La noche caía en aquel lugar tan triste que me había encontrado en mi camino.
Cada paso que daba era una agonía interminable. Un dolor insoportable. Mis heridas, aunque no visibles, eran muy graves, y me impedían seguir con vida mucho tiempo más. Claro que tampoco quería seguir vivo, después de aquello. Un paso más, y otro, y otro, pinchazos en el corazón me mataban poco a poco, un dolor desgarrador recorría todo mi pecho, acordándose de tu cara, de tus ojos, de tus labios y de tu nombre, provocándome, a su vez, saladas muestra de tristeza en mi rostro. Mi muerte, a fin de cuentas.
Recuerdo perfectamente por qué estoy así, y qué hiciste para dejarme en este estado. Simplemente fuiste tú. Ni más, ni menos. Tu pelo oscuro, tus ojos llenos de luz, tus labios dulces, tu piel suave, y tu forma de ser, fueron los culpables. Sólo tu presencia ya me provocaba un movimiento en el pecho, un vuelco en el estómago. No recuerdo cómo nos conocimos, ya hacía mucho tiempo, y casi desde el primer momento sentí que debía amarte, que debía seguir tu alma, como si de un objeto sagrado se tratase. Devoción es la que sentí por ti, nervios cuando estabas delante, y tristeza cuando no lo estabas. Cuando te tenía ante mí, moría de ganas de abrazarte y besarte, y cuando no estabas, moría de ganas de tenerte ante mí.
Nos conocimos, nos caímos bien, y comenzamos a hablar a diario. Me enamoraste día a día, penetrando en cada célula de mi cuerpo, bien dentro, pero no te podía decir nada, no me salían las palabras que quería decir... Nos hicimos amigos, y compartimos secretos e ilusiones. Me dijo alguien sin credibilidad que me querías, y yo le creí. Pero no me armé de valor para decirte nada, en mucho tiempo... demasiado, quizá.
Llegó el día. Me propuse contarte la verdad sobre lo que sentía, y nada ni nadie me podría impedir tales palabras, pensando en mi segura victoria, por lo que había oído, y creído ver entre tus líneas. Quedamos, como casi cada día, y comenzamos a charlar, como casi cada día. De repente, mientras palabras banales surgían de esos labios que me tenían loco, que eran una llamada demasiado fuerte como para resistirme a besarlos... te dije "te quiero". Se hizo el silencio, me miraste, cerraste los ojos, y otras palabras surgieron de esos labios que me tenían loco, pero esta vez demasiado dolorosas para mis oídos: "eres mi amigo".
Morí en aquel lugar, en aquel momento. Tú me mataste. Mi corazón dejó de ser tal, para convertirse en un lastre. Mi vida se llenó de sombras, y mi alma, simplemente, desapareció para errar sin mí. "Lo siento", apuñalaron tus labios sobre mi corazón. Te levantaste, y te fuiste. Y yo me levanté, intenté ir detrás de ti, pero las lágrimas y unas piernas que no me respondían, me lo impidieron. Caí al suelo, y no me quise levantar nunca más... pero lo hice. No sé el tiempo que estuve allí, tirado entre los adoquines de aquel triste callejón... pero me levanté. Comencé a caminar en sentido opuesto al tuyo, sintiendo pinchazos en el corazón a cada paso...
Gracias. Gracias por no quererme. Gracias por permitirme ser yo otra vez.