El mustio y embarrado suelo del sendero temblaba ante el peso del gran caballo que cabalgaba en huída de la sangre de la batalla. La tierra, empapada, sucumbía ante las herraduras del equino, que prácticamente volaba en busca de vida. El jinete, centrado en su camino, no advertía que el ruido que ambos provocaban rompía el silencio del neblinoso valle lleno de muerte. El camino iba desapareciendo bajo las pezuñas de la montura, bajo la vista de ambos seres. Piedras, barro, hierba, curvas y pendientes iban quedando atrás a una velocidad endemoniada, sin tiempo para vivir, sin tiempo para respirar, había demasiada prisa y demasiadas vidas en juego. Jinete y caballo iban al máximo, músculos en tensión, adrenalina en su máximo exponente, sin tener tiempo de notar el peso del equipo, el frío del viento, la humedad de la lluvia. Todo, con tal de llegar a tiempo a su destino.
Por fin, la meta de tan peligrosa carrera empezó a verse al final del valle, en las faldas de una escarpada y rocosa montaña helada. El soldado y su caballo llegaron a la entrada de una vieja casa de piedra, y pararon en la puerta, bajo una estropeada marquesina que hacía las veces de palco para ver el valle. El jinete bajó y llevó al caballo a un pequeño pesebre donde pudiera recuperar fuerzas, se limpió el barro de la armadura de cuero que no le protegía de la muerte, y se acercó a la puerta de la casa. Unos segundos estuvo sin tocar, esperando algo que no era posible. Alzó la mano vendada por las secuelas de la batalla, y con el puño cerrado y mucha prisa, golpeó las tablas de la puerta. El silencio del lugar no se rompió, y la luz que por las rendijas de la madera manaba no se movió. El soldado repitió el aviso contra la puerta, preparado por desenvainar la espada, si no se había congelado por el camino. El vaho de su respiración era cada vez mayor, y alcanzaba la puerta que tenía enfrente. Una tercera vez golpeó con la intención de entrar, y en máxima tensión se puso, pensando en un destino distinto del que pretendía.
La luz cambió y el silencio se rompió. Alguien se acercaba por el otro lado de la puerta. El soldado ya empuñó su espada, sin sacarla, en tensión.
Por fin, o por desgracia, la puerta se abrió, gimiendo durante el giro de sus goznes. Una silueta surgió dentro de la casa, oscura en contraste con la luz que había en el interior. Se apartó para dejar espacio al soldado, que soltó su espada y entró rápidamente a la casa.
Una estancia vieja, con pocos muebles, encontró. Al fondo, una chimenea con lumbre encendida, una vieja mesa enorme en el centro con varios utensilios de cocina y una jarra, varias sillas y banquetas alrededor, un triste armario y dos puertas a mano derecha. Varios candiles repartidos por la habitación, iluminando los suelos y techos de madera estropeada.
Las botas del soldado dejaban ver sin duda que se dirigía al fuego del rincón, mientras guantes, capa y vendaje, que llevaba puesto, se quedaban por el camino. Paso a paso la madera del suelo crujía y auguraba malos tiempos, mientras el barro y el hielo caían. El soldado llegó al fuego, y se acercó para calentarse.
- Por fin - comenzó a hablar -, algo cálido en este helado infierno.
- Aquí estás seguro. - Contestó el dueño de la silueta que la puerta le abrió.
- No lo tengo tan claro.
El soldado se giró para buscar el rostro de su interlocutor, ya conocido. Lo encontró cerca de él, en una de las sillas que había alrededor de la mesa. Una capa con capucha lo tapaba, pero algo del cabello rubio de ella dejaba ver, así como su nariz y sus labios.
- No sabes lo que hay ahí fuera - dijo el soldado dándose la vuelta -. Sólo hay muerte y sangre. El barro y la dichosa niebla es lo de menos.
- Pero aquí estoy yo - la mujer bajo la capa se echó atrás la capucha, dejando ver una cabellera rubia en una cara perfecta -, y eso tampoco está mal, ¿no?
- No lo tengo tan claro. Te lo diré cuando salgamos de aquí. ¿Hay algo de comer? Estoy hambriento-. El soldado se acercó al contenido de la mesa.
- Claro que sí, te estaba esperando hace horas.
La mujer le ofreció la jarra, que él cogió y empinó con el fin de verter el contenido en su boca. Después, de una bolsa, sacó algo de tocino y pan, que él engulló como si fuese su última comida.
A los pocos minutos, mientras el fuego se iba apagando y ella se iba preparando para partir, un ruido rompió la calma de la casa. Provenía de fuera, y los dos sabían de donde provenía... El soldado se equipó para salir al exterior, y desenfundó la espada mientras ella apagaba todos los fuegos de la casa, que quedó a oscuras. Abrió la puerta y salieron, él primero, ella detrás con el machete que portaba listo para tocar vísceras. Y allí estaban las sombras de los que antaño fueron sus amigos, listos para morir. El soldado y ella se pusieron uno al lado del otro, los dientes rechinando por la tensión, todos los músculos alerta, y la mirada buscando la muerte, mientras los otros cuatro individuos que acababan de llegar comenzaron a andar hacia ellos lentamente.
Las espadas se levantaron en busca de sangre. Y nadie estaba dispuesto a caer primero.