jueves, 13 de mayo de 2010

El sol ha salido. El sol ha iluminado mi triste rostro malherido por años de intensa lucha desproporcionada y cruel. El sol ha llegado hasta mí, ha calentado mi frío corazón, lo ha recompuesto y le ha dado un nuevo sentido vital, una nueva misión, un nuevo motivo para palpitar. El sol, aquel que parecía que no llegaría en momento alguno, ya está aquí, personificado en tu sonrisa, esa misma sonrisa que echo de menos desde el mismo instante en que dejo de contemplarla, esa misma sonrisa que me da energía suficiente para mover todos los mundos juntos, esa misma sonrisa que se ha clavado en mi mente y parece que nunca vaya a salir...

Has venido a mí, no sé bien como ni desde donde, ni sé desde cuando quieres llegar hasta mi lado, pero ya estás aquí. Espero para quedarte. ¿Por qué? Porque no dejan de repetirse en mi cabeza y en mi corazón las vistas de tu sonrisa, de tu boca, de tu nariz, de tus ojos, de tus orejas (que a pesar de lo que digas son preciosas), de tus mofletes y de tu alma. No quieren borrarse de mi memoria, no quieren dejar de ser contempladas por estos tristes ojos míos que llevaban toda la vida esperando tenerte delante suyo. No quieren alejarse de mí.

La triste oscuridad que me rodeaba ha desaparecido, la has apartado con una única sonrisa tuya.
El triste frío que permanecía en mí ha desaparecido, lo has derretido con una única mirada tuya.
La triste pena que me hacía morir ha desaparecido, la has matado con un único beso tuyo.