Tú me mirabas, yo te miraba. Ambos nos helábamos, pero nos daba igual, nos estábamos mirando. Tú, yo, y nadie más en el mundo. Tú, yo, y toda la eternidad por delante para estar juntos. Tú, yo, ¿para qué más?
La niebla avanzaba hacia nosotros, que comenzamos a caminar para huir de ella buscando un refugio. La noche nos alcanzó por el camino, pero no nos importó. Llegamos a la cabaña justo a tiempo para no vernos envueltos en la no visión blanca. Entramos y nos acercamos al fuego de la chimenea, el único punto de luz en kilómetros. Nos sentamos, nos miramos, me sonreíste... y el fuego de la chimenea dejó de ser el único punto de luz en kilómetros.