Aquel día fue el más oscuro y frío de mi vida. No había forma de ver la luz, a pesar del radiante sol que dominaba aquel tiempo de verano, a pesar del sofocante calor que lo llenaba todo implacablemente. La noticia me sentó como si me hubiese caído el mismísimo Dios Sol encima, matándome al instante todas las ganas de vivir, todas las ilusiones, todas las fuerzas para luchar, para amar, para respirar... Todo lo que me hacías sentir, se esfumó. Toda la confianza depositada y mantenida durante el tiempo que habíamos estado juntos, todo el cariño, todo, murió conmigo. Todo vino a mi mente una última vez antes de perderse para siempre.
Nos conocimos en invierno, me acuerdo muy bien. Yo aquel día simplemente caminaba, paseando por la calle, buscando algo que mereciera la pena ver, pero no encontraba nada.
No dejaba de mirar a todas partes, los coches, los escaparates, la gente... vuelta a los coches, y así. Pero no te vi a ti, que venías hacia mí distraída, y eso provocó que nos chocáramos. Me acuerdo muy bien de aquel primer contacto, te noté en mí desde el principio, entraste derecha a mi corazón que, recuerdo muy bien, por aquellos días no tenía tampoco muchas ganas de latir. Nos miramos, asustados los dos, y vi por primera vez aquellos ojos que me enamorarían al instante, aquella nariz perfecta, aquellas mejillas enrojecidas por el frío, aquellos labios que en ese preciso segundo, se alargaron para mostrar la sonrisa más bella jamás vista por el Ser Humano. Luego se abrieron para dejar escapar unas palabras: "lo siento". Te separaste de mí, y te alejaste por mi espalda, hacia tu incierto destino, dejándote en mí tu alma, para siempre.
Menudo mes tuve, sin verte, sin volver a observar esos hermosos ojos, esa preciosa sonrisa y esas dulces mejillas. No podía pensar en otra cosa, incluso estuve a punto de perder el trabajo, por estar siempre recordándote, por tenerte en mi corazón y mi mente, por desear volver a encontrarme contigo, y que me dijeras tiernas palabras con esos labios que habían cautivado hasta el último rincón de mí. Pero no había forma de saber quien eras, ni donde estabas, ni de donde habías salido. Estuve un mes pasando todos los días por el lugar de nuestro primer y determinante encuentro, intentando volver a verte. No hubo resultado, y perdí la esperanza.
Recuerdo también muy bien nuestro segundo encuentro. Había nevado, las calles estaban blancas, heladas, hacía un frío espantoso, ni siquiera los coches circulaban, apenas unos pocos se atrevían, como el mío, mi fiel compañero, luchador, como yo, hasta el final, nunca se rendía, nunca se quejaba, nunca me fallaba. Todavía no había pasado la máquina quitanieves, había más de un palmo de nieve por las calles, y yo no tenía más remedio que salir con el coche para ir a trabajar, aunque más que un desplazamiento, parecía aquello una aventura... pero mereció la pena, porque te volví a ver. Una vez más, nuestro encuentro fue fortuíto y casual, pero intenso. Me acuerdo de parar en un semáforo, aunque más bien parecía un espectro de él, por la acumulación de nieve en el poste y en los protectores de los discos. Tú intentaste cruzar la calle, pero el hielo y la nieve lo impidieron, provocando tu caída y mi llamada de atención, ya que no te reconocí al principio. Bajé deprisa del coche para recogerte, y cuando te ayudé a levantarte y te vi los ojos, porque otra cosa no se te veía por la bufanda, te reconocí al instante, y un escalofrío me recorrió absolutamente todo el cuerpo, hasta tal punto de que casi te dejo caer de nuevo. "¿Estás bien?", te dije al instante, en cuanto recuperé la consciencia. "Sí, creo", me respondiste. Jamás se me olvidará esa respuesta, sonriente. No se te veían los labios bajo la bufanda, pero yo la vi. Creo que ambos supimos que ya estábamos unidos para siempre. Me miraste de nuevo, me preguntaste que de qué me conocías, y te conté nuestro primer encuentro. Te propuse llevarte al trabajo, y aceptaste, subiendo a mi coche como si lo hubieses hecho desde siempre, como si hubiésemos estado toda la vida juntos. Estuve todo el camino nervioso, sin poder mirarte, sin poder observar esos ojos, esa sonrisa y esas mejillas, ahora ya al descubierto. Nos presentamos, nos hablamos, nos reímos, nos miramos y nos intercambiamos los teléfonos, para quedar algún día a tomar chocolate caliente, que era a lo que invitaban esos días, y lo que descubrimos que a ambos nos apasionaba.
Estuve unos días pensando en que todo aquello había sido un sueño, una triste ilusión de una vida mejor, de una vida al menos. Recuerda que por aquellos días, yo no vivía, no sentía, no amaba. Llegué a pensar que no existías, que sólo era un producto de mi triste mente, porque no me llamabas, y yo no me atrevía a llamarte. Hasta que me sonó el teléfono, y eras tú, y me invitaste a ese chocolate caliente que nos habíamos prometido (promesas de unos desconocidos, pensé a veces). Recuerdo que fue en tu casa, una tarde de fin de semana. Recuerdo que nada más llegar, el olor a incienso de toda la estancia invadió mi nariz, evocándome a una vida anterior mía en un mundo absolutamente diferente al de aquella helada ciudad. Recuerdo que precisamente te hablé de esa vida mía mientras nos tomábamos el chocolate con un bizcocho producto de estas manos mías que, te recuerdo, ya sólo pensaban en acariciar esas mejillas tuyas. Te conté algunas cosas de las que me pasaron en la India, en mi época allí, pero sólo las buenas, para no asustarte. Me contaste algunas cosas tuyas de tu vida de siempre en la misma ciudad, en aquella triste y fría ciudad impersonal en la que, sin embargo, te había conocido.
Entonces surgió el amor. Perfectamente recuerdo que se te cayó la taza vacía, y que nuestras manos coincidieron en su recogida, sintiéndonos el uno al otro, nuestro tacto, nuestro nerviosismo instantáneo. La taza volvió a su posición inicial encima de la mesa, pero nuestras manos no se separaron. Ambos, tú y yo, avanzamos lentamente nuestros cuerpos, buscando el contacto con el otro, mirándonos a los ojos (que ojos que tienes), mirando nuestros labios que ya ardían de ganas de juntarse. Cerramos los ojos en el momento que nos rozamos, y nos fundimos en un beso aparentemente eterno, realmente intenso, con una pasión que jamás han visto literatos y poetas en ninguna pareja de amantes de la Historia. Creo que ambos deseábamos que jamás acabara ese momento, y por eso estuvimos tanto tiempo labio con labio, nariz con nariz, cuerpo con cuerpo, toda la noche en ti, toda la noche en mí, unidos, amándonos.
Llegó el momento de separarnos, pero no fue por mucho tiempo. A la noche siguiente, nos volvimos a ver, una vez ambos acabamos nuestros tristes trabajos. Después nuestra separación fue mayor, ya que yo me tuve que ir de viaje, que no fue viaje, sino estancia en la pena, casi en el infierno, porque, aunque hablábamos a diario, no te podía sentir sobre mi pecho, no podía sentir tu mirada en mí, ni tus labios rozando los míos. Fue un mes que no se lo deseo a nadie, sin corazón, porque me lo había dejado en ti, sin alma, porque estaba junto a la tuya, sin mente, porque tú me la habías secuestrado. Volví lo antes que pude, cuando ya la nieve se había deshecho y se acercaba la primavera, una primavera que jamás olvidaré, la primavera más hermosa que jamás se había visto, muy por encima de las más bellas primaveras pintadas nunca por aquellos que creyeron amar, pero que no llegaban ni de lejos a mi amor por ti.
Nuestras vidas se unieron durante ese tiempo, el más hermoso, parecía que jamás acabaría. Pero llegó el verano, el tiempo de los viajes, las despedidas, los reencuentros y los descansos. Tú te fuiste unos días a ver a tu familia del Sur, yo me quedé perdido en la ciudad, sin saber donde ir, por no poder estar contigo, deseando que volvieras, necesitaba de ti para seguir vivo, ya que tú eras la fuente de mi energía, el único Sol que iluminaba y alimentaba mis días, que permitía la vida en mí.
Por fin llegó el día de tu regreso, fui yo mismo a recogerte al aeropuerto, deseando sentir tu cariño en mí. Pero no hubo tal cariño. Estabas fría, distante, olvidadiza. Apenas me diste un beso con tus hermosos labios, y un abrazo que yo ya noté diferente. Deduje que era por el vuelo, porque no te gustan los aviones, y no le di importancia. Qué más daba un beso, si ya estábamos juntos. Podíamos tener cuantos quisiéramos, eso era lo importante. O eso pensaba yo. No hubo más besos de amor en toda esa semana, sólo amagos de cariño en besos fríos y sin sentimientos. Ya me preocupé por ti, porque no me parecías tú, aquella persona con la que un día de pérdida me choqué en la calle. Intenté encontrar el motivo, sin preguntarte. Intenté averiguar la causa de tu estado, sin fijarme en lo evidente. Intenté saber por qué, sin saberlo. Pero no hubo forma, no encontraba, o no quería encontrar, motivos para tu estado, y por más que yo me esforzaba en devolverte a ti misma, no podía, y eso me concomía por dentro, me mataba, me estrangulaba el corazón que latía por ti, me devolvía al mundo de las sombras del que me sacaste con tu sonrisa.
Finalmente lo dijiste: "he conocido a uno", soltaron esos maravillosos labios que ahora sonaron envenenados. Morí en ese instante, como ya he descrito.
Meses después de eso, volvimos a estar en invierno. ¿O es simplemente mi alma y mi corazón, helados y desgarrados? Ya no lo sé, desde que te fuiste de mi vida ya no estoy vivo. O eso pensaba. Tu partida fue la escena más dolorosa que jamás vi relatada en un libro, o mostrada en una película. Mis meses en África me hicieron pensar que nada podía hacerme sufrir más que todo lo que allí vi, pero el día que te alejaste de mí hizo romper toda mi mente, todo lo que pensaba que era yo, un conjunto de mis experiencias, se quedaron en nada. Recogiste tu ropa, hiciste tus maletas, dejaste el piso en el que tanto habíamos vivido, y desapareciste, en busca de una vida con esa otra persona a la que hasta ahora había odiado con toda mi alma, sin conocerla de nada. Me había quitado mi vida, mi fuente de energía, mi ilusión y mi calor. Empecé a vagar por aquella odiosa ciudad, sin saber si estaba vivo o muerto, sin querer saber si aquello que sentía era real o no. Decidí irme de allí, y efectivamente lo hice. Recogí todo lo que me quedaba, que no era nada en comparación a lo que me había desaparecido, lo cargué todo en mi fiel compañero (ese que efectivamente nunca falla), y me marché. No tenía destino, no tenía futuro, sólo tenía un pasado que quería olvidar, algo de dinero, y a mi eterno amigo. También un viejo mapa que ni sabía de donde había salido, pero que llevaba en el coche desde mucho antes de tu tropiezo en el semáforo. Conducía sin destino, sorteando la poca nieve que aún había, y en un bache, la guantera se abrió, dejando caer el mapa. Paré, lo miré, y mi vista se fijó en un punto concreto con un nombre único, y que jamás olvidaré. Decidí ir allí, a ver lo que veía, y nada más entrar a aquel olvidado pueblo, me di cuenta de que aquello era lo que necesitaba. Con unos pocos ahorros que llevaba, compré una pequeña casa que se venía abajo, y a base de muchísimo esfuerzo y de alguna ayuda de los vecinos que conocí durante ese tiempo, la puse en pie de nuevo, conviertiéndola en mi hogar, en mi fuerte, en mi castillo, donde jamás entraría un mal sentimiento, una mala impresión, ni alguien que pretendiera robarme la vida.
Las cosas empezaron a irme bien. La gente del pueblo se quedó tan contenta con mi trabajo en aquella casa, que me llamaban para que les arreglara las suyas, o hiciese otro tipo de trabajos parecidos. Me cuidaban, especialmente dos vecinas, viudas, que me ayudaban en mi casa, incluso me hacían la comida. No tenían tampoco hijos, y ayudar a una persona como yo, les animaba, después de años de vida sin vida.
Un día, ya verano de nuevo, curiosamente justo un año despúes de quedarme sin vida, la sobrina de una de las mujeres vino al pueblo, trayendo a su familia, al marido, cascarrabias pero buena gente, a los hijos, un muchacho y una muchacha, y a la mujer de su hijo. Venían a pasar las vacaciones. Nuestro primer encuentro fue curioso, porque yo estaba encima del tejado, arreglando la chimenea, y cuando vi el coche aquel foráneo, me entró la curiosidad, y un escalofrío recorrió mi cuerpo tan fuerte que me caí. Cuando llegué al suelo, menos mal que estaba blando, todos los ocupantes del coche corrieron a ver lo que me había pasado. Abrí los ojos y los vi mirándome fijamente, diez ojos de los que sólo dos llamaron mi atención.
Me había enamorado de nuevo.