Todo viene cuesta arriba cuando la oscuridad nos reclama, nos ata y nos mantiene ciegos. Todo parece imposible cuando no hay luz que nos guíe, cuando no se ve salida alrededor de nosotros. Todo, absolutamente todo, tiene pinta de perdido, cuando no luchamos por salir de las tinieblas en la que la soledad nos mete. Vagamos sin destino alguno buscando algo que nos motive para vivir, sin hallarlo, arrastramos nuestras penas por el agujero, sin saber que son las que nos lastran en demasía, que nuestro corazón se va muriendo poco a poco por su culpa... que a fin de cuentas no tiene sentido para nosotros nada de los que nos rodea.
La luz viene muy a menudo en forma de amistad. Un buen amigo que nos echa una mano para salir de allí, que nos enciende la luz para que podamos ver donde nos encontramos, que nos da una manta para protegernos del frío. Es entonces cuando nos damos cuenta que, de verdad, siempre hay un motivo para vivir, una oportunidad que merece ser aprovechada, una sonrisa que necesita ser devuelta. Por ello hay que cuidar a los amigos, echarles una mano cuando nos la piden, una manta cuando la necesitan, una sonrisa cuando no la merecen.