miércoles, 27 de enero de 2016

Niña rosa. Señorita que atrae y aleja, ojos preciosos y peligrosos, alma hermosa y venenosa. Nada me gustaría más que acercarme a ti, nada quisiera más que alejarme de tu contorno, tu silueta quiero contemplar todos los días al despertar (tras soñar), tu rostro no quiero ver más. 

No consigo acercarme a ti, no consigo estar en tu cabeza, no haces más que alejarme y querer que me acerque, indecisión que duele igual que las espinas de la rosa más hermosa del jardín. Entrando en mi piel, rozando mis nervios, doliendo y sonriendo a la vez,  quiero sentir tu cuerpo con el mío, quiero que tu calor no se me acerque. 

No, no es lo que quiero. En mis sueños estás, en mi realidad dueles. No, no puedo luchar contra tu interior, el resto es cosa mía, problemas, distancias, baches, obstáculos, venid a mí, que yo os destruyo, todos menos el muro de tu cabeza, menos la predisposición defensiva y acorazada. Montañas más altas he escalado, torres más grandes he tirado, enemigos más fuertes he derrotado. Todo con un fin, todo con una realidad. Pero no ahora. 

Niña rosa, preciosa y peligrosa, no quiero tenerte cerca, no quiero verte lejos. No puedo hablar contigo, no consigo olvidar tu voz. No, no te quedes aquí, no, nunca te vayas. 

¿Cuál es la adecuada? ¿Qué hace falta para saber si tu veneno es mortal o es eterno? ¿Por qué tengo que ser yo el que lo averigüe, por qué no me lo dices? ¿Por qué me cuentas que sí y que no a la vez, por qué haces mi camino tan indefinido, tan poco marcado, sin destino concreto? ¿Por qué he de caminar sin saber a donde, sin que me guíes? ¿Sabes que mis botas están cansadas de andar sin rumbo? Me planto, me siento, a la espera me quedo de una orientación que seguir. A la espera de tu calor sentir con un abrazo, de tus labios probar. 

martes, 26 de enero de 2016

La piel de mi mano acercándose a tu hombro quiere verse, tocando tu piel mis dedos mientras lo rodea y se acerca al cuello, suavemente, para que me sientas, para que me disfrutes con los ojos cerrados de mi tacto. Siguiendo mi recorrido, en el último segundo tras sentir tu nuca, un requiebro hace que cambie de dirección, para deslizarse por el centro de tu espalda, notando cada punto de ti mientras desciende, hace un pequeño rodeo para llegar a tu cintura y tocar tus curvas, y mientras la otra mano va a su encuentro, quedando cada una a un lado de ti, y justo en ese momento, con suavidad, te acercan a mí, para que ahora la piel que te pueda sentir sea la de mis labios, para que mis ojos estén tan cerca de los tuyos que se fundan, para que tu nariz y la mía jugueteen conforme a tus labios se muevan con los míos. 

Que momento más dulce, sentir tu sabor. Que momento más eterno, un segundo en tu boca. 

Tu torso y el mío más juntos, nuestras manos fundiéndose con nuestras espaldas junto a los brazos y el mundo entero, tu pecho y el mío siendo uno, a compás nuestros latidos, nuestra piel, nuestra alma, nada fuera de ahí, nada que no sea notar nuestro calor en compañía. 

martes, 19 de enero de 2016

El mustio y embarrado suelo del sendero temblaba ante el peso del gran caballo que cabalgaba en huída de la sangre de la batalla. La tierra, empapada, sucumbía ante las herraduras del equino, que prácticamente volaba en busca de vida. El jinete, centrado en su camino, no advertía que el ruido que ambos provocaban rompía el silencio del neblinoso valle lleno de muerte. El camino iba desapareciendo bajo las pezuñas de la montura, bajo la vista de ambos seres. Piedras, barro, hierba, curvas y pendientes iban quedando atrás a una velocidad endemoniada, sin tiempo para vivir, sin tiempo para respirar, había demasiada prisa y demasiadas vidas en juego. Jinete y caballo iban al máximo, músculos en tensión, adrenalina en su máximo exponente, sin tener tiempo de notar el peso del equipo, el frío del viento, la humedad de la lluvia. Todo, con tal de llegar a tiempo a su destino. 

Por fin, la meta de tan peligrosa carrera empezó a verse al final del valle, en las faldas de una escarpada y rocosa montaña helada. El soldado y su caballo llegaron a la entrada de una vieja casa de piedra, y pararon en la puerta, bajo una estropeada marquesina que hacía las veces de palco para ver el valle. El jinete bajó y llevó al caballo a un pequeño pesebre donde pudiera recuperar fuerzas, se limpió el barro de la armadura de cuero que no le protegía de la muerte, y se acercó a la puerta de la casa. Unos segundos estuvo sin tocar, esperando algo que no era posible. Alzó la mano vendada por las secuelas de la batalla, y con el puño cerrado y mucha prisa, golpeó las tablas de la puerta. El silencio del lugar no se rompió, y la luz que por las rendijas de la madera manaba no se movió. El soldado repitió el aviso contra la puerta, preparado por desenvainar la espada, si no se había congelado por el camino. El vaho de su respiración era cada vez mayor, y alcanzaba la puerta que tenía enfrente. Una tercera vez golpeó con la intención de entrar, y en máxima tensión se puso, pensando en un destino distinto del que pretendía. 

La luz cambió y el silencio se rompió. Alguien se acercaba por el otro lado de la puerta. El soldado ya empuñó su espada, sin sacarla, en tensión. 

Por fin, o por desgracia, la puerta se abrió, gimiendo durante el giro de sus goznes. Una silueta surgió dentro de la casa, oscura en contraste con la luz que había en el interior. Se apartó para dejar espacio al soldado, que soltó su espada y entró rápidamente a la casa. 

Una estancia vieja, con pocos muebles, encontró. Al fondo, una chimenea con lumbre encendida, una vieja mesa enorme en el centro con varios utensilios de cocina y una jarra, varias sillas y banquetas alrededor, un triste armario y dos puertas a mano derecha. Varios candiles repartidos por la habitación, iluminando los suelos y techos de madera estropeada. 

Las botas del soldado dejaban ver sin duda que se dirigía al fuego del rincón, mientras guantes, capa y vendaje, que llevaba puesto, se quedaban por el camino. Paso a paso la madera del suelo crujía y auguraba malos tiempos, mientras el barro y el hielo caían. El soldado llegó al fuego, y se acercó para calentarse. 

- Por fin - comenzó a hablar -, algo cálido en este helado infierno. 
- Aquí estás seguro. - Contestó el dueño de la silueta que la puerta le abrió. 
- No lo tengo tan claro. 

El soldado se giró para buscar el rostro de su interlocutor, ya conocido. Lo encontró cerca de él, en una de las sillas que había alrededor de la mesa. Una capa con capucha lo tapaba, pero algo del cabello rubio de ella dejaba ver, así como su nariz y sus labios. 

- No sabes lo que hay ahí fuera - dijo el soldado dándose la vuelta -. Sólo hay muerte y sangre. El barro y la dichosa niebla es lo de menos. 
- Pero aquí estoy yo - la mujer bajo la capa se echó atrás la capucha, dejando ver una cabellera rubia en una cara perfecta -, y eso tampoco está mal, ¿no?
- No lo tengo tan claro. Te lo diré cuando salgamos de aquí. ¿Hay algo de comer? Estoy hambriento-. El soldado se acercó al contenido de la mesa. 
- Claro que sí, te estaba esperando hace horas. 

La mujer le ofreció la jarra, que él cogió y empinó con el fin de verter el contenido en su boca. Después, de una bolsa, sacó algo de tocino y pan, que él engulló como si fuese su última comida. 

A los pocos minutos, mientras el fuego se iba apagando y ella se iba preparando para partir, un ruido rompió la calma de la casa. Provenía de fuera, y los dos sabían de donde provenía... El soldado se equipó para salir al exterior, y desenfundó la espada mientras ella apagaba todos los fuegos de la casa, que quedó a oscuras. Abrió la puerta y salieron, él primero, ella detrás con el machete que portaba listo para tocar vísceras. Y allí estaban las sombras de los que antaño fueron sus amigos, listos para morir. El soldado y ella se pusieron uno al lado del otro, los dientes rechinando por la tensión, todos los músculos alerta, y la mirada buscando la muerte, mientras los otros cuatro individuos que acababan de llegar comenzaron a andar hacia ellos lentamente. 

Las espadas se levantaron en busca de sangre. Y nadie estaba dispuesto a caer primero.

domingo, 17 de enero de 2016

Andando por el inhóspito paraje helado que es mi alma estoy, buscando una luz que no encuentro. Caminos llenos de barro bajo cero que mis viejas botas pisan sin cesar encuentro, destino no tienen más allá de encontrar más frío y oscuridad todavía. Ida y vuelta sin sentido, sin meta, sin rumbo, sin brújula y sin estrellas guía. Sin motivo. Sensación de hastío por ir sin saber donde, viendo nada más que los pasos en falso dados en el pasado, las huellas de las viejas botas que me llevan se cruzan en cada camino, se pisan entre ellas y se unen para llevarme al mismo sitio del que vengo. Agobiante falta de libertad oscurecida por una ausencia, agonizador frío el que mis huesos sienten, que dentro de mí está, igual que fuera. 
 
Más pasos en falso, más idas y vueltas al mismo punto, más movimientos oscuros en el inhóspito paraje helado que es mi alma. Más días sin guía, más noches sin compañía. Menos calor y luz siente mi interior, menos pasos apetece dar, total, para acabar en el mismo punto, mejor no caminar, menos esfuerzo y energía consumida. 
 
Más puntos de referencia quiere mi corazón encontrar, más miradas que luz y energía me den para salir del inhóspito paraje helado que es mi alma, más quieren tener cerca tus ojos y tus labios, más tus brazos pide mi piel tener cerca para coger calor. Más camino buscándote, más pasos doy intentando hallar los tuyos. Más frío y hielo a cada paso, cuando no hay resultado, cuando no estás, cuando te escondes, cuando mi alma no quieres ver.
No siempre salen las cosas como queremos. No siempre nuestra realidad vivida coincide con la deseada. Nada, absolutamente nada, nos garantiza que todo sea de nuestro agrado. Pero eso sería muy aburrido, mucho, en un mundo hastiado de monotonía y rutina, cambios hacen falta siempre. Para bien o, por desgracia, para mal. 

¿Y mi realidad vivida? ¿En qué se parece a la deseada? En poco, casi nada. 
¿Y las tuyas, en qué se parecen?
¿Y las de las personas que nos quieren, o nos quieren querer?
¿Y de las que queremos, y nos nos dejan que las queramos?

viernes, 15 de enero de 2016

De lejos contemplo la suavidad y belleza de tus facciones. Miro tus formas, admiro todo tu ser, veo la envidia de todas las demás, que quieren parecerse a ti pero no lo consiguen, deseo que te acerques, que me mires, sentir tu piel en la mía, tu calor en el mío, que me ames...

Tus espinas impiden que me acerque a sentir tu piel en mi mejilla mientras mis labios te saborean al besarte, intentan producirme la sensación de dolor que no quiero notar, quieren que me aleje, no quieren mi compañía, esperan ser efectivas contra mí, contra cualquiera, pero las ganas de unirme a ti superan cualquier espina, cualquier dolor, cualquier veneno, cualquier sensación de contacto con ellas, me da lo mismo, las espinas son parte de ti, y como tal, quiero tener cerca. Todo, con tal de poder sentir tu mejilla sobre la mía, tus labios rozando los míos.

miércoles, 13 de enero de 2016

De cerca te soñé, de lejos te vi. De cerca, de muy cerca, en mis sueños te rocé, y muy lejos estaba de ello cuando despertaba. Ay, que sueños aquellos, donde cerca te tenía, donde podía sentirte, donde podía saborearte, donde podía mirarte, donde podía evitar que te alejaras, donde podía... 

Lástima despertar de tan bonitos sueños, ¿verdad? Lástima. Porque al abrir los ojos ni estabas cerca, ni se podía sentir, ni te podía saborear, ni mirarte, ni evitar que te alejaras. Y por mucho que deseara que me desearas, nada se cumplía, y no te acercabas, sino que cada vez más lejos estabas. Y por mucho que quería que me abrazaras, tus brazos a mí no se dirigían. Lástima, lástima despertar de tan bonitos sueños, lástima encontrarme con la realidad de tu pasividad, con la orden de tu indiferencia, con la frialdad de tu calor. Lástima, sin duda, que sólo en mis sueños quisieras tenerme cerca para hacerte feliz, lástima, sin duda, que sólo allí pudiera conseguir que me sonrieras, que me iluminaras, que me acompañaras. Lástima que al despertar todo fuese vacío y silencio. Lástima que estuviese tan equivocado... 

Confundir sueño y vigilia parece cosa imposible, pero así ocurrió, así fue, de forma que en mi vigilia te tenía muy cerca, y en mis sueños, pesadillas más bien, no estabas. Salvación era abrir los ojos, porque te comenzaba a ver, porque a mi lado estabas, porque sí, porque mi realidad eras...

lunes, 11 de enero de 2016

Las velas, llenas de invisible viento del Norte, empujaban el barco hacia la costa. Aquel viejo cascarón de madera, roto por la triste batalla a la que sobrevivió, que seguía flotando por orgullo y no por estado, seguía navegando en sentido contrario a la muerte. El invisible viento del Norte, húmedo y frío, iba hacia el calor de un lugar en paz, tras la guerra. Aquel viejo cascarón de madera iba hacia la vida. Varios días a la deriva había estado, tras las semanas de sangre y muerte. Varios días de incertidumbre y falta de esperanza. Días en los que nada existe, nada se espera. Días en los que no hay luz, sólo noche. 

El invisible viento del Norte llegó en el último momento, en la última oportunidad de esperanza, chocando contra las velas de aquel viejo cascarón de madera, que seguía flotando por orgullo y no por estado, y haciendo que se moviera hacia el Sur.  Movimiento de vida, huída de la muerte por fin para quien estaba dentro del barco. 

Pocos quedaban en pie todavía, muchos habían caído por el camino. Y los que estaban, no estaban, sólo sombras de lo que fueron, eran. Ni ellos ni sus equipajes estaban enteros, ni sus armas ni sus defensas, sin muerte. Restos de enemigos revestían sus armaduras, entrañas de los caídos sus espadas mostraban, rostros ajenos grabados a fuego en los suyos y sus miradas, enemigos-hermanos que no volverían a casa nunca, en cuerpo al menos, pero que sí que irían con ellos el resto de sus días, en mente. Lucha estúpida, muerte gratuita, energía tirada, todo sin fin, sin sentido, sin motivo. 

No fue una travesía suave, tras su salida de puerto enemigo, en aquel viejo cascarón de madera, que seguía flotando por orgullo y no por estado, como el alma de los que en él viajaban. Sobrevivieron a una lucha sin cuartel, a bolas de fuego sin rumbo pero con destino, a embestidas de barcos enemigos y olor a pólvora lejana, a la compañía de la muerte y la confrontación con alguien más fuerte, y pocos quedaron con vida, que no vivos. Huyeron finalmente de aquel infierno frío los pocos que pudieron reaccionar, todos heridos, en cuerpo u orgullo, sin saber lo que les pasaría, pero con la certeza de lo que allí les ocurriría si se quedaban... 

Varios días desde el infierno frío del Norte, hasta que avistaron tierra hacia el Sur. Y varios días más, hasta que la alcanzaron, poco viento hacía ya, y mucho el calor se notaba. Alegoría de vida que no era tal, restos de lo que fue la que tenían antes de ir al Norte. Arribaron a la costa, no había puerto, y como pudieron, tomaron tierra, dejando en la cala aquel viejo cascarón de madera, que seguía flotando por orgullo y no por estado. Pronto sus manos y sus caras notaron la arena de la playa, en tierra firme por fin se encontraban, y desfallecidos sintieron recuperar la vida que no pensaban volver a tener. Sus miradas habían recuperado algo de calor, pero los rostros de sus enemigos-hermanos no se borraban, por mucho que se lavaran los restos de sangre que les marcaban como supervivientes de una cruenta batalla en puerto enemigo. El agua salada la tenían por dulce, al contacto, y el sol, por vida. 

 Días estuvieron montando un campamento y aprovisionando y reparando el barco, semanas que años parecían. De día, reparto de tareas, buscar provisiones y agua, reparar aquel viejo cascarón de madera que ahora por fin flotaba por estado, además de por orgullo, y crear una especie de techado con paredes donde tener refugio por la noche, momento que de día parecía por el firmamento. Recuento de batallitas, momento de compartir penas, y llorar por los caídos de cualquier bando, de cualquier batalla estúpida en la que se habían visto involucrados. Todo quedó listo por fin, aunque debían permanecer a la espera y más tiempo de ocio tenían. Una nueva batalla les esperaba, y no importaba donde, ni con quien, ni lo que hicieran para huir, inevitable era. La muerte les llamaba, y tenían que responder, era su destino, su vida, su fin.

viernes, 8 de enero de 2016

Las estrellas me visitaron la otra noche en un sueño. Vinieron a hablarme de ti. Vinieron a contarme que tienen envidia de tus ojos, porque brillan más que ellos. Que la luna está celosa de tu sonrisa, porque es más hermosa que ella, y que todo el firmamento está molesto contigo, porque me tienes más cerca. Todos están rabiando porque existes y te miro, porque me miras y me tienes, porque me sonríes y me iluminas. Fíjate, antes que era todo de ellos, y ahora, tanto que podría ser tuyo... Normal que estén celosos de ti, es normal... Porque a ti te tengo cerca para probar esos labios que no me llaman, esa piel que no se quiere juntar con la mía, ese torso que no quiere ser abrazado por mí. 

No hubo forma, en mi sueño, de convencerles de que no es fundado su temor, de que, aunque es cierto que tienen que tenerte envidida de tu rostro porque es más bonito que todos ellos juntos, no quieres compartirlo conmigo, y de que tus besos y tus miradas no están destinadas a mí. Que no es mi cuerpo el que quieres tener junto al tuyo. Que no es mi alma la que quieres ver completa. Pero nada, seguían apenados. 

Desperté, y ni estaban ellos ni estabas tú. Ya era de día, y solo me encontraba. Dormí de nuevo, y os volví a ver, a ellos y a ti. Desperté otra vez, y habíais desaparecido. Y deseé verlos a ellos en sueños, y a ti al despertar en mi cama, abrazada a mí, con tu mejilla cerca de la mía, y tus labios esperando los míos...

martes, 5 de enero de 2016

Mientras estoy aquí sentado notando como pasa el tiempo sin moverme, me viene a la cabeza tu recuerdo. En mis sueños te veo muy a menudo, pero no como en la realidad, ojalá. En mis sueños tus ojos me miran y me traspasan, me dan energía para mover todo lo que hay entre nosotros, apartarlo y acercarnos. Tus inmensos ojos oscuros, esos que me dicen lo contrario que tu boca, están cerca, muy cerca, casi tanto como tus labios, esos (seguramente, porque no los he probado) dulces labios de peligrosas palabras que no paran de llamarme cada vez que veo tu rostro, esos (seguramente) dulces labios que forman la sonrisa de la que sienten envidia todas las estrellas, y por la que la luna llena estos días dejó de brillar tanto, acobardada. Y por la que pelearía hasta quedarme sin una gota de sangre ni un aliento de vida sólo con que me lo pidieras, por cierto. Pero no me lo pides, y mi estómago sigue con un nudo, sigue pataleando cuando te acercas pero sin que te acerques, y mi corazón sigue helado, porque no lo quieres calentar. Sólo hace un amago, cuando me miras, pero es mirada pasajera, nada más. O cuando tu mejilla roza con la mía, fugazmente, momento en el que te atraparía y no te dejaría escapar... Pero luego la realidad viene a mí, y la tensa espera entre palabra y palabra tuya sigue ahí, esperando las adecuadas, que no llegan nunca. Que no vienen. 

Ojalá hicieras conmigo en la realidad lo mismo que en mis sueños, porque eso convertiría mi vida en un sueño. De los de no despertar nunca.

domingo, 3 de enero de 2016

Incertidumbre. Esa puta palabra que rodea cada acto de mi día a día, cada mirada tuya. Muchas letras para un sólo acto, decir la verdad, que es algo que no llega. Tus ojos me cuentan una cosa, tus labios otra, tu piel otra, y tus actos, lo contrario. ¿Qué ocurre? Dime la verdad de una vez, por favor, estoy harto de esperar tus besos, tus caricias y tus miradas, llegan pero no llegan, vienen pero nunca están aquí, las quieres pero no las quieres. Esto no es forma de estar, esto no es forma de sentir. Puta incertidumbre, deja de existir de una vez, y ven tú, certeza. Certeza de que quieres abrazarme y besarme, de que tus ojos sólo me miran y me iluminan a mí, de que tus labios desean decir mi nombre y probar mi sabor, de que tu cuerpo y tu alma quieren fundirse en una unidad con los míos. Pero leches, la incertidumbre es la peor de las torturas, la que estruja el corazón y congela el alma, la que patalea el cerebro y arranca los ojos. Deja de jugar, deja de decir/no decir, deja de actuar/no actuar, y ven a mis brazos de una vez. Te están esperando, quieren que llegues, para conseguir convencerte de que no debes salir de ellos porque merece la pena que los sientas. Pero leches, DILO CLARO de una vez por todas, que estás haciendo que muera lentamente. Si es que sí, que sea sí sin contemplaciones y hasta las últimas consecuencias, el último abrazo y el beso final. Y si es que no, pues que sea que no. Pero que sea algo, por favor.