martes, 2 de febrero de 2016

Hola. ¿Qué tal estás? Te escribo porque hace dos eternidades que no sé de ti. La real (o lo que me parece que es una eternidad), y la que dice mi corazón que hace. No sé, no sé en realidad cuanto hace, pero no hablo contigo. No veo tus ojos, tus labios no me sonríen. No sé de tu rostro. De tus palabras. Ni de tus gestos. ¿Qué ocurre? ¿Dónde estás? ¿Qué es de ti? ¿Piensas en mí? Yo todos los días me acuerdo de tu forma de mirarme, de la mueca de tu sonrisa al verme, del suave tacto de tu piel cuando, casualmente, me rozabas... Echo de menos tu compañía, tus palabras, tu forma de acercarte a mí... lo recuerdo y todo mi vello reclama tu presencia. 

¿Por qué esta ausencia? ¿Qué ha pasado, o qué no ha pasado, para que desaparezcas sin más de mi vida, que no de mi mente ni mi alma? ¿Por qué tu voz no me llega en vigilia, aunque sí en sueño, así como tu compañía? ¿Por qué este vacío?

No es una situación que me guste, por si no lo sabías, ya me había acostumbrado a tenerte cerca, a que me tuvieras cerca. Ahora has dejado un vacío que no me gusta, ahora sólo eres recuerdo que me viene a menudo, tanto en vigilia como en sueño, nada más. Y me pregunto el motivo, y si cambiará la situación para que en vez de alejarte, te acerques. 

¿Dónde estás? ¿Qué has hecho este tiempo? ¿Te acuerdas de que anhelo tus besos y tus miradas?