martes, 21 de julio de 2015

Nuestro primer encuentro no fue casual. No podía serlo, fue tan casual que ni la casualidad lo creería para sí. La primera vez que rocé tu piel, aunque fuese en aquella escalera y porque si no te caías, fue la primera vez que vi el cielo. Tu tacto, tu olor, tu cara de susto, fueron la llave de otro mundo para mí. No, no fue casual, estoy seguro. El segundo, quizá, sí. Pero en el mismo sitio... y misma situación. Que patosa, pensé, cuando por segunda vez, día distinto y hora diferente, te cogí para que no cayeras por la misma escalera. Lo raro fue que el tercero no fuese igual, se limitó a una sonrisa de ambos, una mirada que creo nos unió para siempre. 

Me habitué a encontrarme contigo en esa escalera, aunque ya no te tocara. Los días en los que ambos descansábamos del trabajo, te echaba de menos. Verte me iluminaba el camino más que las luces de aquel pasillo asqueroso que me llevaba a una vida que yo no quería. Sentirte cerca, aunque sin roce, me daba fuerzas para ir al trabajo y aguantar allí todo el día. Sin duda te habías convertido en el único motivo por el que seguir cada día hasta ese asiento en esa oficina. 

Horror de día, cambio de oficina. Cambio de ruta, de horario, de pasillo asqueroso. Cambio de escalera. Dejé de verte, de sentirte, de notarte en mí. Tinieblas ocuparon mi paseo diario hasta el nuevo lugar de trabajo, frío hacía aunque fuese verano. Cada día el recorrido, aunque igual, era más largo. Más tedioso, más solitario. 

Recuerdo cuando nuestro destino nos llevó a nuestro reencuentro, fuera de aquella escalera, fuera de aquel pasillo asqueroso, meses después de que dejara de contemplar el rostro más belllo creado, los ojos más bonitos que se podían ver. De noche era, en el bar estaba con unos amigos. No fue una escalera lo que en esta ocasión te llevó a mis brazos, sino una banqueta mal colocada. Nuevamente te salvé de una caída, en un mundo diferente que, aunque no me agradaba tampoco, al menos me permitía algo parecido a una vida social establecida moralmente. Te quedaste abrazada a mí, me miraste, volví a notar tu tacto, volví a oler tu alma, volví a ver tus labios, volví a sentir tu mirada. Fue distinto esta vez, parecía como si tú hubieras también buscado mi alma. 

Horas pasaron durante nuestra conversación, años cada segundo, no me di cuenta pero allí estabas hablando conmigo, contándome cosas que me acercaban a ti, que movían los labios que, por supuesto, ya estaba deseando besar, hasta que no me pude resistir y me acerqué a ti. Mi cara, cerca cada vez más de la tuya, iba rotando ligeramente para poder llegar hasta tu boca, mis ojos se iban cerrando, mis labios preparando, mi temor a que te apartaras aumentando. Por fin mis labios pudieron saborear los tuyos, y en un beso sellamos nuestra burbuja donde nadie más entraba. Tus brazos rodearon mi torso, los míos tu cintura, nuestra saliva empezó a mezclarse, segundos eternos de sabor mutuo y labios en conversación tocándose. 

Sin casi despegarnos, llegamos a casa. Parecía que la fricción de nuestros labios hubiera provocado una pasión irrefrenable de acercamiento total, y así resultó ser, si tenemos en cuenta que antes de entrar en el piso la mitad de nuestra ropa ya estaba volando por la estancia. Nuestros labios seguían juntos, nuestras manos seguían descubriendo el cuerpo ajeno, nuestra piel seguía fundiéndose. Nada había parado, todo era movimiento, hacia el dormitorio, hacia el lugar favorito de los amantes como nosotros. Caímos en la cama juntos, yo debajo. Sentí tu cuerpo sobre el mío, sentiste mi cuerpo queriendo entrar en el tuyo. Tus pechos, ya desnudos antes de llegar a la puerta del dormitorio, entraron en contacto con el mío, tus pezones, erizados anticipándose al placer, apretaban mi piel, dejándome sentirlos, haciéndome desearlos. Poco a poco los acercaste a mi boca, y los pude saborear, y a ti excitar. Nuestros labios, que se echaban de menos, decidieron que querían estar juntos de nuevo, y deslizarte tu cuerpo en descenso por el mío. Tus manos, sin control, acariciaban cualquier rincón de mi cuerpo que encontraban al moverse, mis manos en tu espalda se hallaban notando tu piel.

Los dos sabíamos cómo iba a acabar aquello, así que tampoco intentamos poner muchas pegas, ni retrasarlo mucho. Una vez que nada de ropa nos quedó, era fácil saber lo que iba a pasar a continuación. Nuestros cuerpos, ya sin interferencias sintéticas, se sentían uno, nuestros sexos se llamaban a gritos, y cuando en un movimiento ya conocido hiciste que el mío penetrara en el tuyo, no había vuelta atrás. Excitados ambos, comenzaste tú a mover tu cuerpo sobre el mío, sentándote y dejándome ver tu torso, tus pechos, tu cadera, tu mirada, llamando a mis manos todos, que no pudieron evitar acercarse, primero a la cadera, luego a los pechos, más tarde a tus manos, agarrándonos fuertemente como apoyo a tus movimientos, cada vez más marcados y rápidos, acompañados de gemidos de ambos. 

No sé cuanto tiempo pasó, pero de día se hizo mientras nosotros seguíamos en una burbuja de placer físico que ambos esperábamos desde nuestro primer encuentro en la escalera de aquel pasillo asqueroso. No parabas de mover tu cadera, cada vez más rápido, cada vez más altos tus gemidos, cada vez más cerca del punto de no retorno, del fin del principio. Tampoco había sorpresa al respecto, cuando el orgasmo de ambos llegó, cerca del cielo nos quedamos los dos, para luego detener lentamente tus movimientos hasta parar y caer sobre mi torso, con tu mejilla sobre mi pecho, con tu mano sobre mi mano, con tu alma dentro de mi alma, donde quedaron un tiempo incalculable (que para el resto del mundo era algo así como media hora), mientras descansabas y dormías. Tu pelo muy cerca de mi cara estaba, tu frente al lado de mis labios, tus ojos, cerrados ahora quizá viéndome en sueños, y esa nariz tan graciosa tuya que me había encantado desde la primera vez que estuvo cerca de mí. Tus labios seguían llamándome, pero no podía besarlos, no quería despertarte del sueño en el que, como he dicho, quizá estuvieses viéndome. 

Por fin decidiste verme en vigilia, y tus preciosos ojos se abrieron para mirarme. Una sonrisa acompañó a nuestro primer encuentro tras el sueño, y un beso después, que me supo a lo que quieras que sepa lo más dulce del mundo, lo dejo a tu elección. Otro le siguió, y otro, y una mirada pícara me dio a entender que querías que nos volviéramos a unir, para lo que nuestros cuerpos nuevamente fueron uno...