lunes, 11 de enero de 2016

Las velas, llenas de invisible viento del Norte, empujaban el barco hacia la costa. Aquel viejo cascarón de madera, roto por la triste batalla a la que sobrevivió, que seguía flotando por orgullo y no por estado, seguía navegando en sentido contrario a la muerte. El invisible viento del Norte, húmedo y frío, iba hacia el calor de un lugar en paz, tras la guerra. Aquel viejo cascarón de madera iba hacia la vida. Varios días a la deriva había estado, tras las semanas de sangre y muerte. Varios días de incertidumbre y falta de esperanza. Días en los que nada existe, nada se espera. Días en los que no hay luz, sólo noche. 

El invisible viento del Norte llegó en el último momento, en la última oportunidad de esperanza, chocando contra las velas de aquel viejo cascarón de madera, que seguía flotando por orgullo y no por estado, y haciendo que se moviera hacia el Sur.  Movimiento de vida, huída de la muerte por fin para quien estaba dentro del barco. 

Pocos quedaban en pie todavía, muchos habían caído por el camino. Y los que estaban, no estaban, sólo sombras de lo que fueron, eran. Ni ellos ni sus equipajes estaban enteros, ni sus armas ni sus defensas, sin muerte. Restos de enemigos revestían sus armaduras, entrañas de los caídos sus espadas mostraban, rostros ajenos grabados a fuego en los suyos y sus miradas, enemigos-hermanos que no volverían a casa nunca, en cuerpo al menos, pero que sí que irían con ellos el resto de sus días, en mente. Lucha estúpida, muerte gratuita, energía tirada, todo sin fin, sin sentido, sin motivo. 

No fue una travesía suave, tras su salida de puerto enemigo, en aquel viejo cascarón de madera, que seguía flotando por orgullo y no por estado, como el alma de los que en él viajaban. Sobrevivieron a una lucha sin cuartel, a bolas de fuego sin rumbo pero con destino, a embestidas de barcos enemigos y olor a pólvora lejana, a la compañía de la muerte y la confrontación con alguien más fuerte, y pocos quedaron con vida, que no vivos. Huyeron finalmente de aquel infierno frío los pocos que pudieron reaccionar, todos heridos, en cuerpo u orgullo, sin saber lo que les pasaría, pero con la certeza de lo que allí les ocurriría si se quedaban... 

Varios días desde el infierno frío del Norte, hasta que avistaron tierra hacia el Sur. Y varios días más, hasta que la alcanzaron, poco viento hacía ya, y mucho el calor se notaba. Alegoría de vida que no era tal, restos de lo que fue la que tenían antes de ir al Norte. Arribaron a la costa, no había puerto, y como pudieron, tomaron tierra, dejando en la cala aquel viejo cascarón de madera, que seguía flotando por orgullo y no por estado. Pronto sus manos y sus caras notaron la arena de la playa, en tierra firme por fin se encontraban, y desfallecidos sintieron recuperar la vida que no pensaban volver a tener. Sus miradas habían recuperado algo de calor, pero los rostros de sus enemigos-hermanos no se borraban, por mucho que se lavaran los restos de sangre que les marcaban como supervivientes de una cruenta batalla en puerto enemigo. El agua salada la tenían por dulce, al contacto, y el sol, por vida. 

 Días estuvieron montando un campamento y aprovisionando y reparando el barco, semanas que años parecían. De día, reparto de tareas, buscar provisiones y agua, reparar aquel viejo cascarón de madera que ahora por fin flotaba por estado, además de por orgullo, y crear una especie de techado con paredes donde tener refugio por la noche, momento que de día parecía por el firmamento. Recuento de batallitas, momento de compartir penas, y llorar por los caídos de cualquier bando, de cualquier batalla estúpida en la que se habían visto involucrados. Todo quedó listo por fin, aunque debían permanecer a la espera y más tiempo de ocio tenían. Una nueva batalla les esperaba, y no importaba donde, ni con quien, ni lo que hicieran para huir, inevitable era. La muerte les llamaba, y tenían que responder, era su destino, su vida, su fin.