Expresiones de desahogo por doquier barren este lugar lleno de letras tristes y alegres, apenadas y contentas por estar aquí.
lunes, 30 de noviembre de 2015
Llega la noche y mi cuerpo y mi alma están deseando encontrarte. Una fiesta para mis sentidos es que estés frente a mí, que te acerques, que me susurres cualquier cosa al oído mientras huelo tu perfume natural, mientras tu pelo roza mi cara haciéndome cosquillas. Una vista estupenda tengo mientras veo como te quitas la ropa y te pones un pijama muy bonito que, por supuesto, es regalo mío, para que cuando no te esté tocando mi piel, mi deseo lo siga haciendo. Una sensación de paz llega a mí cuando te metes en la cama, a mi lado, te tapas con las sábanas y te acercas a mí. Que me abraces, que me aprietes contra ti, me encanta... Cuando tu aliento roza mi cuello al acercarte, escalofríos siento (aunque no los mismos que cuando me tocas con tus pies helados...) mientras tus brazos me atrapan en tu mundo, mientras siento tu fuerza, tu calor, tu torso en mi espalda... No necesito nada más para ser feliz. Hasta que me pides que te abrace y te das la vuelta. Ahí ya todo lo que yo creía que era ser feliz, se queda en nada, una nimiedad comparado con abrazarte, sentir tu espalda en mi torso, rodearte entera con mis brazos hasta que mis manos se juntan delante de ti (o, ya de paso, se posan sobre partes de tu cuerpo muy interesantes), mi aliento en tu cuello, tu oreja en mi boca, tu pulso en mi mejilla, tu respiración en mi alma. Calor humano, paz en compañía, me da igual que el mundo fuera de nuestra cama se venga abajo, me da lo mismo que caigan truenos y tormentas, que la nieve invada las calles, que la lluvia las arrastre o que la noche se vuelva tan oscura que sólo tus ojos abiertos den luz al mundo. Me da igual, te estoy abrazando, y paz siento cuando tú la tienes mientras duermes, cuando sé que mi cuerpo está cerca del tuyo, cuando mi alma sigue mirándote en nuestros sueños.