Quizá sea demasiado pronto para escribir de nuevo. Sobre todo si tenemos en cuenta que las circunstancias siguen igual que antes. Pero me veo en la obligación de responder a todos aquellos que se han dignado a escribir comentarios, y a todos aquellos que no se han atrevido o les ha dado pereza, y que sin embargo me han hecho llegar sus impresiones.
Os quiero a todos. Gracias por estar ahí. Pero el hecho de que haya otra gente peor que yo no me alivia, todo lo contrario, porque al fin y al cabo lo mío son tonterías, si comparamos con el hambre o las guerras que vive el planeta. Pero son mis tonterías, las que me despiertan por las noches, o no me dejar estar despierto por el día. Bastante tengo ya encima como para poder preocuparme por salvar el mundo, cosa que me gustaría hacer, pero... ¿cómo puedo ayudar a los demás si no me puedo ayudar yo mismo? Mi gran amigo Triple lo sabe muy bien, llevamos muchos años luchando juntos, peleando por aquello que consideramos justo y necesario. Desde los tiempos del periódico, de Radio Azorín (¿Te acuerdas?), de Asencro. Aquellos viajes en el R5 a Valencia, para llevarte al campamento, aquellos paseos por el campo, las noches de fiesta por lo que entonces merecía la pena en este puñetero pueblo... no recuerdo haberme echado atrás nunca, bien lo sabes, con todos los problemas que tuvimos, ayudando a los demás: las peleas con nuestro amigo Iván, las jornadas deportivas, el Trofeo de Futbito, el gran ¡Entérate! y las historias con el director... Nunca me he arrepentido de nada de lo que he hecho o he intentado hacer por los demás, y nunca me arrepentiré, ya que he conseguido hacer feliz a mucha gente, incluso desconocidos. Y voy a seguir luchando por aquellos que no me conocen y que sin embargo tienen algo gracias a mí. Aunque sea sólo ver lo que ha pasado en este asqueroso pueblo un fin de semana.
He formado parte de la historia, he sido testigo directo, y gracias a mí mucha gente lo ha sido también. Gracias a mi sacrificio, a mi esfuerzo, a mi cansancio, a mi afán por grabar las mejores imágenes, muchísima gente ha vivido, aunque en diferido, la historia de Elda. Mis fines de semana perdidos han servido para algo, he dejado constancia de lo que ha pasado para toda la eternidad. Las generaciones futuras, los hijos de aquellos que me ven, podrán ver lo que pasó aquí hace años, gracias al trabajo de personas como yo, que estamos ahí, que estamos siempre ahí, cargados hasta las cejas de aparatos para participar y ser testigos, y para poder llevar el relato a mucha otra gente.
¿Ha servido todo esto para algo? Sinceramente, creo que sí. Mis penas han sido las alegrías de otros, mi llantos, sus risas, mis noches en vela han significado el sueño de esos a los que no conozco y que, sin embargo, he podido ayudar de una manera u otra. Al menos sé que, si bien mi vida ha sido una contínua mala racha en general con muy buenos momentos, he podido hacer feliz a mucha gente, aunque casi todos han sido desconocidos, mientras que aquellos que me importan de verdad prácticamente sólo han sufrido conmigo. Y lo siento muchísimo, lo siento de corazón, ya quisiera yo no haber sido así. O sí. No tengo por qué arrepentirme de nada, nunca lo he hecho y nunca lo haré. Todos tenemos un destino marcado, si el mío es sufrir, si el mío es ser infeliz y hacer felices a los demás, encantado de recibirlo. Pero lo que no haré será perder las oportunidades de reír, de abrazar, de amar, porque nadie me las va a devolver, y porque creo que me merezco ser feliz.
Todo lo que dije ayer es cierto, sigo estando de acuerdo y me reafirmo. Pero nunca me he considerado un cobarde, creo que no lo soy, quizá a veces incluso temerario, y aunque lo vea todo negro, porque, sinceramente, ahora lo veo así, sé que no tengo más alternativa que la lucha sin cuartel, desagarradora, despiadada. Infeliz ya soy, pero si he de morir, moriré de pie. Y si por casualidad tengo un poco de suerte, cosa que no suele ser común, aprovecharé para alzarme todo lo que pueda, y si puedo, esquivaré a quien me quiere hundir, y si no, me hundiré de nuevo, deseando volver a intentar levantarme. Aunque a veces no tenga ganas.
Me siento oprimido, hastiado, cansado, perdido, humillado y helado. Siento que este no es mi lugar, que no es mi época, que soy demasiado viejo, o demasiado joven. Que las cosas deberían ser mucho más sencillas de lo que son, que debería haber vivido en una época de educación y respeto que hoy día no existe y que, sin embargo, es lo que creo que nos merecemos. Siento la necesidad de cambiar el mundo, de luchar por aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos, de hacer feliz a quien me encuentre en el duro camino de la infelicidad. Pero estoy atado de pies y manos, no puedo hacer nada, al menos hasta que no lo haga por mí mismo, de lo que no me quedan muchas ganas. Siempre he dicho que el día que repartieron la paciencia, yo estaba en primera línea. Ahora pienso que, si tengo tanta como pensaba, me la están robando, porque se me acaba.
¿Qué puedo hacer para solucionar esto? Sólo puedo hacer dos cosas. Una es seguir respirando hondo cuando esté en el campo, para llenar mi cuerpo de una vitalidad que día a día pierdo con estas situaciones, y otra, ayudar en la medida de lo posible. No es mucho, quizá ni llegue ni a poco, pero es lo que puedo ofrecer, y sé que no seré rechazado. Quizá haga algo útil después de todo.
Seguiré siendo testigo directo de la historia, seguiré llevándosela a quienes no pueden participar en ella. Por cierto, no se lo he contado a mucha gente, pero me voy a apuntar a la Cruz Roja. Creo que lo necesito, que me necesaitan, que puedo hacer algo útil. Aunque sólo sea conduciendo, que es algo que me encanta.