sábado, 22 de noviembre de 2008

Llovía

            Llovía. Llevaba varios días lloviendo sin parar, y parecía que seguiría otros días más. Era de esperar, aquel maldito clima… Siempre llover, y apenas unos rayos de sol a la semana nos daban algo de vida. Así no podíamos seguir, era demasiado. Ningún ser humano resistía en ese lugar mucho tiempo sin tener problemas. Era imposible. Así que pedí el traslado.

 

            Seis meses después de decidir irme de allí, pude hacer lo que esperaba. Salir de aquel infierno húmedo y frío, aunque no sabía si lo que me esperaba iba a ser mejor o peor. No tenía miedo al cambio, ni al nuevo lugar, simplemente temía que fuese peor que el sitio que acababa de abandonar. Una jodida selva en la que nunca se secaba nada, no dejaba de llover, todo era barro y animales peligrosos. Un paraíso, sí, comparado con una gran ciudad. Pero no dejaba de ser un lugar ciertamente peligroso para la supervivencia. Claro que, visto lo visto, siempre sería mejor que algunos destinos alternativos.

 

            Cuando llegué al aeropuerto, todo eran incógnitas. Hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a ese tipo de situaciones, me había acostumbrado a las serpientes, cocodrilos y algunos bichos de dos patas. Pero una ciudad… no sabía si iba a sobrevivir. Ciertamente, mi llegada causó revuelo, allá donde fui primeramente. Imagino que sería por mi vestimenta, más propia de un naúfrago que de un profesional como yo. O más bien por el hecho de que mi reacción fuese la de un niño que describe el mundo que le rodea, sin dejar de mirar a todas partes, buscando algo que sabe que no encontrará, observando lo que ocurre a su alrededor. No me afectó en absoluto, acostumbrado como estaba a vivir en la selva…

 

            Tardé unas semanas en acomodarme al nuevo destino. Al menos no se me había olvidado conducir, menos mal. Tampoco tenía que hacerlo mucho, por suerte el piso que me había proporcionado la empresa estaba muy cerca de la oficina, así que iba andando todos los días. Siempre hacía el mismo recorrido, bajaba a la calle, giraba a la derecha, andaba trescientos veintitrés pasos, volvía a girar a la derecha, pasaba por la puerta de una cafetería y heladería, luego una floristería, y al llegar al cubo de las rosas, giraba a la izquierda. Andaba otros cien pasos, saltaba un agujero en la acera, diez pasos más, y estaba en la puerta del trabajo. Al menos eso me salvaba del aburrimiento, por desgracia pasar de vivir en una selva llena de aborígenes y alimañas, a una ciudad llena solamente de alimañas, y completamente desconocidas, no era muy bueno para la vida social y la salud mental de uno. Así que me aburría como una ostra. Algunas noches me iba al parque de al lado de mi casa y me subía a algún árbol, aunque tuve que dejar de hacerlo después de que varias parejas salieran asustadas al notar mi presencia, aunque yo ni siquiera me había dado cuenta de la suya. Era divertido verlas correr calle abajo, a veces a medio vestir. En la selva era yo el que tenía que salir corriendo a veces, porque algún animal decidía intentar convertirme en su merienda del día.

 

            Tras dejar de subirme a los árboles, y tras haber contado los pasos todos los días hasta el trabajo, opté por recorrerme la ciudad en mi tiempo libre, mochila en la espalda y bocata dentro de ella. Dos meses después me la conocía completamente, ya no había rincón oscuro para mí. Así que volví a aburrirme. Por aquel entonces, ya había hecho alguna amistad en la oficina. Sobre todo los nuevos en la empresa, al saber quien era yo y que es lo que había hecho, se me acercaban para preguntarme por mis batallitas, como si yo fuese un abuelo deseoso de contarle la guerra a los nietos. Tanto las conté, que decidí escribirlas y darles copia a los que me preguntaran. Un día, justo cuando estaba saltando el agujero de la puerta de la oficina, se me acercó un compañero del trabajo. Me invitó a unas cervezas, cosa que acepté, ya que hacía tiempo que no me sentaba en un bar a degustar una deliciosa y espumosa cerveza de trigo… Mierda, aún se me hace la boca agua.

 

            La tarde fue interesante, realmente. Estuvimos bastante tiempo charlando, y cuando ya parecía que nos íbamos a despedir, a mi compañero le llamaron por teléfono. Lo cogió, y quedó con su interlocutor en verse allí, donde estábamos, en unos minutos. “Es un amigo mío redactor y editor”, me comentó. “Le he pasado una copia de lo que me diste, y quiere hablar contigo”, continuó. Me sorprendió, no me esperaba que a alguien le interesara algo que había escrito durante algunas tardes mientras cagaba en la oficina, pero bueno, no me importó, total, ese día, al igual que el resto desde que había llegado a la selva de hormigón, no tenía nada que hacer después del trabajo.

 

            Nos presentamos en cuanto llegó al bar. Se sentó, sacó una copia de mi texto, y me hizo algunas preguntas. Me propuso escribir algunos artículos para su periódico, más o menos como si de una novela por fascículos se tratase, sobre mis batallitas. No me pareció para nada una mala idea, me gustaba escribir, lo hacía a menudo, y al menos así mataría algo de tiempo libre. Ni siquiera pensé que me fuese a dar dinero, eso era algo que no necesitaba, ya iba bien servido. Así que acepté.

 

            A los dos meses, mi columna era una de las más leídas en toda la región. Alguna gente me reconocía por la calle, y me felicitaba por mi trabajo. En la oficina era la comidilla de los administrativos, y la verdad es que me reportó algunos ingresos interesantes. Incluso conocí gente, y fue más habitual verme en cervecerías y lugares de vida social. Pero me faltaba algo.

 

            Apenas un año después, mi vida había cambiado bastante. Ese periódico me abrió muchas puertas, al menos mi vida ya no era un aburrimiento. Una noche, mientras cenaba con el jefe, su mujer, mi amigo de la oficina, su parienta, y dos amigos más, tras las copas, el jefe me ofreció la posibilidad de escribir un libro. Algo así como un resumen de todo lo escrito hasta ese momento. Me pareció bien, seguía teniendo tiempo libre. Yo le propuse, además, escribir otro libro con otras historias diferentes, paralelas y opuestas a las del libro que me proponía él. Aceptó. Le di un plazo de un mes para los dos libros, me dijo que era imposible, a lo que le respondí que para mí no había nada imposible. Aceptó el reto, y nos apostamos un texto para la portada de su periódico, caricaturizando al otro. Justo cuando nos dimos las manos para cerrar el trato, me levanté de la mesa y me fui a casa, a preparar los dos libros. Esa misma noche había ya acabado el borrador de dos capítulos del primer libro. Una semana después, estaba corrigiendo el texto para darle su forma definitiva. A las dos semanas, siete días antes de finalizar el plazo, el jefe tenía en su mesa los dos originales, listos para su aprobación e impresión. Lógicamente, al ver que había perdido la apuesta, aceptó darme todo el hueco que necesitara en la portada de l periódico de un día a mi elección. Elegí el día de la publicación de los dos libros, dos meses después de que le llevara los originales.

 

            Siempre me acordaré de aquel día en que todo lo que me sucedió era imposible de creer. Presentación de dos libros, toda una portada para mí, y tú. Escribí un texto, para el periódico,  en el que primaba la ironía. Era una caricatura de mi editor, a mi juicio bastante simpática, que apenas me había llevado dos días escribir, y que él publicó sin reparos. La verdad es que fue una buena idea, ese día se agotó el periódico mucho antes de lo habitual. Justo por la tarde, la presentación de los libros. Acudimos él y yo, primeramente, mi amigo, sus respectivas señoras, y algunos periodistas de su rotativo, junto a varios medios de comunicación. La velada estuvo bien, fue distendida, incluso alegre, y la rueda de prensa posterior fue corta e interesante, por suerte no vinieron periodistas cuya pregunta más inteligente para formular era por qué seguía solo y sin compromiso. Menos mal, porque no tenía respuesta para eso.

 

            Me puse a firmar algunos libros antes de irme a cenar, empezó a gustarme eso de estar en el centro, decidí escribir más textos, aunque sabía que no todos harían que me encontrara en esa situación.

 

            Cuando ya parecía que habían dejado de lloverme libros para firmar, estaba a punto de levantarme, con ganas de cenar y dolor de mano. Miré la mesa, a ver si se había desgastado de apoyar tanto libro, y justo en ese instante oí unos pasos sonar mientras se acercaban a mí. Levanté la vista, y te vi a ti venir en paso rápido, libro en mano, y boli en la otra. Sinceramente, no sé como explicarlo todavía, a pesar de los años, pero noté como si algo dentro de mí se moviera. Y no eran las tripas, por el hambre, ni el culo, por el dolor de estar sentado tanto tiempo en esa maldita e incómoda silla metálica. Opté por sentarme de nuevo, y nos presentamos. Le levanté para darte dos besos, jamás se me olvidará la sensación de notar tu piel por primera vez, de sentir como tus labios se apropiaban de mí. Te firmé el libro, y te fuiste, desapareciste rápidamente, sin dejarme tiempo de saber nada de ti. Excepto tu nombre, Gloria.

 

            Pasó el tiempo. Mi vida no había cambiado en cuanto a acciones, pero sí en cuanto a pensamientos. Cada día me iba a un parque distinto, a escribir, con la esperanza de verte pasar por allí, pero fue en vano, durante meses estuve recorriéndome la ciudad entera sin contemplar tus hermosos ojos… Me apené bastante, en verdad, era la primera vez que pensaba en una mujer desde hacía muchos años, concretamente desde que llegué a la selva huyendo de una. Es curioso, me fui a una selva llena de serpientes huyendo de una ciudad en la que vivía una víbora.

 

            Seguía pasando el tiempo, y no te encontraba. Me apené más, todo el mundo lo notó, y un día mi editor me llamó para hablar. Le conté lo que me pasaba, y se rió. Me dijo que fuese a su despacho en cuanto pudiera, que era urgente, y salí para allá. Decidí irme en moto, el tiempo acompañaba, y me apetecía pasear para despejarme. Tardé más o menos lo mismo de siempre en tocar a la puerta de su despacho, y entré. Nada más verme se rió de nuevo, y me pidió que me sentara, cosa que hice a pesar de mi mosqueo. Me dijo que era un tonto, por enamorarme de una persona tan fugazmente. La verdad, no me dijo nada que yo no supiera ya. Tocaron a la puerta, y él dio paso a quien estaba esperando para entrar.

 

            Tú. Tus ojos, tus labios, tu nariz, tu piel… eras tú. Me quedé con cara de tonto, sin comprender nada de lo que estaba pasando. Mi editor me dijo que tú eras la corresponsal en un país cuyo nombre nunca he recordado, y que te habías marchado de la ciudad al día siguiente de nuestro primer encuentro, a tu puesto. Me miraste, te miré, y supe que tu alma y la mía se habían mezclado. Una vez acabada la reunión, salimos juntos del despacho, y seguimos hablando un buen rato más. Decidimos quedar para cenar, aún me acuerdo del menú. Caldereta de carrilada ibérica, fue la estrella de la noche. Y de postre… nosotros.

 

            Fuimos a mi casa, y toda la pasión del Universo se centró en nosotros. Entramos al piso besándonos, casi desgastándonos, nos denudamos mutuamente mientras llegábamos al dormitorio, me echaste en la cama y te sentaste encima de mí, disfrutando de cada movimiento tuyo estuve, disfrutando de cada movimiento mío estuviste, casi eternamente, me dio la sensación. Poco a poco fuiste más rápido, hasta que el momento de máxima excitación llegó, y temblaste, pero no de frío, ni de miedo, sino de placer. Y temblé, pero no de miedo, ni de frío. Paraste  de moverte, y te tumbaste encima de mí, besándome de nuevo, y abrazándome como podías. Nos tapamos  con la manta y nos quedamos abrazados un buen rato, hasta que comenzó a llegar a nosotros nuevamente la pasión, y vuelta a los temblores, y a los abrazos. Y así varias veces en toda la noche…

 

            Ya no nos separamos, hasta ahora. Me acuerdo que todo fue igual de rápido que la primera cita. En apenas unos meses saliendo juntos, nos casamos. Yo me dejé el trabajo en la oficina, tú en el periódico, y me ayudaste a escribir varios libros más, que nos permitieron tener todo el tiempo del mundo para nosotros, recuperando los días de nuestras vidas que habíamos perdido, por no conocernos. Nunca nos abandonó la pasión, jamás hubo entre nosotros una mirada en la que el alma del otro se escapase de nosotros mismos. Toda una vida juntos, enamorados, eternamente unidos en cuerpo y alma hemos estado hasta ahora… y no tengo pensado hacer que deje de ser así.