domingo, 24 de mayo de 2009

Mi piel se estremecía cada vez que una gota de lluvia caía sobre ella, excitando mis terminaciones nerviosas, agitando mi vello, provocándome frío, emulándome la sensación de tus dedos acariciándome, mojados, lentos, recogiendo las sensaciones que mi piel provoca en ti cuando me tocas. No quise taparme para evitar notarte, mientras te esperaba bajo la lluvia de una tarde de verano. El banco en el que estaba sentado comenzaba a brillar, por la luz reflejada por las gotas de agua, y mi ropa comenzaba a estar empapada, provocándome un frío intenso a pesar del calor reinante hasta el comienzo de la lluvia de verano...

La tormenta fue a más, y truenos y rayos invadieron el paisaje montañoso que desde aquel banco mis retinas captaban, añadiendo las vistas a los recuerdos que mi cabeza tenía, junto a los tuyos, junto a todo lo que te recordaba... incluso el día en que nos encontramos en aquel banco. 

Me fue imposible aguantar más tiempo allí, la tormenta se empeñó en levantarme de nuestro banco, o bien provocarme una pulmonía. Pero no fui lejos, me refugié en aquella cafetería que tantos espectadores había traído a nuestras tardes en aquel banco, nuestro banco, donde fuimos poco a poco enamorándonos, donde fuimos descubriéndonos, donde nuestros labios se lo decían todo con sólo rozarse...

Poco a poco la luz de la tarde fue abandonándome, tal como hiciste tú en aquel terrible momento que nunca he sido capaz de olvidar. La oscuridad y el frío se adueñaron de aquel montañoso paisaje, tal como habían hecho antes con mi alma y mi mundo, cuando te fuiste. Las cimas de las montañas fueron las últimas en perder la luz, como mi esperanza por encontrarte de nuevo. Una luz dorada, acompañada a ratos con un arco iris, a ratos de nubes lluviosas, mientras la tormenta se alejaba para siempre, tal como había hecho tu corazón tiempo atrás. 

Comencé a caminar lentamente, hacia la luz de las cumbres doradas, sin pensar en nada que no fuese evitar que la esperanza de encontrarte de nuevo desapareciera como haría la tarde, a favor de la triste, fría, solitaria y eterna noche, de verano, de mi alma. Mis botas iban sintiendo el frío y húmedo suelo, la fría y tranquila agua que se había acumulado en algunos lugares de aquel paisaje, mientras me permitían andar en busca de mi oscuro destino sin ti. Un paso tras otro fui alejándome de nuestro banco, intentando evitar que el recuerdo tuyo sobre él, besándome, acariciándome, se clavara en mi mente y me provocara dolor, como si fueses una droga, como lo que fuiste, tú, mi corazón, la razón de mis latidos, la luz de mi mundo, el motivo por el que cada tarde acudía allí... como sigo haciendo, a pesar de saber que ya nunca te volveré a ver allí sentada, esperándome para abrazarme. 

Ignoro el tiempo que mis botas se movieron repetitivamente, al igual que ignoro el camino que me hicieron tomar, pero soy consciente de a donde me llevaron... a una dorada cumbre, ahora oscura y sin nubes. Supongo que caminé durante horas, sorteando peligros oscuros, serpenteando por los senderos que a aquel lugar conducían desde el valle, hasta que llegué a lo más alto. Allí me vi, allí desperté de tu sueño, allí pude ver todo lo que a mis pies se encontraba, que no eras tú, sino vida, luces de ciudades y casas cercanas, árboles llenos de vida, caminos y sendas, comunicadores eternos de la vida de aquel paisaje montañoso. Por fin, me di cuenta de que mi droga no era tu amor. Pensé qué podía ser aquello, entonces, y justo cuando creí hallar la respuesta a tal estúpida pregunta, miré hacia el este, y allí te vi, abandonando por fin mi mundo oscuro, que ya no era tal, puesto que el amanecer entre las cimas y los collados lo había iluminado. Desapareciste, al fin, de mí, y entonces recordé algo que nunca debía haber olvidado: Sólo las montañas son eternas.