada. A mantenerme al margen de todo.

Y te encontré a ti.

No sé por qué, ese día mi alma estaba más perdida que nunca. Sentía menos ganas de respirar, y tenía más esperanzas en dejar en este mundo que de costumbre. Y detrás de una esquina, apareciste tú. Nuestro primer encuentro fue más doloroso que bonito, ya que nos chocamos de frente. La verdad, no sé lo que me hiciste, pero ese encuentro fortuíto me deshizo la coraza, me quitó el hielo del corazón, encontró mi alma y despejó la tormenta que había dentro de mí.

Nada más chocarnos, nos miramos a los ojos, con la idea de decir algo. La verdad, no sé si tú me dijiste algo, porque fue mirarte a tus ojos negros como la oscuridad que me había acompañado durante mucho tiempo, y sentir que mi mundo se movía. Sentí un dolor extraño en el corazón cuando me sonreíste con esos dulces labios, me dieron energía para mover el universo entero, me di cuenta de que mi vida tenía que vivirla yo, y no limitarme a verla pasar, en cuanto observé tu largo pelo negro como el carbón. Imagino que en aquella ocasión pensarías de mí que soy un estúpido, porque no te dije nada, y la verdad es que no lo hice porque no quisiera, sino porque no podía, tu rostro se había quedado con la vida del mío, tu piel se había quedado con mi cuerpo y mi alma, tu corazón se había quedado con el mío. Tú me habías enamorado, algo que hacía muchísimos años que había olvidado lo que era.
- Desnúdate.

Aquella orden resonó en todo el interior de la muchacha.

- ¿No me has oído?

Otra vez.

- No me gustaría tener que repetírtelo.

Cada palabra nueva sonaba más dolorosamente dentro de ella. Finalmente, accedió. Comenzó quitándose el ancho cinturón que le cubría gran parte de la cintura, para luego seguir desabrochándose el vestido en su parte superior.

- Es suficiente.

Ella miró a quien había pronunciado estas palabras, buscando una explicación lógica para evitar lo que ella ya consideraba inevitable. Se quedó parada, sin poder moverse, sin saber que hacer. Le temblaba todo el cuerpo, todos los músculos en tensión, una expresión de rabia en su rostro se dejaba ver. Entre los dedos, el botón que tocaba desabrochar, sujeto con fuerza, a punto de romperse. El hombre que le había ordenado desnudarse se inclinó sin levantarse de la silla, acercando su áspero rostro al de ella.

- ¿Qué te ocurre? ¿No me has oído?

El aliento que emanaba de la boca de aquel hombre olía a hierbas, como si hubiera pastado igual que el ganado, antes de entrar a aquella sala en la que se encontraban los dos. Ella seguía inmóvil, sin saber que hacer. La cara de rabia dejó paso a una muy diferente, de expectación. ¿Por qué le había dicho que parara?

- Vaya, parece que también eres sorda. Vístete.

Ella reaccionó. Comenzó a abrocharse de nuevo los botones, para ponerse finalmente el cinturón.

- Bien, no lo eres. Mejor. Así me gusta. La verdad es que eres muy guapa, pero no es el momento. Primero has de sobrevivir.

- ¿Por qué...? - Consiguió comenzar a preguntar ella.

- No - interrumpió él -. No preguntes. Ahora no debes hablar. Es la hora.

El hombre se levantó de la silla, dejando por el camino el ruido de su duro traje de colores apagados. Comenzó a andar por la sala, con la única compañía del ruido de las botas al golpear el suelo de madera. Durante unos segundos sólo las botas hablaron en aquella sala oscura.

- Como sabes, has venido aquí con una misión. Supongo que ya te habrán explicado de qué se trata.

- Sí.

- Bien. Entonces me ahorraré palabras. Ha llegado la hora de que cumplas tu parte. Sabes lo que debes hacer, y sabes como hacerlo. Imagino que lo harás bien, es de esperar. Si no, ya sabes lo que te espera.

- Sí.

Él se acercó a ella, esta vez por la espalda.

- Ponte de pie.

Ella se puso en pie y giró la cabeza en busca de la mirada del hombre del aliento de hierba.

- Bien. Mañana a esta hora has de estar aquí, y sabes que has de tener las tareas hechas. No nos gustan los retrasos. Imagino que ya lo sabes - la miró a los ojos, poniéndose delante de ella -, así que me ahorraré eso también.

- Efectivamente, lo sé.

- Estupendo. Hasta mañana entonces, puedes irte.

La muchacha hizo una pequeña reverencia y se dio la vuelta. Comenzó a andar hacia la puerta, con paso firme y rápido.

- Una cosa más - ella se paró en seco al oír esto -. Antes que se me olvide - Ella se giró -. Por el camino es probable que te encuentres con alguien que me está buscando. No me gustaría que supiera donde encontrarme. Imagino que me entiendes.

- Perfectamente.

Lo miró de reojo y comenzó de nuevo a caminar.

Salió de la sala en la que estaba para entrar en una mucho más grande, de idéntica forma que la anterior, pero con muchos más muebles. A un lado, en una mesa, dos soldados la miraron, sin prestarle demasiada atención, y al otro lado, otro soldado se giró al oírla llegar, pero apartó la mirada enseguida. Llegó hasta el umbral de la puerta, la abrió, y salió al exterior.

Nevaba. Mirara por donde mirara, lo veía todo blanco, excepto las pocas rocas y las pocas ramas que quedaban por cubrir. Imposible llegar a la hora con este tiempo, pensó antes de cubrirse la cabeza con la capa que había cogido por el camino. Se tapó bien y comenzó a andar en busca de transporte. Cada copo de nieve que caía le pegaba derecho en la piel, provocándole una sensación de frío intenso y a la vez calor. Llegó hasta el cobertizo donde podría encontrar algo para ir a su destino, abrió la vieja puerta de un empujón, y entró. Comenzó a buscar, y cuando creía haber encontrado algo, oyó el ruido la de puerta al cerrarse. Sobresaltada, se giró, y lo vio allí, de pie, con un machete en una mano, empapado y cubierto de copos de nieve. Él comenzó a andar hacia ella...



Sonó el timbre.

Otra vez me interrumpieron en mi momento de máxima inspiración. Me dio mucha rabia, se había acostumbrado la gente a fastidiarme las sesiones de escritura, y eso que no tenía muchos amigos en aquella horrorosa ciudad. Me levanté y comencé a andar descalzo hacia la puerta. Otra vez sonó el timbre. Que pesados, por favor. Llegué hasta el telefonillo, y pregunté. Pero no hubo respuesta, y nadie se veía por la pantallita que evita sorpresas. Volví a preguntar, volví a ver el portal vacío, y lo dejé estar, volviendo sobre mis pasos hasta la mesa donde tenía el portátil, dispuesto a continuar con el día de la nieve.


Él comenzó a andar hacia ella...


Timbre otra vez.

Será posible, pensé. Otra vez igual...

Me levanté cabreado y casi corriendo, a riesgo de resbalarme por ir descalzo, para llegar a la puerta lo antes posible. Antes de decir nada, le di al botón para ver quien había al otro lado, a ver quien me tocaba las narices de aquella manera un día tranquilo de lluvia, inspirador de mis mejores relatos.

Nadie.

Directamente ni pregunté, me giré dispuesto a volver a mi nevado asesinato. Pero cuando lo había hecho, apenas había dado dos pasos, el timbre otra vez retumbó en la soledad de mi triste piso. Me giré y esta vez sí, vi a una figura con el pelo largo y negro, de espaldas a la cámara.

- ¿Hola? - Dije a través del telefonillo.

La figura se volvió, y yo me quedé sin palabras.

- Hola -respondió la figura de pelo negro y largo con voz de mujer -. Soy la vecina del piso de arriba tuyo. Es que me he dejado las llaves en casa, ¿te importaría abrirme?

- ¿Nos conocemos?

- Pues no creo, tú llevas poco tiempo aquí, y yo llevo menos aún, es mi tercer día.

- Ah, así que eres tú la que has estado armando tanto jaleo estos días.

- Pues... es posible - Se rió -. Pero no lo he hecho a cosa hecha.

- Anda, pasa.

Le abrí la puerta de abajo, ya se me había pasado el mal humor, su risa me lo quitó de golpe. Me giré para enfilar la ruta de vuelta a la nieve, y me senté delante del portátil, dispuesto a manchar de sangre un cobertizo, sin dejar de escuchar en mi cabeza la risa de la nueva vecina ruidosa.



Él comenzó a andar hacia ella...



Sonó el timbre, esta vez el de la puerta de casa. Estaba visto que alguien estaba dispuesto a evitar un baño de sangre. Me levanté y fui hasta la puerta para abrirla. A través de la mirilla vi que allí estaba ese pelo largo y negro de antes. Abrí.

- Hola - me dijo ella con una sonrisa -. Siento molestarte otra vez, pero es que me he dejado las llaves de casa, todas - me miró de arriba a abajo -. ¿Es normal que recibas a todas las visitas femeninas en calzoncillos largos? - Se rió.

Yo me miré de arriba a abajo.

- Son bermudas - le respondí en tono borde -. Y no suelo recibir muchas visitas femeninas que digamos.

- Ah - dijo ella -. Que raro. ¿Entonces me puedes ayudar a abrir la puerta de casa?

- Puedo intentarlo.

- Bien. Si me hicieras el favor...

Cogí las llaves de mi piso, un pedazo de plástico, y subí al piso de arriba detrás de ella, observando por el camino, ya que estaba, los rasgos físicos de la parte trasera del cuerpo de mi nueva vecina. Sin mediar palabra seguí su dedo, que señalaba la puerta que había cerrado sin querer, justo la que estaba encima de la mía. Me acerqué con el plástico armado, y a los pocos segundos la puerta ya estaba abierta. A fin de cuentas, siempre se me había dado mejor abrir puertas que escribir relatos.

Hablamos sobre el tema un minuto, y me invitó a pasar. Pasé delante de ella, notando como ella observaba los rasgos físicos de la parte trasera mi cuerpo. Me dirigió a la cocina, entré y me senté en una silla, mientras ella seguía andando hasta la bancada. Comenzamos a hablar de algunas cosas triviales mientras ella estaba de espaldas moviendo algunas cosas. De repente, se giró.

Ella comenzó a andar hacia mí...



¿Fin?

lunes, 7 de abril de 2008

Hoy algo especial

Hoy no voy a poner un relato mío (bueno, a lo mejor me animo y escribo algo esta noche), sino una poesía de una amiga mía que está pasando por algo peor que lo mío, aunque sea lo mismo.

ETERNIDAD

Sumergida en el agua me encontraba sin poder respirar

con los ojos abiertos mirando el vacío,

sintiendo que mi cuerpo se empezaba a ahogar.

Creí que de ahí nunca saldría y mi vida vi pasar

los segundos se me hicieron horas

y sin darme cuenta, una eternidad.

Mis pensamientos se hicieron eco entre la oscuridad

el olvido y el recuerdo se disiparon,

mi voluntad, mis ganas, se acababan ya.

Sentía que ese era mi final

el corto trayecto de mi vida,

sumergida en ese mar

se convertía para mí, en mi gran eternidad.

La esperanza que me quedaba no la perdí jamás

aún esperaba y deseaba

que alguien me pudiera salvar.

Unos brazos me agarraron cuando nada empezaba a quedar

la oscuridad era inmensa y una luz me vi cegar,

me sacó del agua aturdida pero yo le oí hablar

me decía; niña vive, que sin ti la vida no es amar,

vive por lo que tú más quieras,

pero no te vuelvas a la mar

quédate conmigo juntos tú y yo,

esa será nuestra eternidad.

.-Noemy-.

(28-03-08)


viernes, 21 de marzo de 2008

La he vuelto a notar

La he vuelto a notar. Otra vez, y ya van tres. Esa sensación recorre mi cuerpo durante unos segundos, y desaparece. Se acabó. Es la tercera noche seguida que la noto. Alguien me abraza. Alguien que no está, alguien que no existe, que no sé quien es, ni de donde viene, ni a donde va en cuanto me doy cuenta de su presencia; sólo desaparece, dejándome ese amargo sabor a una compañía inexistente, ese dolor de un abrazo que nadie da, pero que yo recibo. ¿Qué es lo que me ocurre? Nadie duerme a mi vera, nadie comparte el lecho conmigo, y sin embargo, parece que está ahí, que me da su calor, que noto su fuerza y su amor. ¿Por qué me pasa esto? Mi vida es tranquila, solitaria, pasa desapercibida. Nadie sufre por mí, nadie actúa contra mí, nadie me ama, nadie se acuerda de mí, nadie me olvida. Y sin embargo llevo tres noches con el corazón desgarrado por una efímera sensación que no sé de donde proviene, pero que sí sé a donde me lleva.




Es la octava noche. La sensación ha aumentado. Cada vez me dura más. Cada vez me preocupa más. ¿De dónde sale? ¿Por qué sale? Inspecciono cada rincón de mi apartamento, siempre sombrío, solitario y silencioso, por si pudiese encontrar la respuesta a este dilema que, a pesar del poco tiempo que me envuelve, ya me está machacando. Mi corazón, helado hace muchos años, está empezando a sufrir más de lo que ya ha hecho toda su vida. Cada noche se me desgarra un poquito más, por culpa de esa sensación, de ese abrazo que nadie da. No lo entiendo, la verdad. No hay nada que me dé una pequeña pista sobre el origen de esto, por mucho que revuelvo las pocas cosas que poseo en busca de algo, de un animal, de una corriente de aire, de alguien que no está. No hay forma de hallar una explicación lógica. Sigo sin saber por qué.





Decimosexta noche. No puedo más. Llevo varias noches sin dormir, y varias noches buscando una explicación. Sigo buscando una explicación. Me he cambiado de cama, de rincón en el que descansar de la asquerosa vida que llevo, y no lo consigo. Todas y cada una de las noches, alguien me abraza. Cada vez me dura más la sensación, hasta tal punto que ya tengo tiempo de distinguir donde me presiona más ese abrazo. Pero no consigo adivinar nada. No hay forma de saber ni quien ni que es, ni por qué yo.




Vigesimoprimera noche. ¿Por qué yo? Nunca he hecho mal a nadie, nunca he deseado nada malo contra nadie, llevo una vida tranquila, apartada del mundo que tanto daño me hizo, de las personas que tanto daño me hicieron. No tengo nada claro, excepto una cosa. Ya he distinguido algo en mi abrazo. Noto un cuerpo. Unos brazos rodeándome, una cara contra mi nuca, unas piernas entre las mías, unos pechos contra mi espalda. Noto el abrazo de una mujer que nunca existió. ¿O sí? En mi juventud más lejana, cuando yo todavía tenía capacidad para amar, una mujer me abrazaba así. Por aquel entonces, yo pensaba que era feliz, que sería feliz junto a esa mujer para el resto de mis días. Nunca más me volvió a pasar. Nunca más me abrazó ninguna mujer, nunca más me abrazó nadie. Huí lejos, se me heló el corazón, se me hundió el alma, y se me turbó la mente.



Trigésima noche. Ya no aguanto. Esta sensación me está matando lo poco que me quedaba de humano en este mundo. La poca vida que tenía mi cuerpo, está desapareciendo. No duermo, no como, no dejo de pensar en esa mujer. La tenía olvidada ya, había conseguido perder de vista aquellos ojos que reflejaban el universo entero, aquellos labios que podían mover el mundo con sólo un movimiento. Aquella nariz, aquella cara perfecta, aquella diosa que una vez consiguió hacerme amar... y que luego me mató.

Todavía no se me ha olvidado, ni lo hará jamás, el momento que cambió mi vida para siempre. Yo seguía siendo feliz, viviendo, seguía amando a la persona que me amaba, o eso pensaba. Seguía respirando su aire, seguía haciendo su mundo, seguía amando su alma, incluso deseando su cuerpo. Tonto de mí, no fue más que una triste ilusión de enamorado. Pensar que iba a estar para siempre con ella. Muchas veces nos lo prometimos, ni una vez ella cumplió. Tantas veces me mintió, tantas veces me engañó, y yo ni una vi, ni una quise creer, hasta que un día, lo vi claro. Me costó un diente, una fractura de nariz, y el corazón. Fui a recogerla a su casa un poco antes de la hora acordada, tenía algo de tiempo libre y pensé en darle una sorpresa... que nunca olvidé. Me pareció raro ver la ventana cerrada, siendo la época del año en la que estábamos, el verano más frío que jamás tuve. Me pareció raro no ver luz, y me pareció más raro que en esa calle tan tranquila el coche que estaba en su puerta no fuese el de todos los días. Pero lo que más raro me pareció, fue encontrarme la puerta sin cerrar del todo. Parecía que había entrado apresurada, olvidando cerrar la puerta... y parte de su ropa. Oí un ruido, y me giré. Provenía de un dormitorio que nunca usaba. La puerta estaba entornada, y se veía luz a través del poco hueco de la madera. Volví a oír ruido, y cuando di un paso, un gemido. Mi corazón me pedía a gritos que corriese hacia esa habitación, que fuese a salvar a mi amada de su sufrimiento que no resultó ser otra cosa que goce. Avancé lentamente, miré por el hueco de la puerta, y vi su cara en el momento justo de máximo exponente del goce femenino. Un gemido que todavía no he podido olvidar. No vi bien lo que pasó después. Sé que abrí la puerta y me quedé mirando como mi universo hacía el amor con un desconocido. Él se dio cuenta antes que ella, que seguía deslizándose sobre su cuerpo, ahora ya lentamente. Cuando acabó, se giró, y me vio. No se sorprendió, no, para nada, su cara fue de satisfacción, de haber llegado al cielo y haber visto la puerta del infierno en el mismo segundo, saboreando su traición, disfrutando del derrumbe de todo lo que era yo, un ser humano.

El tiempo que pasó entre eso y mi salida de aquella maldita casa sigue confuso. Creo que dije algo, pero no lo sé seguro, y entonces ella se quitó, y él vino a mí, me dio un puñetazo en la cara y me tiró al suelo. Creo que no hice intento de defenderme, me quedé ahí, hasta que dejó de pegarme, y entonces me parece que me levanté y me fui. Sé que llegué a la puerta de la calle, y me giré, viéndolos a los dos, desnudos, en la puerta que me había llevado a conocer esa noticia, abrazados. Salí de allí y nunca más volví a vivir.

Cogí mis cosas y me fui. Estuve trabajando y viviendo en muchos sitios, ya he perdido la cuenta, repartidos por medio planeta. Todo con tal de olvidarla. Pero no pude. No fue hasta que llegué aquí, a este triste apartamento de una ciudad que siempre odié, que su cara desapareció de mi mente. Y ahora ha vuelto para torturarme en mis cenizas, para removerme las entrañas de mi triste y apagado ser. Ella me dejó así, y parece que no se quedó conforme, que quiere verme sufrir más. ¿Por qué? ¿Hasta qué? ¿Pretende mi muerte? ¿Por qué ha tenido que volver a mí después de tanto tiempo?




Ya no sé cuanto tiempo hace que comenzó a abrazarme. Ya me da igual. No duermo, no como, no bebo, no respiro... la eternidad y un segundo son lo mismo para mí. Nada. O todo. Ya da igual, ya ha conseguido lo que quería, ya no existo. Ya no la noto nunca, ya no la veo nunca, ya me ha dejado tranquilo, ya me ha quitado la vida, ya no necesito nada más que descansar en paz.

martes, 11 de marzo de 2008

Y otra

Una vez más, he sido engañado. Por fin se ha destapado.

Una vez más, mi confianza hundida, mis sentimientos desechados, y mi cariño rechazado.

Una vez más, mi corazón se vuelve a helar, mi alma se pierde, mi vida se muere.

Una vez más, me siento mal, muy mal. Intento que no me pase, pero parece ser que es mi destino.

Una vez más, gracias. Pero esta vez a dos personas. A una por mentirme nuevamente, y a la otra por no quererme a su lado.

Una vez más, a esa una, no me preocupa, ya era algo que tenía asumido y que la vida me ha enseñado que es mejor así. Lo que me duele es la mentira y el engaño sufrido, creo que no me lo merezco, que con todo el bien que intento hacer, no me merezco este trato. Pero es lo que hay, a fin de cuentas, ya no me preocupa. Lo que más me hiere es lo de la otra persona. Una persona en la que confié, que pensé que podría ser la definitiva, que me gustaría que lo fuese, y que directamente no quiere nada de mí. No quiere mis besos, no quiere mis abrazos, no quiere mis caricias... y por supuesto no me da las suyas. ¿Para qué estamos en este mundo, si no es para darnos cariño los unos a los otros? A fin de cuentas, es lo único que salva a este mundo de las tinieblas. Es lo único que puede demostrar amor hacia alguien. Por muchas otras cosas que se hagan, que en este caso han sido muchas, ha sido un esfuerzo enorme por mi parte durante todo este tiempo... y no he recibido nada a cambio, excepto un beso y un abrazo fugaces un día de cine ya lejano en el tiempo. Es cierto que la situación es difícil, que esa persona no lo está pasando bien. Yo intento que sea así, hacerla feliz, darle cariño, y a cambio me llevo estufidos, malas caras, y quejas. Y, sinceramente, para mí eso no es amor.

Una vez más, los sentimientos me dicen que he hecho el gilipollas, que estoy más guapo con el corazón helado o que, al menos, no sufro. Y la verdad, estoy empezando a pensar en que es lo que tengo que hacer. Es una lástima, creo que podría hacer feliz a una persona que lo quisiera, pero para eso se tiene que dejar, no sólo cuando ella quiere (que, por cierto, hasta la fecha creo que no ha sido así), sino siempre.

Una vez más, las tinieblas vencieron en mi corazón.

Una vez más, perdí el significado del amor.

Una vez más, deseo no volver a encontrarlo nunca.

sábado, 16 de febrero de 2008

Gracias.


Gracias por dedicarme tus sonrisas, gracias por dedicarme tus miradas, gracias por darme tus besos, tus abrazos, tu amor. Gracias por haberme hecho disfrutar de ti y tu compañía.

Gracias por haberme mentido. Gracias por haberme engañado. Gracias por haber jugado conmigo y mis sentimientos. Gracias por querer a otro, gracias por ocultármelo.

Gracias de corazón. De un corazón que habías conseguido ablandar, y que ahora se siente engañado. Gracias por darme la razón.


Gracias por todo. Nunca te olvidaré. O sí.

jueves, 31 de enero de 2008

Todo es oscuridad, frío y hielo. Todo lo que se ve, lo poco que se ve, recuerda a una escena tétrica, plantas muertas alrededor, piedras heladas por doquier y nada de vida a la vista. Todo parece indicar que la vida se acabó, que la lucha finalizó, que aquello por lo que dimos la vida, dejó de valer la pena. Nuestro esfuerzo, nuestro sudor, nuestras lágrimas, nuestra sangre y nuestras vidas, perdidas inútilmente. Tanta energía gastada tontamente, tantas horas perdidas, tanto odio engendrado erróneamente, tanto... Tanto amor desaparecido.

Soy un corazón helado y un alma errante. Soy aquello que nadie quiere, yo represento la parte más oscura del amor, la parte del rechazo.

¿Por qué amar? ¿Por qué sonreír? ¿Por qué mostrar los sentimientos? ¿Por qué confiar en los demás? ¿Por qué besar, abrazar, amar? ¿Qué es lo que nos lleva a las personas a sentir todo esto hacia otra persona? ¿Qué es lo que nos invita a olvidar toda lógica en favor de unos sentimientos que ya sabemos que no son razonables? ¿Qué nos lleva a sentir un encogimiento del estómago cuando una persona concreta se acerca, cuando nos mira, cuando nos abraza, cuando nos besa? ¿Qué razones tiene el corazón para sentir? ¿Qué razones nos da para olvidarnos de todo lo razonable y nos invita a lanzarnos al vacío que supone el amor? ¿Qué razones, por qué continuar amando cuando nos han matado en vida, cuando nos han rechazado, cuando han apagado cualquier rastro de amor en nuestras palabras, nuestras miradas, nuestros gestos?


Ninguna.

El amor es así, no sólo se niega a cualquier tipo de raciocinio, sino que además va en contra de toda lógica. Cualquier explicación al respecto es inútil. No hay nada que haga comprender a los demás por qué hacemos lo que hacemos, por qué amamos, por qué queremos besar sólo a Esa persona, o por qué no miramos a nadie más.

¿Pero es recomendable sentir todo eso? ¿Es de verdad coherente enamorarse? Buenas preguntas, malas respuestas. No nos ponemos de acuerdo al respecto, nadie coincide en la respuesta concreta. Imposible, absolutamente. Y sin embargo, a final de cuentas, todos hacemos lo mismo.

Comenzamos por sentirnos heridos. Siempre empieza así la historia. Luego, con cualquier excusa, buscamos a una persona que nos llene, pero no aparece. Luego, cuando pensamos lo contrario, conocemos casualmente a un hombre o una mujer que al principio nos cae bien, pero nada más. Comenzamos a hablar, a reír, a compartir chistes, a intercambiar largos discursos... y luego vienen las reuniones para tomar café. Poco a poco nos vamos acercando, vamos compartiendo más cosas, hasta que llega un momento en el que las miradas se cruzan y los corazones comienzan a latir fuertemente, al compás. Ese es el momento, ya ha surgido. Pero ninguno de los dos dice nada. Seguimos amando en silencio, esperando a que la otra persona dé el paso, pero vemos que no se atreve, y comienza el sufrimiento. Por miedo a un fracaso, a un rechazo, no decimos nada, nuestra mente se nubla, y sólo pensamos en esa persona, y en lo feliz que serían nuestras vidas con ella. Pero cada día se ve más lejos esa vida... hasta que de repente, surge el tema entre los dos. Se comienza a hablar al principio en tercera persona, hasta que la una se entera de que la otra siente amor. Ese es el momento de la perdición. La lógica nos abandona, el calor nos aprieta, y sentimos la necesidad de besar, de abrazar, de amar. Todo comienza a ser de color de rosa, la vida parece bonita, y los problemas desaparecen...


La próxima semana, segunda parte.

miércoles, 2 de enero de 2008

¿Por qué nunca te has fijado en mí? ¿Por qué nunca has querido mirarme a los ojos, deseosos de encontrarse con los tuyos en una mirada intensa y especial, una mirada en la que verías lo que siento por ti? ¿Por qué no has querido sentir nunca el roce de mis labios, el tacto de mi piel, el sentido de mi amor? ¿Por qué no compartir conmigo mis sentimientos, mis sonrisas, mis lágrimas, mis éxitos y fracasos, mis caricias y abrazos, mis gozos y lamentos? ¿Por qué nunca te has molestado siquiera en saber que existo?

Sabes que te quiero. Sabes que te necesito. Sabes que eres lo único que me motiva a seguir luchando día a día en este mundo frío, solitario, sombrío y decadente que nos ha tocado vivir. Sabes que cada noche sueño contigo, que cada día vivo contigo, que siempre te tengo en mi cabeza y mi corazón, que te espero, que deseo que me mires a los ojos, que me toques, que me hagas sentir una persona viva, porque sabes que ahora mismo no lo soy. Sabes que no hay otra cosa en este mundo que desee más que tu amor, tu cariño, tus caricias, tus besos, el contacto con tu cuerpo o el roce de tu piel, sentir tu respiración junto a mí y tu corazón palpitar fuerte a mi encuentro.

Siempre me he imaginado cómo sería nuestro primer beso, lo tengo todo bien calculado, a la espera de hacerse realidad, a la espera de que te decidas a dar ese paso que deseo tanto, que necesito tanto. Primero te acercarías lentamente, mirándome a los ojos fijamente con esa mirada tuya que sabes que no puedo resistir, sonriendo, humedeciéndote los labios con tu lengua, esa lengua que sabes deseo me recorra todo el cuerpo junto a tus labios, haciéndome vibrar completamente. Luego, sonreirías, respondiendo así a mi sonrisa y mi mirada, posteriormente harías un amago de besarme, retirarías la cara, sonreirías de nuevo, y te lanzarías a juntar tus labios con los míos, tu nariz con mi nariz, tu mundo con mi mundo. En ese momento nada existiría excepto tú, nada me importaría excepto tú, nada me haría sentir excepto tú. Sólo habría una vida, la de tus labios. Sólo un mundo, el de tus ojos. Sólo un alma, la nuestra.

¿Te imaginas que pudiese ser realidad? Yo lo pienso contínuamente, todos los días anhelo que ese momento se produzca, que por fin te fijes en mí y me beses, me ames, me abraces cuando lo necesite y cuando no lo quiera, que será cuando más lo necesite.

Todo mi mundo depende de ti, toda mi alma necesita tu energía para seguir con vida. No sé respirar sin que tú me llenes los pulmones, no sé sonreír sin que tu sonrisa me muestre como hacerlo, no sé amar sin que tú me ames. Pero tú nunca te has fijado en mí, no sabes que existo, a pesar de hablar todos los días conmigo, no sabes que amo, a pesar de que mi alma te lo dice a gritos, no sabes que deseo tu cariño, a pesar de que mis ojos te lo muestran cada vez que me miras con desdén. No, no lo sabes. No sabes lo que se sufre cuando sabes que tienes al amor de tu vida enfrente tuya, todos los días lo ves, todos los días le hablas, todos los días lo quieres, y sin embargo esa persona ni siquiera se molesta en saber que estás ahí, que sólo tiene que sonreír para mover tu mundo, que sólo tiene que amar, para mover tu universo.

Es triste vivir así. Es vivir sin vida. Vivir de ilusiones es una vida sin cimientos, frágil y arriesgada. Es mi vida. A pesar del paso del tiempo, y de que cada día pierdo más esperanzas de conseguir que me ames, en el fondo, sigues siendo lo único que me mantiene en este mundo que nunca ha hecho más que provocar mi sufrimiento y mi tristeza, mi ira y mi pena. Y sin embargo ni siquiera sabes que te quiero. O sí, y no me quieres. O ni te lo has planteado ni una sola vez, a pesar de los avisos de todo mi ser. Creo que eres la única persona que no se ha dado cuenta, o no, a lo mejor sí te has fijado y no me quieres corresponder. O a lo mejor es que me quieres hacer daño con tu comportamiento, para alejarme de ti, para hacerme huir, o hacerme daño simplemente. ¿Y qué es lo que he hecho yo para que no me ames? Pensaba que me querías, y no parece que sea así. He intentado quererte, he intentado amarte y besarte, y ni te has molestado en dejarme hacerlo, sólo has huído, me has apuñalado sin mirarme siquiera. O a lo mejor son sólo imaginaciones mías. A lo mejor todo me lo invento, a lo mejor no hay nada por tu parte, a lo mejor no tienes sentimientos y nunca querrás compartir tu vida conmigo. Es posible, pero me resisto a creerlo. Me resisto a pensar que no eres como yo deseo, me resisto a ver a la persona que sé que no hay. Quiero pensar que algún día me amarás, que seguirás siendo mi fuente de energía, que tus abrazos me harán sentir, que tus labios me harán notar, que tu cuerpo me hará amar. Algún día te darás cuenta de todo, te darás cuenta de lo que siento por ti. Estarás lejos de mí, seguro, con otra persona que de sobra sabes no te querrá como yo lo hice, o lo hago, o lo haré. No sé si para entonces será tarde, o no, no sé si te estaré esperando o habré hecho mi vida, si es que eso puede ser posible sin ti. Pero sí sé que entonces me mirarás, aunque no me tengas delante, y sabrás lo que podría haber sido amar de verdad.