lunes, 6 de abril de 2009

Las dos de la madrugada.

Un ruido me despertó aquella noche. Hacía al menos dos horas que había dejado de llover, y la gran luna llena iluminaba toda la montaña.

Otra vez el ruido. ¿Qué sería? Estaba yo solo en toda la casa, en toda la montaña. Por mucho que elucubré aquella noche de desvelo forzoso, no encontré una posible solución coherente.

Tres noches después el ruido volvió. Pero esta vez me llegó preparado. Me levanté con una linterna y un bastón y salí rápidamente a la puerta de la casa, buscando la fuente del ruido que me desvelaba. Pero no hubo suerte. Otra noche en vela y sin resolver el asunto.

Una semana después, tras unas noches de calma pero de insomnio, nuevamente un ruido, esta vez más fuerte, me sobresaltó. Me levanté cansado, sin ganas de saber que era aquello que me había quitado el sueño, pero con ganas de encontrarlo, para poder descansar. Tampoco hubo suerte.

Repasé de arriba a abajo la casa y la zona cercana, en busca de una explicación lógica a todo el asunto, pero no tuve éxito. Así que decidí no preocuparme por ningún ruido, y durante un mes pude dormir. Hasta que el ruido volvió. Pude identificar el sonido pero no lo veía posible. Me di cuenta de que sólo me despertaba cuando sonaba en un sitio concreto, y me di cuenta de que ese sitio era el espacio entre mi mesita de noche y mi cama, como si alguien quisiera despertarme a cosa hecha. 

Tres noches seguidas de ruido y tres noches de descubrimientos. Cada noche me daba cuenta de algún detalle nuevo. Pero no encontré ni al autor ni el motivo de tal ruido. 

Volvió la luna llena, y un viento endemoniado se paseaba por toda la ladera. Ruidos por todas partes invadían mi noche, pero ninguno como mi ruido. Yo no me había dormido aún, así que pude darme cuenta de que algo pasaba. Estaba tumbado en la cama y sentí algo que hacía años que no notaba. Noté un brazo rodeando mi cuello, otro tocando mi pecho, y un pie acariciando el mío. Me quedé helado, casi muerto, al notar esa sensación. En realidad fue apareciendo poco a poco, hasta que fue una sensación completamente real. Decidí no hacer nada, esperando, haciéndome el dormido, a ver lo que pasaba. A las dos de la madrugada la sensación desapareció y oí el ruido. Y se acabó. El silencio y la soledad más absolutos fueron mi única compañía esa noche. 

Me quedé horas pensando y analizando la situación. Cada uno de los segundos anteriores fueron revividos y desmenuzados por mi mente en buscar de una explicación coherente. Pero nada, otra noche perdida. 

Pasaron dos meses. Seguía sin dormir, todas las noches se repetía la sensación que aquella noche descubrí. Todas las noches notaba como si me abrazara alguien que nunca existió, alguien que no sabía ni quien era ni por qué era yo al que se abrazaba. La verdad es que en ese momento me di cuenta de que estaba dejando de vivir, pensando en esa situación. Hacía dos semanas que no iba a trabajar, sólo bajaba a la ciudad para ir a la biblioteca, en busca de una solución que al menos me hiciese poder descansar. Pero nada. No hubo éxito. Pregunté a todos los vecinos, sobre todo a los mayores, para ver si había alguna leyenda sobre fantasmas en la zona. Pero nada. Tampoco hubo éxito. Me estaba volviendo loco. No dormía, no vivía, no trabajaba ni hablaba con nadie. Me obsesioné con esa puñetera sensación, quería saber qué significaba. Pero no había forma. 

Por fin saqué algo en claro una noche de luna llena. Pero, la verdad, mejor no haberlo hecho. Hacía unos días que la sensación se había hecho más fuerte, hasta tal punto que me oprimía. O a lo mejor era yo mismo en mi propia decadencia física y mental. Aquella noche decidí levantarme de la cama tras oír el ruido, para ver si tenía algo posterior. Efectivamente, así fue. Me asomé a uno de los ventanales de la casa, mirando hacia la puerta. La luna llena me permitía verlo todo claro... incluso a ella. Fueron apenas dos segundos, pero jamás se me olvidará su cara. Vi una figura de mujer salir de mi casa. Una mujer de tez muy clara, ojos muy oscuros, como su pelo, largo y movido por el viento. Ella no era muy alta, pero sí tenía un cuerpo casi perfecto. Justo como siempre pensé que sería mi mujer ideal, justo como nunca encontré. Llevaba un vestido largo con vuelo, de color claro, el viendo lo movía hacia atrás, insinuando las cadenas y los pechos de aquella mujer que nunca existió. De pronto algo brilló en su mano izquierda, por el reflejo de la luna, y me di cuenta de que había descubierto la fuente del ruido. Llaves. Llevaba un manojo de llaves en su mano izquierda. En ese instante, en que la mujer que nunca existió me miró, una nube tapó la luna, y la figura desapareció. 

La sensación estuvo un mes sin visitarme, la mujer que nunca existió dejó de existir. Ese mes empeoré. Me había acostumbrado a su presencia y no notarla me provocaba peores pensamientos que cuando me abrazaba. Me había vuelto loco, echaba de menos a un fantasma que me abrazaba de vez en cuando. 

Llegó el día. Luna llena. Me acosté vestido, me había decidido a resolver el asunto esa noche. Dejé las puertas y ventanas abiertas, para poder correr detrás de la mujer que nunca existió. Llegó el momento. Me abrazó. Pero fue diferente, duró más que de costumbre. Me quedé en blanco, desconcertado. Aunque finalmente oí el ruido. En ese instante salté de la cama en dirección a la ventana, salté por ella y caí de pie, para dirigirme luego hacia la puerta. Me planté frente a la mujer que nunca existió, y me vio. 

- Alto. - Le dije.
- Hola - me respondió -, has tardado mucho.
- ¿Qué? ¿He tardado?
- Sí. Llevo meses esperando este momento. 
- ¿Cómo? ¿Quién eres?
- Tú me conoces como la mujer que nunca existió, pero en realidad soy la muerte.
- ¿Cómo? - Me tuve que sentar.
- No es difícil de comprender, en realidad. Yo soy la muerte y llevo meses esperando esta noche.
- ¿Por qué? ¿Y por qué yo?
- Tenemos tiempo de sobra, así que creo que te lo puedo explicar. ¿Puedo sentarme a tu lado?
- Cla... claro - Todo mi cuerpo se hizo un escalofrío ante su acercamiento -. Por supuesto.
- Gracias - me dijo al sentarse -. El asunto es bien sencillo. Gracias a ciertas cosas que jamás entenderías me puedo permitir el lujo de manejar a la gente a mi antojo. Normalmente me llevo a quien quiero rápidamente, sobre todo a gente anciana, pero cada vez más me gusta provocar algo de sufrimiento antes del gran momento.
- ¿Y por qué yo?
- Me apetecía. Te he estado buscando mucho tiempo. Tú me has llamado la mujer que nunca existió, pero en realidad esta imagen que ves es un reflejo de tu mayor deseo en la vida. 
- ¿Qué?
- ¿No te has dado cuenta todavía?
- ¿De qué?
- ¿Cuál ha sido siempre tu mayor temor? 
- Pues la verdad, no lo sé. 
- Claro que lo sabes.
- La soledad.
- Exacto. La soledad. Tú siempre has deseado vivir en compañía de alguien con el cuerpo que ves en mí, y formar una familia. Pero nunca lo has hecho. Te desesperaste porque no llegaba esa persona y mira como has acabado. Solo, en la montaña, sin esperanzas de nada.
- Me gusta esto.
- No me hagas reír. A mí no me puedes mentir. Lo sé todo de ti. ¿Ves estas llaves que tengo en mi mano? Te controlan. 
- ¿Qué? ¿Cómo haces eso? 
- Es sencillo. Con estas llaves abro puertas que desembocan en tus consecuencias. Cuando eliges algo lo que haces en realidad es mirar la puerta que yo he abierto con esa opción.
- ¿Y por qué llevas meses torturándome?
- Me gusta verte sufrir. Lo he hecho siempre. Por eso estás donde y como estás. Solo y abandonado. 
- ¿Por qué yo?
- Porque te quiero para mí.
- ¿Qué?
- Lo que oyes. Llevo meses durmiendo contigo porque me gusta sentirte. Te llevo observando toda la vida, y te llevo preparando para este momento desde el momento en que decidí que serías mío. 
- ¿Cómo? No tiene sentido.
- ¿Por qué no?
- Pues... no lo sé - me levanté -. Eres la muerte, caramba.
- ¿Y?
- Que no sientes.
- Eso tú no lo sabes.
- Joder, pero eres la muerte.
- ¿Y?
- Pues eso. Que no tiene sentido. 
- Claro que lo tiene - me dijo mientras me sentaba de nuevo -. Ya tendré tiempo de explicártelo.
- ¿Me vas a estar haciendo sufrir mucho tiempo más? ¿Y encima con ese cuerpo?
- Respecto a esto último te diré que esta forma es la que ha elegido tu mente para que adopte al verme. Soy como tú me quieres ver.
- ¿Y respecto a lo otro?
- No tiene importancia ya. Para ti el sufrimiento no importa y el tiempo no existe. Estás muerto.
- ¿¡Qué!? - Me levanté de golpe. 
- Mira hacia la ventana, cariño mío.

Miré y vi mi cuerpo tirado en el suelo, bajo la ventana. Me acerqué y me observé, inmóvil, sin vida.

- ¿Qué me ha pasado? - Pregunté.
- Has caído de cabeza al intentar bloquearme el paso, no de pie - me respondió ella-. Sinceramente, me esperaba otra cosa de ti. Ahora eres un espectro. 
- ¿No dices que lo sabes todo? 
- Sí, pero no que lo espere todo. A fin de cuentas, el humano eras tú. Impredecible a veces incluso para mí. 
- ¿Y ahora qué? 
- Ya eres mío. Eternamente.

Me miré en el suelo, y miré mi espectro. Luego la luna llena, y a la muerte.

- ¿Nos vamos? - me dijo ofreciéndome su brazo.
- De acuerdo.

Le cogí del brazo y llegó la eternidad.