domingo, 15 de febrero de 2009

La tensión se notaba en el ambiente. La motocicleta esperaba pacientemente a ser conducida. Mi vello, erizado a la vista de la situación que se presentaba. Todo mi cuerpo en guardia, todo mi ser volcado con el acontecimiento que, por fin, llegaría en unos pocos segundos. Se iba acercando el momento, y mis músculos se ponían en su sitio, esperando un acto por mi parte. Allá que nos montamos, el piloto en su puesto, y yo de espaldas a él, en sentido contrario a la marcha, en el asiento del pasajero, con la máquina mostradora de verdades a mi derecha, en mi mano forzada a su posición para evitar una caída letal. El casco bien puesto, las piernas apretando fuertemente el chasis de la motocicleta, las manos sueltas sujetando la máquina, y yo atento a un posible movimiento que me desequilibrara...

La salida se anunció, y la gran verdad se mostró. Una rápida aceleración como respuesta de la motocicleta tuvo al pitido que ponía punto inicial a la prueba, y una salida más lenta la ciclista... Yo allí, en medio, entre la carretera y mucha gente en vehículo, tenso, atento, expectante, nervioso y emocionado. Sin ver el camino que nos esperaba, pero notando sus consecuencias en forma de baches y curvas pronunciadas, esperando el momento de captar la realidad en su forma más pura, esperando una caída fatal. La realidad superaba cualquier imaginación. Todos mis músculos funcionando al 110% para cumplir con mi trabajo, siendo mejor que nadie, siendo más lógico que todos, siendo un jodido insensato que se estaba jugando el barato pellejo para obtener unas imágenes que nadie tuvo nunca, y que jamás tendrán. 

Conseguido. Llegada a meta entero, la adrenalina por fin se puso en su nivel normal tras varias horas de llenar cada célula de mi cuerpo, por fin motocicleta y piloto descansaron tras haber ayudado a mi trabajo, un trabajo que salió de maravilla... y que me encanta.