Anoche soñé contigo. Anoche te volví a tener. Te vi acercarte a mí, ibas andando y moviendo la cadera (esa que no dejaría de tener cerca de mí si pudiera), mientras tu pelo me impedía ver tu cuello, no me dejaba observar lo que me gustaría estar besando toda la noche (con permiso de tus labios que me llaman), mientras cada vez sentía más hundida en mí tu alma. Cada vez mi cuerpo estaba más alerta ante tu llegada, cada vez mis brazos se levantaban más para abrazarte cuando te fundieras conmigo, cada vez mi corazón más se aceleraba y esperaba el mejor momento desde el último sueño, desde tu último abrazo.
Tus pasos te encaminaron a mí, te guiaron hasta mi presencia. Por fin mis brazos pudieron tocar tu cintura, por fin mis labios pudieron sentir tu energía mientras me besabas, por fin mi corazón y el tuyo iban a la par. Tu mirada, la que me conectaba con un mundo perfecto en el que sólo existíamos tú y yo, me transmitía la energía que me hacía falta para mover montañas, me dejaba ver tu interior, me reflejaba. Que bonito sueño, cuando me querías. Que a gusto estuve durmiendo a tu lado, toda la noche, sin importar nada más, sin que existiese nadie fuera de lo que nuestros brazos tocaban.
Pero que lástima, que sólo fuese un sueño. Pobre de mí que solo me vi al despertar, en mi cama sin tu presencia. Quién me mandaría a mí a soñar contigo, quién me diría que serías mi sueño. Quién, en su sano juicio, se creería que sólo eres un sueño. Porque despierto, aunque lejos, te veo, te siento acercarte, te noto besándome, te rodeo con mis brazos en tu cintura. Ven, acércate, que aunque los sueños sólo sean eso, sueños, el nuestro realidad puede ser.