sábado, 17 de mayo de 2008

Llovía.

Aquella tormenta calaba los huesos de todo aquel que se atreviera a salir fuera de su refugio. Las gotas de agua caían con fuerza, golpeando todo lo que encontraban a su paso, fuese lo que fuese. Los caminos se habían convertido en trampas para los vehículos y los animales, las eras, pastizales y bancales, lagos improvisados que ocultaban los restos de la batalla que había tenido lugar en aquel valle. Los muertos se hundían, los heridos querían ser muertos, y los pocos que se podían mantener de pie deseaban no estar allí, no haber pisado nunca ese valle donde la muerte se había hecho tan poderosa, y la lluvia precipitaba al olvido todo aquello que se rendía. Intentaban sacar de allí a los que estaban vivos, pero el barro lo ponía tan difícil que preferían ver morir a los que dudaban de mundo en el que estar. Tres días de batalla, dos horas de lluvia, y un resultado que nadie querría haber conocido. Quien podía escapaba de allí como podía, todos deseaban olvidar lo que había pasado, imposible tarea por otro lado. La niebla comenzaba a acercarse, la oscuridad de la noche le acompañaba. El frío se haría más intenso y la muerte aumentaría su presencia en el valle.

Unos pocos soldados pudieron huir a tiempo de aquel lugar, antes de la tormenta. Todos caminaron durante horas hasta que la noche cayó y la lluvia les empapó. Vagaron caminando hacia las montañas, buscando un lugar seguro en el que descansar, pensando en que nada podría ser peor que aquella encerrona que les habían hecho.

Caminaron por el estrecho sendero embarrado, notando cada gota de lluvia en los huesos, cada relámpago en la cabeza, cada paso en sus pies empapados; el frío se adueñaba de sus cuerpos, y el horror de sus mentes. Pensaban en que habían huído de la muerte para ir a su encuentro, no sabían cuál sería su destino, las tinieblas de la noche y la niebla les habían hecho perder la esperanza. Hasta que tras una roca, vieron una luz. Se dieron cuenta de que era una cabaña, una pequeña cabaña de piedra de la que salía luz, y a la que decidieron acercarse.

La puerta de aquel lugar se abrió antes de que el grupo llegara a su lado, y una figura bien formada, alta, musculosa, y con extrañas ropas, surgió de la luz del interior. "Pasad", les dijo la figura, nadie respondió con palabras, pero todos aceptaron la invitación, y entraron a la cabaña. Una cabaña pequeña, con apenas una mesa, dos sillas, un armario, y una chimenea, que fue el destino final de todos aquellos muertos en vida. Se sentaron e intentaron calentarse.

- Soy Hassan -les dijo la figura, que ya habían podido ver bien-, y estáis en mi casa. Sed bienvenidos.