Mientras estoy aquí sentado notando como pasa el tiempo sin moverme, me viene a la cabeza tu recuerdo. En mis sueños te veo muy a menudo, pero no como en la realidad, ojalá. En mis sueños tus ojos me miran y me traspasan, me dan energía para mover todo lo que hay entre nosotros, apartarlo y acercarnos. Tus inmensos ojos oscuros, esos que me dicen lo contrario que tu boca, están cerca, muy cerca, casi tanto como tus labios, esos (seguramente, porque no los he probado) dulces labios de peligrosas palabras que no paran de llamarme cada vez que veo tu rostro, esos (seguramente) dulces labios que forman la sonrisa de la que sienten envidia todas las estrellas, y por la que la luna llena estos días dejó de brillar tanto, acobardada. Y por la que pelearía hasta quedarme sin una gota de sangre ni un aliento de vida sólo con que me lo pidieras, por cierto. Pero no me lo pides, y mi estómago sigue con un nudo, sigue pataleando cuando te acercas pero sin que te acerques, y mi corazón sigue helado, porque no lo quieres calentar. Sólo hace un amago, cuando me miras, pero es mirada pasajera, nada más. O cuando tu mejilla roza con la mía, fugazmente, momento en el que te atraparía y no te dejaría escapar... Pero luego la realidad viene a mí, y la tensa espera entre palabra y palabra tuya sigue ahí, esperando las adecuadas, que no llegan nunca. Que no vienen.
Ojalá hicieras conmigo en la realidad lo mismo que en mis sueños, porque eso convertiría mi vida en un sueño. De los de no despertar nunca.