Niña rosa. Señorita que atrae y aleja, ojos preciosos y peligrosos, alma hermosa y venenosa. Nada me gustaría más que acercarme a ti, nada quisiera más que alejarme de tu contorno, tu silueta quiero contemplar todos los días al despertar (tras soñar), tu rostro no quiero ver más.
No consigo acercarme a ti, no consigo estar en tu cabeza, no haces más que alejarme y querer que me acerque, indecisión que duele igual que las espinas de la rosa más hermosa del jardín. Entrando en mi piel, rozando mis nervios, doliendo y sonriendo a la vez, quiero sentir tu cuerpo con el mío, quiero que tu calor no se me acerque.
No, no es lo que quiero. En mis sueños estás, en mi realidad dueles. No, no puedo luchar contra tu interior, el resto es cosa mía, problemas, distancias, baches, obstáculos, venid a mí, que yo os destruyo, todos menos el muro de tu cabeza, menos la predisposición defensiva y acorazada. Montañas más altas he escalado, torres más grandes he tirado, enemigos más fuertes he derrotado. Todo con un fin, todo con una realidad. Pero no ahora.
Niña rosa, preciosa y peligrosa, no quiero tenerte cerca, no quiero verte lejos. No puedo hablar contigo, no consigo olvidar tu voz. No, no te quedes aquí, no, nunca te vayas.
¿Cuál es la adecuada? ¿Qué hace falta para saber si tu veneno es mortal o es eterno? ¿Por qué tengo que ser yo el que lo averigüe, por qué no me lo dices? ¿Por qué me cuentas que sí y que no a la vez, por qué haces mi camino tan indefinido, tan poco marcado, sin destino concreto? ¿Por qué he de caminar sin saber a donde, sin que me guíes? ¿Sabes que mis botas están cansadas de andar sin rumbo? Me planto, me siento, a la espera me quedo de una orientación que seguir. A la espera de tu calor sentir con un abrazo, de tus labios probar.