miércoles, 19 de enero de 2011

La suave brisa de la helada tarde recorría toda mi piel que se ponía en su camino. Los olores de la lluvia invadían mi olfato, mientras mi vista se deleitaba viendo el campo mojado, la niebla invasora, y a ti mirándome. La oscuridad de la incipiente noche se dejaba ver poco a poco, ocultándose a la vez el sol de invierno por detrás de las montañas que coronaban aquel valle...

Tú me mirabas, yo te miraba. Ambos nos helábamos, pero nos daba igual, nos estábamos mirando. Tú, yo, y nadie más en el mundo. Tú, yo, y toda la eternidad por delante para estar juntos. Tú, yo, ¿para qué más?

La niebla avanzaba hacia nosotros, que comenzamos a caminar para huir de ella buscando un refugio. La noche nos alcanzó por el camino, pero no nos importó. Llegamos a la cabaña justo a tiempo para no vernos envueltos en la no visión blanca. Entramos y nos acercamos al fuego de la chimenea, el único punto de luz en kilómetros. Nos sentamos, nos miramos, me sonreíste... y el fuego de la chimenea dejó de ser el único punto de luz en kilómetros.