Tus ojos me cuentan muchas cosas, me narran tu vida, me chivan tus secretos y tus miedos. Me dicen, por ejemplo, que has sufrido mucho, pero que quieres vivir. Que tienes miedo, pero a la vez quieres arriesgar. Me dejan claro que tu mente no se pone de acuerdo en que parte creer, en la que me escucha o en la que me rechaza. Que me quieren cerca, pero me quieren lejos.
¿Sabes? Me encantan tus preciosos ojos, la forma que tienen cuando ríes, como me miran antes de besarme, el brillo que muestran siempre (incluso cuando lloras), son muy esclarecedores. Me gustan mucho (como el resto de la dueña, claro), me iluminan los ratos tristes, los echo de menos cuando parpadean o parpadeo.
Me enseñan mucho de ti. Como eres, como sientes, como amas. Una estupenda mirada de alguien estupendo. Alguien que me ha dejado ver una pequeña parte de su alma, por desgracia no es más lo que he podido contemplar, muy a mi pesar. Que a ratos quiere alejarme, para no hacerme sufrir, que no tiene claras las cosas consigo misma. Me da igual el sufrimiento si la recompensa es tu compañía. Me da igual tener que llegar a cualquier rincón del mundo si es para ver tu mirada antes de besarme. Cualquier obstáculo es pequeño, si al pasarlo estás tú para abrazarme. Pero demostrarlo no puedo, no quieres.
Hace un tiempo cercano pero indeterminado te dije que la belleza de tu mirada era la envidia de todas las miradas pintadas en todas las obras de arte del mundo. Si cualquier pintor conociera tus ojos, su brillo, su color, su forma de mirar, hubiera desgarrado sus pinturas y empezado de nuevo, fijándote en ti. Y no te puedes ni imaginar lo que me gustaría decirles que tu mirada sólo se fija en mí, y que se busquen la vida. Pero no puedo.
Sonríe, que se cierren tus ojos y sean tan bonitos. O mantenlos abiertos y se muestren preciosos. Pero que siempre me quieran mirar. Que siempre me quieran atrapar. Que siempre brillen.